Cecilia Beuchat. Lectora desde niña

Siempre he pensado que detrás de un buen lector hay adultos que mostraron el camino a la lectura. En mi caso, me convertí en lectora gracias a varias personas.

Por Cecilia Beuchat
Escritora y Profesora de Literatura Infantil

Cecilia-Beuchat

En primer lugar, gracias a mis padres: nací y me crié entre libros. Mi papá tenía una enorme biblioteca que fue reuniendo desde joven. Autodidacta, había aprendido en los libros gran parte de lo mucho que llegó a saber. A la hora de almuerzo solía invitarnos, a mi hermana y a mí, a viajar a la India por medio de un libro, a imaginar un encuentro con un personaje histórico o a buscar en el diccionario el significado de palabras extrañas. También solía recitarnos poemas.

Entrar a su biblioteca era como ingresar a un mundo mágico. Yo tenía libertad para tocarlos, hojearlos y leerlos. Nunca me prohibió ninguno, y si notaba que todavía no eran para mí, me sugería que esperara hasta tener la edad para gozarlos realmente. Allí también había libros para niños. Recuerdo, en particular, el día en que me pasó Corazón de Edmundo de Amicis. Luego vinieron David Copperfield, La cabaña del tío Tom, y muchos otros. Como para varios de mi generación, Mujercitas fue un libro decisivo.

Mi madre, por su parte, solía leerme, en alemán, los cuentos de los hermanos Grimm. Mi favorito era El rey rana.

Para los cumpleaños y la Navidad, siempre me regalaron libros. Cuando cumplí 8 años, recibí la Colección Rapa Nui. Allí me encanté con Hernán del Solar y leí muchas veces La Porota. En otra oportunidad, recibí una colección de doce tomos con cuentos de hadas provenientes de muchas partes del mundo. Pero sin duda el descubrimiento de El tesoro de la juventud marcó un hito definitivo, al igual que la llegada infaltable, todos los jueves, de la revista El Peneca.

Siempre vi leer a mi padre. Estaba suscrito a un club de lectores y la llegada de cada paquete con un nuevo libro era un momento de gran alegría. Quizás la misma que siento actualmente cuando visito alguna librería o encargo una nueva obra. En esa época, muchos libros había que abrirlos con un abrecartas. Oigo hasta el día de hoy ese sonido, y siento el olor a papel. Mi madre leía todos los días el diario, costumbre que yo también practico.

Al mismo tiempo, varios profesores que tuve en el colegio despertaron en mí el gusto por la literatura. Gracias a ellos, conocí a los clásicos. Además, durante mis estudios en la universidad, tuve el privilegio de tener a grandes maestros, expertos en el tema. Creo firmemente que todos ellos no solo influyeron en el desarrollo de mi gusto por leer, sino también en mi decisión de ser profesora y enseñar literatura.

Finalmente, en esto también desempeñó un papel importante la bibliotecaria de la biblioteca de nuestra comuna. Con gran paciencia, ella buscaba lo que yo podía leer. El día en que me anunció que ya podía sacar “libros para grandes” fue inolvidable.

He leído toda mi vida. Confieso que soy una lectora empedernida. Leer es para mí como respirar. Me encanta sumergirme en una buena novela, o en un libro de poesía, y olvidarme del mundo. Me apasiona estar horas leyendo alguna obra que guarde relación con mi quehacer profesional. Cuando no leo, es como si estuviera mal de salud. Y ese gusto por leer no solo lo siento mío, sino como algo que me gusta transmitir a los demás en especial, a los niños y a los profesores.