Ese país

Columna de María José Ferrada
Escritora y editora de Chile para Niños

Existe un país en el que viven los niños migrantes. Un país que se habita desde distintos lugares de la Tierra. No sabes cómo, pero un día llegas. Te llevan. Tiene una bandera que se parece a otras banderas, pero tiene algo diferente: le falta una estrella, le sobra una línea… No sé bien qué es, pero tiene algo raro.

También el idioma suena extraño, pero se entiende.

Y el paisaje. El paisaje del país de los niños migrantes es un paño blanco. Lo llevan en el bolsillo, junto a una aguja, y cada vez que pueden, van cosiendo algo: lo que veían por la ventana de la casa que quedaba en el país que dejaron, lo que dicen sus padres sobre ese lugar –sus padres siempre hablan de ese lugar–, lo que vieron por la ventana del avión, del bus, del barco.

También van agregando algunas de las cosas que encuentran en el país al que llegaron. Pocas cosas, porque los niños migrantes piensan que ese país al que llegaron no les pertenece. Se los dijo una vez otro niño y ya no lo olvidaron: vuélvete a tu país. Era una broma, pero los niños migrantes no se rieron. Y entonces en la escuela dijeron que los niños migrantes no tenían sentido del humor, que los niños migrantes eran raros.

No hay primos ni hay abuelos en ese país. Tampoco hay mascotas, porque si tienes una mascota te encariñas y algún día vamos a volver. Pero los días pasan y el día en que vamos a volver no llega nunca. Los días pasan y no tienes mascota.

También están las fiestas. A las fiestas del país de niños migrantes va mucha gente que se parece a ellos. Porque están ellos y están los demás. Eso antes no lo sabían, pero lo aprendieron al llegar.

En las fiestas conversan, se ríen y comen la comida de allá. Esa comida se hace con ingredientes que traen los que vienen. Esa comida es la mejor del mundo. Eso dicen sus padres. Pero los niños migrantes piensan que ellos no han probado la comida de todo el mundo y que tampoco podrían hacerlo porque el mundo es un lugar grande, demasiado grande, y ellos son pequeños.

La fiesta avanza y de pronto, aunque esté sonando la música, aunque estén hablando, se produce un silencio. Los padres de los niños migrantes piensan que ellos no lo notan porque son niños, pero ellos sí lo notan y saben perfectamente que esos silencios son unos agujeros que los mayores llaman nostalgia.

Los agujeros duelen, sobre todo cuando sopla el viento. Pero se aprende a vivir con ellos. Eso se lo dijo a un niño migrante su hermana mayor y este se lo dijo a todos los demás.

Otra cosa: los habitantes del país de los niños migrantes ponen mucha atención a sus propias palabras y a su forma de vestir, porque no les gusta llamar la atención de los demás. Se esfuerzan mucho, muchísimo. Hasta que un día lo logran y ese día se forma un segundo agujero.

Y habían esperado tanto, tanto la llegada de ese día, que no entienden por qué no es un día alegre.

Como suele suceder, el tiempo pasa, también en este país. Y entonces los niños migrantes comprueban que sí, que los agujeros duelen, sobre todo cuando sopla el viento.

El tiempo pasa, también en este país. Y los habitantes del país de los niños migrantes, un día miran hacia atrás y a veces, solo a veces, piensan que podría haber sido distinto.

Pero las cosas fueron así.

Y hoy hace frío, hace tanto frío. Y a pesar del paso del tiempo, los agujeros duelen.

Tal vez si alguien les hubiera hablado del sol. Tal vez si alguien.

* Según un informe de la Unicef del 2014, en Chile viven 398.251 migrantes internacionales. Sin embargo, el Gobierno estima que esta cifra podría incrementarse si se sumara a las personas que se encuentran en situación migratoria irregular. Del total de esta población, el 15% de los migrantes son niños, niñas y adolescentes.