El viaje ilustrado: una propuesta para viajar leyendo

La humanidad, el viaje y la literatura han formado un triángulo indisoluble en el cual, desde tiempos inmemoriales, el narrador cuenta sus andanzas y aporta el bagaje de sabiduría adquirido mientras viaja. En este artículo, se suma a esta tríada la ilustración, a través de una propuesta de libros álbum que abordan el viaje desde distintas aristas.

Por Mireia Duran i Passola
Maestra y bibliotecaria de la red de escuelas jesuitas en Barcelona
Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil de la UAB

Mirella-int

Ilustración de Karina Cocq     
www.monitologia.blogspot.com

 

La richesse de l’homme ne repose pas sous ses pieds, matérielle,
mais dans l’imaginaire.
 Jean-Yves Loude

Érase una vez, cuando el hombre era nómada y tenía que desplazarse en busca de alimentos y habitáculo, que el viaje formaba parte imprescindible del día a día e implicaba la gran aventura de la supervivencia. Con el paso del tiempo, a pesar de convertirse en sedentario, la necesidad de viajar persistió y se ha mantenido hasta nuestros días. Quizás por ello la literatura, también desde sus inicios en la tradición oral y hasta la actualidad, ha transmitido relatos en los que la necesidad de viajar sigue siendo motivo de infinidad de libros para todo tipo de lectores.

¿Qué nos mueve a viajar? Podemos viajar para descubrir, explorar, estudiar, conocer, trabajar, conquistar, huir o, simplemente, por turismo. Viajes que pueden ser buscados y deseados, o bien forzados y sobrecogedores. En cualquier caso, sea cual sea la intención inicial del viaje, al final puede quedar un testimonio escrito que configura la riqueza literaria o bien un relato fantástico. Ambos permitirán al lector o al oyente abandonar momentáneamente su universo cotidiano para entrar en el universo ajeno que se le propone.

A lo largo de la historia de la narrativa oral y de la literatura, los viajes (en latín viaticum: vía, camino) han sido un tema recurrente. Desde Homero a Ibn Battuta y Marco Polo, pasando por Darwin o Verne, hasta la actualidad, el relato de viajes y aventuras ha generado miles de textos e imágenes que podemos diferenciar en ficción (novelas, poemas, cuentos y leyendas) o no ficción (diarios, artículos, crónicas, guías, cuadernos de viaje o de bitácora en el caso marítimo, mapas, etc.). Tal y como explica Cheilan (1), la diferencia esencial entre ambos grupos es que la ficción no debe rendir cuentas a la realidad, mientras que en la documentación es requisito imprescindible.

Según Nières-Chevrel (2) existen dos grandes grupos de viajes imaginarios: los que se sitúan en espacios verosímiles (a falta de ser verificables) y los que se sitúan fuera de las leyes del espacio y del tiempo, por lo que se desarrollan al margen de cualquier calendario. Quizás la importante presencia de los viajes imaginarios en la literatura juvenil sea en parte por estas leyes espacio-temporales, pero también por la atracción hacia “la incertidumbre entre lo animado y lo inanimado, entre los espacios de deseo y las leyes de lo que es real” (p.18). Si bien los viajes imaginarios no son específicos de la literatura infantil y juvenil, es un hecho que la LIJ permite a sus lectores viajar con la imaginación allí donde nunca han estado, ya que por edad no les es posible realizar físicamente el viaje en solitario y su única opción es la ficción.

Si hablamos de los estudios elaborados sobre la literatura de viajes, podemos constatar que el centro de interés de los mismos gira en torno a diferentes ejes. Algunos investigadores optan por analizar solo un tipo de viaje, mientras que otros eligen trabajar bajo la perspectiva de elementos estructurales. Podemos hallar muchos aspectos que implican categorizaciones, pero a pesar de la gran variedad de viajes que se plantean solemos percibir (quizás por la abundancia de relatos existentes) que el viaje por excelencia es la narración de aventuras.

En un viaje de aventuras el viajero suele experimentar una cierta transformación, lo que nos permite hibridarlo con el viaje iniciático, que a su vez supone también vivir una cadena de aventuras. De hecho, podemos pensar que cualquier viaje, sea del tipo que sea, implica una aventura: un viaje fantástico, uno en el tiempo, al espacio, una adopción, e incluso un exilio, pueden incluir elementos asociables a la aventura.

Por otra parte, en los álbumes, la ilustración puede mostrar una “realidad” de manera poética exteriorizada por el artista, donde el texto es el trampolín de dicha creación y no está supeditado a ella. A menudo la ficción en la ilustración otorga veracidad al texto a través de la riqueza en los detalles: “La estética de los relatos responde siempre a una elección de los escritores para crear un país imaginario”, sostiene Nières-Chevrel en el texto citado anteriormente.

La simbología de la ilustración permite ir más allá de las palabras, ya que proviene de los sentimientos y se destina a los sentimientos; es un vaivén sensorial donde el discurso varía según las imágenes presentadas. La imagen añade, aporta, explica lo que el texto no dice (o contradice), y el texto explica lo que la ilustración no cuenta, de manera que la experiencia lectora adquiere un sentido determinado para cada lector.

La ilustración es el arte espacial por excelencia; nos muestra con exquisitez y agilidad la compaginación, la secuenciación, el avance del tiempo y los cambios de escenarios.

El mapa del tesoro

Los referentes para clasificar viajes son tan variados como los autores que los proponen. Precisamente por este motivo, la tipología que presento a continuación se fundamenta en la selección de algunos elementos que aparecen en diferentes estudios, especialmente el de Duran y Vilà (3) basado en los acontecimientos que suceden a los protagonistas, pero con modificaciones y aportando otros aspectos. El resultado es una tipología propia sin referente fijo, separada en siete ítems.

• Relato de iniciación o viaje iniciático: Es el que tiene como objetivo consciente o inconsciente desprenderse de formas caducas de la personalidad. En ¡Qué bonito es Panamá! (Kalandraka, 2010), las formas ya no satisfacen a los personajes, los cuales, a través de un itinerario lleno de acontecimientos excitantes y de un imprescindible viaje interior, vuelven a su propio locus amoenus. En Lorenzo está solo (Corimbo, 1999), el protagonista necesita encontrar otras aspiraciones de acuerdo con una personalidad emergente, y con el beneplácito de su madre irá aventurándose progresivamente en el mundo de los adultos. Y En el bosque (FCE, 2004), nuestro protagonista emula a Caperucita, desafiando la autoridad de los adultos y adentrándose en un bosque sorprendente, rebosante de referencias intertextuales.

• Viaje interior: El viaje interior y el viaje iniciático están más relacionados con la evolución de la persona que con el desplazamiento físico. Se puede mostrar a través de personajes redondos, dinámicos, que evolucionan de manera clara en su andadura o en su pensamiento, como es el caso de La señora Meier y el mirlo (Libros del Zorro Rojo, 2012), con una mujer llena de obsesiones que irán llenando el espacio de la ilustración hasta conseguir liberarse y volar como un pájaro. Pero también pueden mostrarse a través de los sueños, que no dejan de ser aventuras interiores en un espacio irreal y que reflejan la construcción de uno mismo, como el atemporal protagonista de Donde viven los monstruos (Kalandraka, 2014).

• Viaje para descubrir el mundo: Son recorridos que nos muestran un viaje físico, y a pesar de que estamos tratando literatura de ficción, pueden llegar a ser muy reales y detallados para el lector, como en El viaje de Anno (Juventud, 1999), o bien convertirse en un juego donde convergen espacio y tiempo, como en El globo amarillo (Juventud, 2011). Ambos son libros sin texto donde debemos buscar a los protagonistas en cada ilustración. Pero también pueden estar cargados de simbología e interculturalidad, como en el caso de El viaje del bisabuelo (Kalandraka, 2008), una historia intergeneracional que presenta un viaje de ida de un abuelo en busca de una vida diferente, y un posible viaje de vuelta de los nietos con el fin de encontrarse con sus raíces.

• Viaje de aventura: Viaje entre viajes, la aventura puede ser el viaje que abraza al resto de los viajes presentados. En Vamos a cazar un oso (Ekaré, 1992) el lector experimenta, al igual que los protagonistas, la alegría del viaje en familia y el vértigo de enfrentarse a lo desconocido. En Mi primer coche era rojo (Juventud, 2010), el óxido de la ilustración domina una aventura que es el sueño de todos los niños, puesto que el protagonista y su hermano pequeño, montados en un coche de hojalata, emprenderán un viaje que acabará estableciendo un código de circulación muy especial. En La cama mágica (Kókinos, 2003), las aventuras nocturnas se desencadenarán a través de una palabra mágica que nos hará volar por distintos parajes.

• Viaje forzado: Hablamos de viaje forzado en caso de movimientos migratorios generados por causas como la adopción, el traslado temporal por cuestiones profesionales o de estudios, la guerra, las condiciones de vida, etc. El exilio a causa de un conflicto bélico es tratado desde la perspectiva de una niña en Lejos de mi país (La Galera, 2008), y los títulos Dos hilos (La Galera, 2007) y ¡Vamos a ver a papá! (Ekaré, 2010) muestran, también desde la perspectiva de los protagonistas infantiles, la añoranza y el vacío ante la ausencia de algún miembro de la familia que partió en busca de una vida mejor, el primero desde África y el segundo desde América del Sur.

• Viaje intergaláctico: Es el viaje que nos transporta en el tiempo y el espacio, lejos de nuestra realidad y de nuestro planeta. Kommunikation zéro (Éditions du Rouergue, 2003) muestra la fuerza de la unión y la importancia de la comunicación a través de ilustraciones que recuerdan las sombras chinas. Pero quizás el viaje más intemporal y fantástico de todos sea El principito, una historia de crítica sutil, trágica y cómica a la vez, de los valores que rigen nuestra sociedad.

• El último viaje o viaje final: Es el viaje definitivo o sin retorno, es decir, la muerte física, que no tiene por qué implicar la muerte espiritual. Nana vieja (Ekaré, 2000) permite al lector acompañar los últimos días de vida de la abuela de la protagonista en un universo de vida y de color, y el Principito encuentra su viaje final a través de una serpiente que le permite abandonar su cuerpo para volver al lado de su amada flor.

Colorín, colorado…

Tal y como hemos visto, la vida y la muerte en sí mismas son viajes, algunos más aventureros y otros menos, pero todos representan un cambio en el viajero que le genera la necesidad de explicarlos. Evidentemente existen múltiples tipologías y categorizaciones y probablemente se han quedado en el tintero muchos tipos de viajes tan o más interesantes que los propuestos, esperando que algún otro viajero los recoja en su propia aventura y hable de ellos.

Pero esta ya será otra historia.

 

 

(1) Cheilan, Liliane (2007): «Voir du pays dans les livres en images: fiction documentaire contre documentaire-fiction», a: Si loin, si proche… Voyages imaginaires en littérature de jeunesse et alentour, Valenciennes, Actes de la journée d’études du 23 mai 2007, pp. 31-43.
(2) Nières-Chevrel, Isabelle (2007): «À propos d’Alice au pays des merveilles et de quelques voyages imaginaires», a: Si loin, si proche… Voyages imaginaires en littérature de jeunesse et alentour, Valenciennes, Actes de la journée d’études du 23 mai 2007, pp. 59-72.
(3) Duran, Mireia y Vilà, Núria (inédito).

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