Viajar la ciudad

Hoy las ciudades y sus espacios públicos son en gran medida sinónimo de ajenidad, de peligro, de barreras. Por lo mismo, se hace más difícil sentirlas propias y, por tanto, quererlas. De ahí que aventurarse a recorrerlas, tal como se desea y programa un viaje a parajes lejanos, es también una apuesta pedagógica por reconocerlas y aprehenderlas para tornarlas como originalmente fueron concebidas: espacios seguros de encuentro.

Por Vólker Gutiérrez Aravena
Director Letra Capital Ediciones
Presidente Cultura Mapocho

Volker-int

Ilustración de Laura Hurtado
www.flickr.com/photos/laurahurtado/

 

Viajar ha sido casi siempre parte de la esencia y la fascinación del hombre. Así al menos desde que erguido superó una etapa primaria y deambulaba en busca de comida y abrigo. Luego, supuestamente al entrar en una fase superior, se hizo sedentario y construyó aldeas que devinieron más adelante en ciudades. Pero así como de un tiempo anterior le quedó hasta hoy la costumbre de no mirar hacia arriba (pues de ahí no venía el peligro), y así como mantiene de antaño el agrado por la recolección (ya no en los árboles, sino en las góndolas del supermercado), también le quedó la añoranza por el eterno viaje, el constante ir y venir.

Viajar es cueca, como decimos en Chile. Por ello, algunos de los más queridos héroes de la infancia y juventud (y también de la adultez) son los Ulises, los Marco Polo, los Phileas Fogg. Cuando alguien menciona la palabra viaje, casi instantáneamente se asocia con la partida a regiones lejanas, remotas. Viajar es encontrarse con otra gente, otro clima, otros horarios, otras lenguas. Por lo mismo, es sinónimo de allegarse a lo desconocido, lo misterioso, la aventura. Tal cual lo hace el pequeño pudú de Fabiola Fratinni y Alejandra Oviedo, que presenta coloridamente a los más chicos, región por región y arriba de una bicicleta, lo más destacado de la larga geografía natural, humana y urbana de nuestro país (El largo viaje del pequeño pudú, Pehuén, 2013).

Y tan arraigada es la asociación viaje/lejanía que olvidamos que a nuestras grandes ciudades modernas también les desconocemos buena parte de sus paisajes y gentes. O asumimos que el viajar por las urbes propias es cumplir con los desplazamientos rutinarios y por tanto exentos de aventura, una concepción que conlleva el peligro cierto, además, de que cuando vayamos de verdad más lejos y nos pregunten por nuestro entorno inmediato no seamos capaces de dar cuenta de él.

Con su crecimiento constante, con su poblamiento masivo, la ciudad de hoy es una realidad compleja, multiforme, variada y también fragmentada. Por tanto, muchas veces, se nos torna extraña, ajena, difícil de asir. Pero aun así, la ciudad no se nos desaparece, como lo constata el niño al que los bonaerenses Ruth Kaufman y Daniel Roldán hacen decir: “Cruzamos calles y más calles/ y avenidas/ y la vía de un tren/ más de una hora/ pero la ciudad siempre/ está/ como si nos quedáramos quietos” (Donde la ciudad termina, Pequeño Editor, Buenos Aires, 2014).

No se ama lo que no se conoce

Si creemos y queremos que las ciudades sean lugares de encuentro e intercambio, es preciso re-conocerlas. Y para eso debemos ejercitarnos en viajar por ellas, lo que puede (y debe) ser un ejercicio lúdico, entretenido, educativo (de aprendizajes significativos) e incluso aventurero, especialmente para los más pequeños, que menos las conocen y que se pueden fascinar, como ocurrió en la historia que recuerdo en el párrafo que viene más abajo.

Hace algunos años, en medio de uno de los recorridos que mensualmente desarrollamos con Cultura Mapocho, íbamos por pleno centro de Santiago cuando un pequeño de unos cinco años, con toda naturalidad y desparpajo, le dijo a su mamá: “Esto es como Nueva York”. El chico no conocía la ciudad norteamericana sino por películas, pero estaba seguro que el centro de nuestra capital se le asemejaba. Díganme entonces si no puede ser una atractiva invitación –pensando en niños de los primeros años escolares– llevarlos a conocer un lugar de película, lleno de edificios, calles anchas, mucha gente diversa, alto tráfico, todo muy distinto al ambiente más reposado y protegido al que están habituados.

Hay que reconocer, sin embargo, que en los adolescentes operan otras motivaciones si se pretende que viajen por la ciudad. Por ello, por ejemplo, quizás se pueda incentivar a los jóvenes a recorrer la capital de Chile utilizando las locaciones de la saga policial protagonizada por el detective Heredia, creado por Ramón Díaz Eterovic, sea en el formato de novela o en el llamativo volumen ilustrado Heredia detective (LOM Ediciones, 2011), que recrea varios lugares de Santiago al calor de intrigas, amoríos y asesinatos.

No se ama lo que no se conoce: hay que recorrer, explorar, viajar. Como nuestros enormes conglomerados urbanos de hoy no son abordables, como antaño, con una breve caminata, hay que disponer de tiempo, planificar las salidas, pensar en turistear en la propia ciudad y, como todo turista, asumir que nos podemos perder en ella. Sin miedos, los viajes por la ciudad se pueden transformar en una gran aventura, como toda exploración. Así podremos conocer nuestros entornos inmediatos y, luego, llegar a quererlos. Y si los queremos, qué duda cabe, los protegeremos.

Porvenir urbano

Dedicado desde hace varios años a difundir y enseñar la ciudad –su patrimonio, su historia–, cada vez más reafirmo que todo este trabajo no tiene sentido si no está orientado hacia los más jóvenes y pequeños. A menudo nos quejamos de problemas urbanos como la ausencia de planificación o de educación de quienes dirigen o de quienes vivimos en la ciudad. Y percibo que tales faltas no serán saldadas por los que ya estamos mal habituados. Son las generaciones menores, las que se están recién formando, las más dispuestas a internalizar buenas y mejores prácticas que hagan de las ciudades lugares queribles, con historia y con futuro.

Por eso también con Letra Capital Ediciones hemos centrado las primeras publicaciones en los “pequeños lectores y grandes curiosos”. Con formatos de fácil manejo, textos cortos y rigurosos, e ilustraciones ágiles y cuidadas, Plaza de Armas, el corazón de Santiago (2012) y Cerro Santa Lucía (2014), son una apuesta para redescubrir la ciudad y hacerla más propia, querible y entendible, partiendo por dos de los lugares más emblemáticos de la capital, pero aún con historias tan poco sabidas como entretenidas.

Así entonces, la invitación es a vivir la aventura. Y como no desconocemos ciertos riesgos que contiene la vida urbana contemporánea, para que dicha empresa sea exitosa hay que planificarla (de partida no debe ser un hecho único, sin continuidad). Para ello, a modo de preparación mínima, tal como se hace antes de ir a otra ciudad o país, habrá que mirar previamente en mapas de papel o digitales, la ciudad entera y los barrios o sectores a visitar. Habrá que definir los tiempos disponibles, aprender a orientarse con los puntos cardinales, conocer el uso práctico de la numeración de las casas, manejar al menos los nombres de calles principales, saber algunos de los recorridos de la locomoción colectiva o estaciones del metro, estudiar el significado de la señalética urbana (en el caso de los más pequeños) y de normas básicas de las leyes del tránsito.

Considerado lo anterior, ya preparados intelectualmente para el viaje por la ciudad propia, hay que hincar el diente en lo afectivo, en lo emocional, en la disposición al encuentro con el otro, con aquel que tiene distintas formas de hablar, de expresarse, de convivir, de escuchar música, de discutir, de usar el espacio público, de sociabilizar. Una de las gracias de la ciudad es precisamente su diversidad y eso es algo que se debe internalizar al planificar y ejecutar este periplo por sus barrios. Viajar por la ciudad te permite también saber de los otros, de aquellos que no habías visto antes, y respetarlos.

He ahí entonces como la costumbre de viajar, tan deseada como antigua, tan llena de magia como de aventura, se yergue como clave para un mejor porvenir urbano. No hemos descubierto el hilo negro. Solo constatamos una solución del pasado para el futuro.

 

OTROS TÍTULOS PARA VIAJAR POR LA CIUDAD

La española El Patito Editorial recuperó las brillantes creaciones del arquitecto e ilustrador checo Miroslav Sasek, autor, entre otros, de títulos como Esto es Londres, Esto es París, Esto es Nueva York… Una serie de importantes ciudades del mundo, con datos de sus lugares y personajes más característicos, presentados a modo de una guía viajera orientada al público infantil.

Mario y Francisco (Paco) Guindel son los hermanos autores de las Guías de viaje para niños (proyecto que se puede revisar en www.memolaviajar.com). Se trata de completas guías interactivas (incluso alguna se puede vincular con aparatos digitales) que, con un diseño muy atractivo y entretenido, permiten a los pequeños adentrarse en la historia, idiomas y novedades de diversas ciudades del mundo (como Barcelona, Amsterdam, Berlín, Lisboa, etc.).

Juan Pablo Barros es el autor de los textos del libro Mira tú. Guía para perderse en Chile (Hueders, 2014), que recoge la experiencia que con el mismo nombre se desarrolló hace algunos años en televisión. Mira tú invita a perderse por paisajes e historias de nuestro país, en medio de muchas anécdotas sabrosas y desconocidas.

 

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