Recién llegados

…abramos todas las jaulas, pa’ que vuelen como pájaros…”

Víctor Jara

Bajo la premisa de que todos los seres humanos somos, de una u otra forma, migrantes, la especialista Carola Martínez hace un recorrido por obras para niños y jóvenes que invitan al lector a empatizar con la realidad de quienes dejan lo conocido y se reinventan en un nuevo lugar.

Por Carola Martínez
Especialista en LIJ y editora independiente
www.dondevivenloslibros.com

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Ilustración de Viviana Palma
http://www.elmundodevivi.blogspot.com

Todos somos migrantes, recién llegados. ¡Qué gran viaje fue salir de la selva y caminar por la sabana!

Y salimos de África al mundo. Para acá y para allá. Desde Asia Menor hasta Portugal y para el otro lado, hasta el helado estrecho de Bering. Y de allí a América. En troncos huecos por el Pacífico y por toda Oceanía. Oleadas y oleadas de pueblos. Mezcla conflictiva y pacífica. Enriqueciendo nuestras culturas, intercambiando objetos, ideas, palabras.

Debemos nuestra lengua a incontables pueblos: íberos, celtas, romanos, germanos, árabes, judíos, gitanos, mapuches. Y esa es su principal riqueza. Pero tenemos mala memoria. Miramos con desconfianza al “nuevo”, sin recordar que no hace mucho tiempo, nosotros, nuestros abuelos, nuestros tatarabuelos, eran los nuevos. “Cometierra” les decían los gauchos a los italianos hace más de cien años.

Hoy tenemos otros sobrenombres, otros chistes denigrantes. Nos extrañan sus olores, sus comidas, su forma de hablar nuestro idioma. Nos perturban sus costumbres, sus fiestas y hasta su risa. Nunca nos detenemos a pensar qué piensan ellos de nosotros. De nuestro olor, que los abruma. De nuestros modismos, que significan lo contrario que en su región.


El que migra, cambia

El migrante viaja de lo conocido a lo desconocido, a un nuevo lugar donde los paisajes y las costumbres son otras. El que migra llega, no importa las razones, a un mundo extraño. El sociólogo francés Michel Wieviorka, discípulo de Touraine, señala que “el problema es que nadie sabe qué hacer con las diferencias entre los que llegan y los que ya están”1.

Emigrantes (BFE, 2007) es quizás el primer libro en el que pensamos cuando hablamos de migración. La llegada del protagonista a una ciudad habitada por seres y objetos surrealistas fue tema de estudio para la especialista argentina Marcela Carranza: “El mundo en el que transcurre esta historia no es el mundo del lector, y sin embargo el desplazamiento no es tan grande como para que no pueda decodificar lo que allí sucede. Este extrañamiento que el lector sufre ante ese mundo ligeramente desplazado del mundo conocido, permite su identificación con el personaje. La lectura de este modo busca remedar la vivencia de quien debe enfrentarse a una realidad foránea, y por lo tanto imprecisa, misteriosa”2.

El mismo tópico aborda Eloísa y los bichos (Babel, 2009/El Jinete Azul, 2012/Calibroscopio, 2014) con la historia de una niña pequeña que viaja a un nuevo país junto a su padre. “No soy de aquí”, es la primera frase del libro. Si bien al principio el álbum parece una obra de ciencia ficción, una frase hace anclaje en la realidad: “Como un bicho raro”. Y todo se transforma. Algo parecido ocurre en Migrant (Groundwood Books, 2011), un libro que habla de los trabajadores golondrina, que viajan desde México hasta Canadá para realizar labores ocasionales en el campo. La protagonista, Anna, es pequeña y trabaja la tierra junto a su familia. Esa sensación de extrañamiento, esa mirada del otro, también está presente en todo el libro. Y a esta idea se suma una pregunta de Anna: ¿Cómo será quedarse en un mismo lugar, tener mi propia cama, montar mi propia bicicleta?”.

En estos tres libros el tema del desplazamiento, del proceso de inmigración y toda la problemática vital que trae consigo, se observan con una clara referencia a Kafka. Los otros, el país de acogida, ese proceso de enajenación ante una migración forzada, se simbolizan con el extrañamiento de la otredad. Dice Marcela Carranza sobre Emigrantes, en una cita que puede ser extrapolada a los otros libros mencionados: “Esta ‘novela silenciosa’ (…) pone al lector en la situación del inmigrante que llega a un país desconocido. Habitar el libro se transforma de este modo en un desafío como el que debe afrontar quien se adentra en lo nuevo. Un desafío pleno de dudas, temores, misterios, promesas y logros”.

“Quizás lo diferente es bueno”, dice Yoon, de Me llamo Yoon (Juventud, 2003), la niña que viaja junto a sus padres y comienza a aprender un nuevo idioma. Ella está triste, se siente sola, pero aun así, sola y pequeña, es capaz de comenzar otra vez. ¿Será que debemos aprender de los niños?


La literatura como puerta de entrada, la literatura como ventana

Los niños inmigrantes africanos, los pequeños refugiados en Palestina, los refugiados de la guerra en Siria, la niña muerta en el medio del Mediterráneo filmada por la televisión italiana: lo cierto es que la migración es un fenómeno público. La literatura infantil y juvenil hace eco de esa necesidad de hacer visible un fenómeno que se da a gran escala en todo el mundo. Teresa Colomer, en su artículo Escuela e inmigración, la literatura que acoge3, señala a la literatura como un punto de partida: “Un potente instrumento educativo para crear una nueva representación de las sociedades actuales que incluya la diversidad de orígenes y culturas de sus individuos”.

Y acá ingresa otro tema, que la escritora María Teresa Andruetto señala de esta forma: “Pagamos un precio muy alto para disminuir nuestro contacto con el dolor de los demás; creemos tantas veces que es mejor no pensar, no saber. Ilusión de insensibilidad, de autoanestesia que imaginamos podría protegernos y, sobre todo, podría proteger a nuestros hijos. Si la literatura nos permite entrar en el corazón del otro, entonces evitarla nos ayuda a vivir anestesiados. La anestesia en la lectura se obtiene por un camino de fórmulas fijas, estereotipos que impiden penetrar la superficie de los textos y de la vida. Así, la indiferencia puede acompañarnos aun leyendo. Historias narradas en un lenguaje amable e inocuo en las antípodas de lo literario, cuya potencia reside en la posibilidad de inquietarnos, de conducirnos hacia zonas inesperadas de nosotros mismos”4. Ese es el momento en el que el escritor decide contar lo que existe, reflejar en sus páginas la realidad, el dolor y el sufrimiento de un otro.

Así está pensado El color de la arena (Edelvives, 2005). Abdulá es un niño pequeño, pero no tan pequeño como para no cuidar el ganado. Vive en el medio del desierto, ha dejado junto a su familia sus tierras y pronto nos damos cuenta de que su único sueño es tener lápices de colores para dibujar el mar, del que tanto habla su abuelo. Lo mismo ocurre en el libro Grisclarito (Macmillan, 2013), donde un conejo pequeño y sus padres inmigrantes no tienen papeles y son expulsados de su casa por unas liebres policías. Con pocas palabras, Elzbieta, la autora, nos sitúa claramente en la realidad de la familia: “Cuando uno es pobre, se avanza despacio”.

En ese sentido va también el libro Migrar de José Manuel Mateo, ilustrado por Javier Martínez Pedro (Tecolote, 2011/Faktoría K de Libros, 2012). Escrito e ilustrado según la tradición del pueblo xalitla sobre papel amate, cuenta la historia de dos hermanos pequeños que cruzan junto a su madre la frontera entre México y EE.UU. Suben a “La Bestia”, el tren que une ambos países en uno de los viajes más peligrosos y cruentos que puede hacer un ser humano. Cientos de niños hacen cada día este viaje. Muchos de ellos mueren en el trayecto; la mayoría ingresa de manera ilegal y vive durante años sin derechos civiles ni sociales. “La incertidumbre siempre da miedo, el cambio y lo nuevo atemorizan. ¿Qué pensarán los niños cuando su mundo se modifica tan rápido, tan duro, tan tosco como el tren llamado La Bestia al que hay que abordar en marcha?”, se pregunta Elena Poniatowska en una columna sobre el libro en el diario La Jornada5.


En la literatura juvenil

En la literatura juvenil también está presente esta temática. La Gran Inmigración es uno de los principales escenarios, esa gran oleada de inmigración europea que llegó a América entre fines del siglo XIX y principios del XX. Libros como El juramento de los Centenera de Lydia Carreras (Edelvives, 2007) o Stefano de María Teresa Andruetto (Sudamericana, 2004/Babel Libros, 2008) nos muestran cómo muchos niños y jóvenes cruzaron el Atlántico en busca no de “una oportunidad de ascenso social”, sino tan solo por la imposibilidad de seguir viviendo en sus países natales, donde la miseria, la guerra y la crisis los expulsaban.

El desamparo total de esos niños está grabado a fuego en este fragmento de Stefano:

“Dejan atrás el Hotel de Inmigrantes, el mar, el ajetreo del puerto. Van a la estación Retiro y desde ahí, en un tren, hasta La Pampa. No llevan equipaje, no tienen nada.

Pino dice:

-Es como si fuéramos recién nacidos.

-En cambio yo -dice Stefano-, creo que ya lo hemos vivido todo”.

Con todo, la magnitud del proceso migratorio fue una gran igualadora; el desamparo era general y el país los recibía, con conflictos, pero los recibía. Las migraciones internas, propias de la segunda mitad del siglo XX, también aparecen en la literatura para jóvenes. Sus protagonistas son de países cercanos, también llegan, encandilados por las luces de las grandes ciudades, escapando de la miseria y terminan en los márgenes de la sociedad: en las villas, en las plazas, donde son discriminados y denigrados. En Presagio de carnaval, Liliana Bodoc (Norma, 2009) nos cuenta la historia del “bolivianito” Sabino:

“Sabino Colque tenía veinticinco años en Tarambuco, lugar donde la edad suele pesar el doble.

La idea de irse a una ciudad grande y lejana había empezado a rondarle como las gallinas en el patio de tierra. Al principio, lo mismo que hacía con las plumosas, Sabino espantó esas ideas. Aunque estaba seguro de que por mucho que intentara apartarlas, volverían. Y terminarían por ganarle la voluntad”.

Y de nuevo aparece el extrañamiento:

“Cuando Sabino Colque llegó a esa ciudad, creyó necesario reír bajito de la gente que hablaba dando gritos tal como si estuvieran en la otra orilla, o arriba de un árbol. ¿Y a qué gritaban, si ni siquiera estaban felices o enojados?”.

En Vuelta al sur de Mario Méndez (Edelvives, 2012), el protagonista reconstruye la historia de su abuela, Filomena Juliana Benavídez. Nacida en la frontera entre Argentina y Chile, escapa de la pobreza y la violencia doméstica a costa de un sacrificio supremo: desprenderse de sus hijos, a los que promete volver a buscar una vez que logre asentarse.

Como vemos, estos temas se mezclan con las migraciones actuales, producidas por las crisis económicas y los conflictos políticos. Vivimos en una nueva época de migraciones globales. Personas de todo el mundo llegan a todo el mundo. O mejor dicho, migrantes del tercer mundo (o cuarto) buscan cualquier lugar donde vivir. Así, Karmo, un joven que escapa de Liberia como polizón en el ancla de un barco, termina en Buenos Aires en La noche del polizón de Andrea Ferrari (Norma, 2012). En ese viaje, Karmo crece de golpe. Y nuevamente, el extrañamiento: “Era algo que había aprendido, en Argentina a la gente no le gustaba que uno criticara el mate. Creían que ese líquido amargo que chupaban por un tubo era muy especial”.

En los libros para niños, la metáfora en la palabra y los recursos visuales de la ilustración transmiten la sensación de extrañamiento. En los libros para jóvenes, es la escritura cruda y sin concesiones. Nada más incómodo que la migración, nada más incómodo que comenzar todo de cero. Esa incomodidad es combustible para estos libros; cada uno en su formato y género nos da una luz para mirar la realidad de esos otros que se reinventan en un lugar nuevo. Quizás es cierto, y en la literatura todos somos migrantes.

Notas

1 Entrevista en Revista Ñ: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Entrevista-Michel-Wieviorka_0_925707440.html

2 En revista Imaginaria: http://www.imaginaria.com.ar/2010/11/emigrantes/

http://leer.es/documents/235507/242734/art_prof_escuelainmigracion_teresacolomer.pdf/47e0987a-ab9a-4208-899a-e25fcd783014

4 Memoria del 34 Congreso Internacional de IBBY, México 2015. La literatura como una casa hospitalaria: http://www.ibbycongress2014.org/conferencias/conferencia-magistral-3-la-literatura-como-una-casa-hospitalaria

5 La migración vista por los niños, pintada en papel amate: http://www.jornada.unam.mx/2011/12/04/opinion/a04a1cul