De menos a más: el camino del libro informativo en Chile

Desde los catecismos de las primeras escuelas hasta los actuales textos que conjugan ilustración y diseño de gran nivel, este género ha pasado por una constante transformación para desempeñar su rol didáctico sin dejar de ser atractivo para niños y jóvenes.

Por María Isabel Molina
Socia fundadora de PLOP! Galería
Directora editorial en Grafito Ediciones
Investigadora en edición e ilustración

Central2

Ilustración de Maya Hanisch
www.mayahanisch.blogspot.com

 

Un libro con la historia de la medicina occidental, ilustrado y en formato grande. Ese fue uno de los “tesoros” de la biblioteca que acapararon mi atención en mis primeros años de lectora. Recuerdo como si fuera hoy cuando me permitieron llevarlo por todo el fin de semana a casa, para mi gran alegría (y la de mis padres, quienes seguro pensaron que tendrían una hija médica). La fascinación por las láminas científicas, las imágenes de ciudades, los mapas y banderas, las recetas y los diagramas de naves espaciales, son un denominador común de grandes lectores cuyo interés por entender el entorno inmediato corrió en paralelo a las lecturas sobre mundos fantásticos.

Pero, ¿en qué lugar de la historia de la LIJ se puede rastrear al género del libro informativo? ¿Cuáles son sus orígenes e hitos en la trayectoria de las prácticas de lectura y de la producción editorial nacional? Esta es una pregunta amplia, que puede intentar esbozarse a través de ciertos títulos significativos que dan cuenta del alcance de este tipo de libro y sus transformaciones.

“No te conformes con ser claro, sé, si puedes, elegante en tu palabra”. Con esta frase la poeta Gabriela Mistral instaba a los docentes en Palabras a los maestros a imprimir belleza en los contenidos educativos. Era 1918 y en Chile la LIJ estaba tras los semanarios y revistas infantiles. Además, se gestaba un interesante movimiento de autores, ilustradores y editoriales que haría eclosión en la década de los treinta y cuarenta.

Definido hoy como un libro que brinda reflexión y que aporta a la construcción del conocimiento, tal como señala Ana Garralón en su blog Anatarambana, el informativo es en Chile un tipo de libro bastante nuevo en cuanto a su conceptualización, no así en cuanto a su desarrollo, fuertemente unido al texto educativo y al mundo escolar en sus orígenes, y que después se independizaría con propuestas cuidadas y acordes a los gustos de niños y jóvenes.

El aula colonial y republicana

Si consideramos los primeros libros usados en Chile por establecimientos y profesores como un posible punto de partida para escudriñar el libro informativo, aparecen los catecismos y libros religiosos –aunque hoy no encajen en la definición– como referentes ineludibles dentro del conjunto de primeros textos con funciones didácticas para niños. En un contexto histórico en el que las pautas religiosas estaban íntimamente ligadas con las normas sociales, ¿qué valores debían regir a un buen ciudadano? Los mismos por los que se guiaba un buen católico, lo cual se debía traspasar a los más pequeños y jóvenes.

Amanda Labarca, en Historia de la enseñanza en Chile (Imprenta Universitaria, 1939), describe que las instituciones educativas de la Colonia tenían por objetivo “formar súbditos obedientes y católicos, a toda prueba…”. Bajo esos preceptos, los primeros textos eran silabarios o cartillas, que se producían en el Hospital de Nuestra Señora de Atocha de Lima, desde donde proveían a casi toda América Latina. Labarca enumera una lista de los títulos más utilizados en las escuelas de la Colonia, una quincena como mucho, todos previamente aprobados por las autoridades. Destacan el Catecismo de Ripaldá, el Compendio de la historia de España de Duchesne, la Curiosa Filosofía del Padre Nieremberg y los Diálogos de Desiderio y Electo. Hubo un intento por introducir nuevos textos y modernizar estos elementos didácticos, en una medida impulsada por Carlos III en 1771, lo que no fructificó porque los libros no fueron enviados ni podían ser producidos en Chile, debido a que en ese momento todavía no llegaba la imprenta al país.

La situación de los textos escolares –que eran los más cercanos al texto informativo que conocemos hoy– se mantendría estable en cuanto a la poca innovación y dependencia de las propuestas foráneas, según Labarca. En 1826, Carlos Loizier, ingeniero francés, asume la dirección del Instituto Nacional (institución modelo de la enseñanza en la naciente república) y decide impulsar la creación de una biblioteca y darles un giro a las lecturas escolásticas a través de la entrega de “nuevos textos a los alumnos, haciendo traducir algunos y estimulando a jóvenes profesores a escribir otros”. En el caso de las escuelas normalistas, algunos de los títulos que el Estado proveía a alumnos eran El lector americano y Geografías y Lecciones del Universo, según María Loreto Egaña en La educación primaria popular en el siglo XIX en Chile (LOM, 2000).

La enseñanza moral seguía dictándose a través de libros religiosos como el Catón cristiano-político, para el uso de las escuelas primarias del Estado de Chile de José Cienfuegos, según consigna Jorge Rojas Flores en la Historia de la infancia en el Chile republicano (JUNJI, 2010).

A nivel de política de fomento lector, en 1856 se abrieron 44 bibliotecas públicas en las escuelas de las principales provincias. Según Labarca, algunos títulos que se adquirieron fueron Vida y viajes de Colón de Washington Irving, Conquista de México y Conquista de Perú de Guillermo Prescott y Ensayo sobre Chile de Vicente Pérez Rosales. Estos libros no fueron realizados especialmente para los más pequeños pero sí tenían como fin entregar una visión de la historia y de la conformación de las sociedades latinoamericanas.

Otros textos importantes durante la época fueron los silabarios. El primero de ellos fue la Cartilla del Padre Zárate (1821). Diseñados para abrirles las puertas a la lectura y escritura a grandes y chicos, daban un lugar destacado a la ilustración, pues era parte del sistema de enseñanza la asociación entre imagen y texto. También se recurría con frecuencia al uso de distintas tipografías. Este es el caso del Método de Lectura Gradual por Domingo Faustino Sarmiento (1845), mientras que entre los del primer tipo destacan los realizados por Claudio Matte (1884), por Amanda Labarca con ilustraciones de Alfredo Adduard (1960) y el más famoso: el Silabario Hispanoamericano de Adrián Dufflocq, ilustrado por Mario Silva Ossa, Coré (1945).

Nuevos libros para nuevos públicos

Con el cambio de siglo se comienza a instalar en Chile el desarrollo de la literatura infantil. El destacado investigador Manuel Peña Muñoz relata en la Historia de la Literatura Infantil Chilena (Andrés Bello, 1982) que en la década de los veinte la preocupación por la literatura infantil se consolidará, aunque “las publicaciones de la época tienen una connotación más bien pedagógica”. Es, entonces, un cambio sutil que dará espacio a nuevos relatos.

A mediados del siglo XX destaca la propuesta de editoriales como Colegio, que junto con libros de ficción publicó varias biografías de héroes, y Zig-Zag, que creó una colección informativa sobre ciudades, flora y vestuario, entre otros, como señala Peña Muñoz. Un cambio importante que se efectuó en este período fue la incorporación de nuevos formatos, como las numerosas revistas con secciones educativas (El Cabrito, Don Fausto, etc.), los álbumes de láminas (Mundicrom) y los libros para colorear (Cuadernos Bilz).

En los últimos años se empezó a desarrollar en Chile una interesante etapa para el género informativo. Fueron hitos como Sabores de América de Ana María Pavez y Constanza Recart, ilustrado por Isabel Hojas (Amanuta, 2009), o Animales chilenos de Loreto Salinas (Pehuén, 2010), los que impulsaron libros ilustrados que daban cuenta de la identidad gastronómica o de la fauna del territorio. Se sumaron títulos que indagan en otros campos, como Ven a ver arte chileno de Agustina Perera e Iván Larraguibel (Ekaré Sur, 2013) o Mira tú. Guía para perderse en Chile de Juan Pablo Barros (Hueders, 2014), con el foco en la cultura, la historia y el arte.

También se retoma la propuesta para colorear, con la Colección Pinta y recuerda del sello Ocho Libros, y la serie Libros con Respuestas de Recrea Libros, realizada con fotografías y dedicada a la ciudad y la biología.

Pero un gran cambio vendría con la creación de catálogos editoriales cuyo peso descansa en gran medida en este género. Letra Capital Ediciones ha dedicado dos títulos a la historia de hitos santiaguinos: Plaza de Armas. El corazón de Santiago (2012) y Cerro Santa Lucía (2014), ambos de Vólker Gutiérrez e ilustrados por Pati Aguilera y Bárbara Oettinger, respectivamente. En su catálogo también figura una obra ligada al patrimonio culinario chileno, el recetario Para chuparse los dedos de Pati Aguilera (2013).

El caso de Confín Ediciones remarca el buen momento actual del libro informativo con éxitos como Cracks de Danilo Díaz, Jennifer King y María Paz Garafulic (2013) o Participa, 50 acciones por un mundo mejor de King y Garafulic (2014), entre otros. Libros dedicados a las ciencias e historia son el sello inconfundible de esta editorial.

¿Seguirán avanzando las propuestas de libro informativo hacia nuevos formatos? El desarrollo de las Apps y otros sistemas interactivos constituyen un nuevo reto. Pero, paralelamente, varias editoriales siguen preparando, en este mismo momento, atlas, recetarios y manuales para mirar el mundo con nuevos ojos, en el mismo formato de papel y con equipos autorales dispuestos a asombrar a grandes y chicos.