Camila Valenzuela. Collage

Por Camila Valenzuela
Escritora y académica
Directora CiEL Chile
www.cielchile.org

Camila Valenzuela

 

Uno.

Mi papá se balancea en la mecedora mientras lee una novela histórica. La madera cruje y mi mamá le dice Mancho, la tía Pepita debe estar durmiendo, mejor cámbiate de asiento. Y él se cambia porque sabe que la casa es vieja y abajo se escucha todo, pero no deja de leer. Es verano y afuera, en plena Traslaviña, los autos pasan como piedras por el río. Mis hermanas y yo queremos ir a la playa, le decimos a mi papá que podrá seguir leyendo allá, echado en la arena. Y él dice sí, niñas, ya nos vamos, ya nos vamos. Yo lo miro sin entender, aún, por qué no puede soltar el libro y seguir con él después. En ese entonces yo solo entiendo de pies en el agua y olas que arrastran y la mano de mi papá que me sostiene para que el mar no me lleve. Después entendería que la lectura es un proceso similar: ojos de papel, palabras que arrastran, historias que me llevan.

Dos.

Estoy en el suelo, la espalda apoyada sobre la cama y las piernas cruzadas a lo indio. Como cada tarde después del colegio, veo Los Pitufos y tomo jugo en sobre. Mi mamá llega de la pega y apaga la tele. Dice que le dijeron que Los Pitufos son satánicos, así que no puedo verlos más. Voy a empezar a alegar porque incluso no teniendo más de diez años su argumento me parece una locura, pero ella me pasa Papelucho. Y me lo trago casi igual de rápido que el jugo. Me doy cuenta de que Los Pitufos no son satánicos, pero son fomes. Me doy cuenta de por qué mi papá lee tanto. Le digo a mi mamá que quiero más y me dice que hay más, así que me pasa más. Y cuando ya no hay más libros para mí dentro de la casa, mis tardes cambian: después del colegio ya no llego a ver Los Pitufos, sino que parto a la biblioteca del barrio para leer ahí durante la tarde y, luego, pedir el libro que no alcancé a terminar.

Tres. 

Mi hermana mayor decide estudiar Periodismo. Ella tiene dieciocho y yo nueve años. Uno de sus primeros trabajos es imaginar y luego hacer un periódico antiguo. Escoge papel kraft y hace noticias de filosofía, historia, arte y literatura. Trabaja en él durante varias tardes y yo lo único que quiero es verlo porque me gustan su letra y sus ideas. Cuando por fin lo termina, puedo verlo. Hay una página que sirve como publicidad. En ella hizo un dibujo de un telescopio que está cruzado por unas letras barrocas. Dice: “Telescopios Galileo Galilei”. No tengo idea quién es Galileo Galilei. Jamás he visto un telescopio de verdad. Mi hermana me habla como siempre lo ha hecho, como una amiga, una compañera, una igual. Me cuenta del Renacimiento y la filosofía y la astronomía. Entiendo por qué también ella lee tanto como mi papá. Y me dan más ganas de seguir sus pasos.

Cuatro.

Hay que escoger los libros que nos vamos a llevar. Mi mamá se puso minimalista ahora que sus tres hijas se fueron de la casa. Quiere regalar los libros que alguna vez fueron de ella cuando niña y, luego, fueron de nosotras. Aparece El negrito Sambo. Mi hermana, la del medio, dice yo lo quiero. Y yo también lo quiero. La mayor dice por mí no importa, vean ustedes. Aquí estamos de nuevo. La Sara, yo y, al medio, el negrito Sambo. Ella dice que se acuerda de cuando era niña, de todas las veces que se lo leyó mi mamá, mi papá; de todas las veces que lo leyó ella, sola. Y yo digo lo mismo. Tenemos que decidir quién se queda con el negrito, pero ninguna desiste. Mi mamá dice bueno, lo dejo para las nietas, y lo guarda en un canasto de mimbre. Cuando los demás se van, hago lo mismo que cuando era niña: tomo el libro a escondidas y me lo llevo.

Cinco.

La Pocha es la abuela de los libros. Su casa tiene un librero de muro a muro, de suelo a techo. Escojo uno al azar. Le pregunto: ¿lo leíste? Sí, dice ella. Escojo otro al azar. ¿Y este? También, dice ella. Son libros empastados, de hojas biblia y dedicatorias con olor a caballero del siglo XIX. Son ediciones antiguas. El retrato de Dorian Gray, Werther, Cuentos completos de los Grimm, Madame Bovary, Robinson Crusoe. Y todo lo ha leído, todo lo ha hablado. Ya de más grande, los leímos juntas, los comentamos juntas. Y de a poco, esos libros que leí en su sillón de tonos amarillos, llegaron a mis manos. El próximo serán las obras completas de Shakespeare, en su idioma original y en una edición de los años 50.