Memorias de una abuela apostadora

 


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Por Adolfo Córdova, Periodista, escritor y promotor de la lectura www.linternasybosques.com

Memorias de una abuela apostadora
Autora: Dayal Kaur Khalsa
LectoresEkaré | 2015

La nueva edición del libro Memorias de una abuela apostadora de Ediciones Ekaré, escrito e ilustrado por Dayal Kaur Khalsa y publicado originalmente en 1986, acierta desde la traducción del título en inglés, que hubiera sido, literalmente, Cuentos de una abuela apostadora.
“Memorias” establece ya un tono más íntimo, testimonial, que se corresponde mejor con esa suerte de relato oral que propone la autora –y nieta– desde las primeras líneas: “Mi abuela era una gran jugadora. Le encantaba apostar. Esta es la historia de su vida, tal como ella me la contó y como yo la recuerdo”.
La construcción de su recuerdo se sucede en páginas llenas de acción y de humor.En la primera, la abuela nace, los cosacos invaden su pueblo, ella debe esconderse en una carreta, pierde un zapato, huye en un barco de Rusia, se instala en Nueva York –sin el zapato– y, cuando está en edad de casarse, monta una simpática escena.
En la segunda página, el montaje surte efecto: se casa. Luego el marido consigue trabajo con un mafioso y la abuela aprende a jugar póker, con algunas mañas, “para ayudar con los gastos de la casa”.
En la tercera página se concluye el pasado de la abuela, nace la nieta y arranca el cuento de ellas dos juntas que, además de apuestas, tendrá idas a la feria, al cine, al teatro, a la juguetería, y dos consejos importantes: uno, nunca ir sola al bosque (¿será la abuela de Caperucita que habla en revancha?), y dos, tener siempre mucha sopa de remolacha en la nevera, por si los cosacos invaden el barrio.
Pero no solo es el sentido del humor desde las manías inamovibles de una persona mayor y las costumbres que migran con la gente; lo mejor de esta anciana es su placer por la vida: “Mi abuela gozaba un mundo”.
La nieta se ocupa de relatar, con una prosa directa, con detalles singulares, bien elegidos, una cotidianidad sin lobos feroces pero con tacitas verdes, anillos de diamantes, sándwiches de banana y una alfombra con estampado de rosas.
Las ilustraciones condensan esas particularidades, arrojan otras pistas, y son tan notables como el texto: plastas de colores vibrantes, trazos gruesos y simples, una fuerte influencia naif y perspectivas llenas de simetrías y diagonales que atrapan la mirada.
Las expresiones en el rostro de la abuela también llaman la atención: van de la sonrisa discreta, traviesa, al estoicismo de quien trama algo o estudia a su oponente. Casi siempre lo segundo.
El secreto del humor y la potencia de esta historia radican, justamente, en la naturalidad y hasta seriedad con la que se cuentan y dibujan las extravagancias de la abuela que, cuando viaja en tren, se baña en una tina llena de jugo de naranja.
Dayal no pierde tiempo en enunciados lacrimógenos, se divierte, y nos divierte, con una abuela que apuesta por una vida gozosa y gana un libro que honra su memoria.

Publicado en RHUV Nº22