El viaje en la literatura para infancia, adolescencia y juventud en Chile: Construyendo un imaginario nacional

A partir de una selección de títulos chilenos, la especialista Claudia Andrade analiza cómo el viaje se convierte en una experiencia vital, que trasciende la literatura para conformar imaginarios propios de nuestro territorio, los que enriquecen nuestra forma de ver y estar en el mundo.

Por Claudia Andrade Ecchio
©Doctora en Literatura Chilena e Hispanoamericana
Integrante de CIEL Chile

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Ilustración de Alfredo Cáceres     
http://alfredocaceres.tumblr.com

 

El viaje –como instancia de tránsito entre dos territorios, el propio y el ajeno– constituye un núcleo privilegiado en la literatura para hablar de quiénes somos y qué deseamos ser. Este movimiento entre el ser y el querer se configura como un proyecto: el camino siempre se está recorriendo. Se trata de una linealidad imaginaria, de un permanente “estar en construcción”, de un umbral en el que la persona se encuentra entre el peregrino y el errante, es decir, entre quien recorre el camino con un objetivo determinado de antemano y quien deambula sin destino fijo.

Desde el psicoanálisis jungiano, el viaje es el escenario a través del cual se lleva a cabo el proceso de individuación, el que ha sido descrito, por ejemplo, por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras (1949) o por Marie-Louise von Franz en el libro de Carl Jung El hombre y sus símbolos (1964), como aquello que impulsa al héroe o heroína a salir del espacio familiar en búsqueda de su destino en el mundo exterior, para así retornar con los saberes que le permitirán la realización como sujeto-individuo y sujeto-colectivo. El viaje, asimismo, propone una “constelación de arquetipos” y una “cosmografía de imágenes cíclicas” que, si bien son universales, igualmente dan cuenta de construcciones particulares, en la medida que los relatos han sido creados desde espacios culturales diversos y se han visto traspasados por tradiciones y visiones locales del mundo que les otorgan aquella cuota de individualidad que permite diferenciarlos.

En lo que respecta a la literatura chilena escrita, destinada y/o adaptada para niños, adolescentes y jóvenes, el viaje, más que un elemento meramente argumental, permite visualizar la construcción de imaginarios en torno a nuestra “alargada y accidentada” geografía que, a lo menos en esta literatura, continúa manteniendo su carácter indómito e, incluso, mágico.

Construcción del Estado-territorio y el Estado-nación

El viaje ha sido la excusa a partir de la cual se ha caracterizado nuestro territorio, especialmente su flora y fauna, así como sus habitantes (chilenos, indígenas e inmigrantes). Si bien en ello a veces es posible distinguir un dejo de didactismo, la mayor parte de los textos tiende a una construcción mixta entre peripecia y formación. Quizás la novela más funcional a estos fines sea Perico trepa por Chile de Marcela Paz y Alicia Morel (1978), cuyo relato de un niño magallánico en busca de su padre presenta cierta cercanía temática con el ya famoso capítulo de Corazón de Edmundo de Amicis (1886) titulado De los Apeninos a los Andes, en el que Marco deja su natal Génova para dirigir sus pasos a Argentina tras su madre. En este caso, sin embargo, la motivación del viaje es un pretexto para “trepar” por el territorio nacional de sur a norte, invirtiendo, conscientemente, el orden del recorrido para representar a Chile como un espacio agreste, de difícil conexión y cuya variada geografía física se trasunta también en su geografía humana. Lo pedagógico se visualiza en el mapa inicial, en la inocencia incorruptible del muchacho (simbolizada, además, en su oveja), en el final edificante en el que Perico –como voz oficial de la infancia de la época– afirma: “¡Chile y su gente chilena son maravillosos!”.

Diferentes aproximaciones al territorio nacional son las realizadas en la década del 30 y 40 en las letras chilenas, época en que destacan dos textos clásicos: La ciudad de los Césares de Manuel Rojas (1936) y El último grumete de La Baquedano de Francisco Coloane (1941). En ambas novelas, el viaje es un pretexto, en primer lugar, para hablar de dos geografías australes: la mítica metrópolis patagónica y la ominosa patria magallánica. En segundo lugar, el viaje, como búsqueda de identidad y de reconocimiento tanto de sí mismo como del resto, permite ubicar ambas narraciones dentro del paradigma de “novela nacional”, en la medida que dialogan directamente con grandes problemáticas chilenas: la conquista de un territorio indómito a fuerza de voluntad (primero como empresa española, después como desafío republicano) y la siempre compleja relación entre los habitantes “originarios” y los “invasores”, donde estos últimos imponen, desde el poder hegemónico, no tan solo una visión del mundo sino una nueva forma de habitabilidad en dicho espacio en disputa, que tiene que ver con pasar de lo público y compartido a lo privado y traspasado por intereses tanto económicos como geopolíticos.

El elemento más significativo de estos dos viajes que convergen en Tierra del Fuego es que son textos alegóricos: mientras La ciudad de los Césares construye la patria utópica, en la que indígenas y españoles pueden solucionar sus diferencias en un espacio urbano en el que imperan el orden y la civilidad, El último grumete de La Baquedano, en palabras de Grínor Rojo (2009), es “…el viaje de reconocimiento que realiza la patria chilena de la primera mitad del siglo XX por su territorio y por su historia” (87). La primera configura la patria imaginada, en la que césares blancos y césares negros pueden convivir respetando sus diferencias; la segunda habla de la consolidación de una tarea país: la conquista del territorio austral y la formación del joven (futuro adulto) que defenderá dicho espacio como marino-soldado de la patria.

Chile como espacio de acogida

Los viajes descritos en nuestra narrativa para infancia, adolescencia y juventud, junto con proporcionar representaciones alegóricas de Chile en tanto territorio-nación, también construyen imaginarios en torno a nuestra geografía como espacio capaz de albergar misterios e imposibles.

Si en las novelas de décadas pasadas las imágenes marinas poblaron las letras nacionales, en la narrativa del último trienio destacan viajes que describen nuestro territorio como un espacio mágico. Tal es el caso de La cama mágica de Bartolo de Mauricio Paredes (2002), cuyo protagonista recorre la cordillera de los Andes en la comodidad de su cama como símbolo de la protección familiar que lo acompaña en sus aventuras nocturnas. Este viaje onírico de Bartolo reconstruye la montaña ya no como espacio de peligros sino de ensoñaciones y descubrimientos. Asimismo, es el territorio de nuestros animales característicos, como el zorro y el puma, que, en el relato fabuloso, acompañan al protagonista en búsqueda de una ciudad escondida. Nuevamente, se reconstruye, esta vez desde un imaginario infantil, la utópica relación entre naturaleza y civilización.

Por su parte, ha tendido a primar en la narrativa de viajes la construcción de Chile como espacio de acogida para inmigrantes, especialmente en zonas como Llanquihue, Puerto Montt y Chiloé, territorios que, históricamente, han sido juzgados, desde políticas estatales, como lugares propicios para la colonización. En este contexto, se destacan tres novelas: Como un salto de campana de Víctor Carvajal (1992), Mágico sur de Manuel Peña Muñoz (1997) y El canario polaco de Sergio Gómez (2008). En los tres textos, el sur chileno se vislumbra como territorio encantado, en cuanto en él conviven lo mágico de las leyendas y la esperanza del reencuentro familiar.

En el caso de la novela de Carvajal, Pancho recibe cartas de su abuelo chilote, don Pachi, quien, a través de las palabras y de las referencias a los seres maravillosos propiamente chilenos, lo conecta tanto con la naturaleza de la isla como con sus historias, estableciendo un vínculo literario entre la lejana Alemania donde habita el protagonista y el archipiélago al sur del mundo. Será un gorro chilote el instrumento de la conexión: “Formaban un cuadro muy divertido, en aquella cocina alemana… Es que así no más, de golpe y porrazo, el hijo nacido en otra patria se convertía en un niño más de Chiloé” (42).

Por su parte, la novela de Peña Muñoz (galardonada con el Premio Gran Angular 1997) relata el viaje de Estrella Lorenzo, desde un pueblo español hacia el seno de Reloncaví, quien trae consigo una misteriosa encomienda que intriga a su hijo Víctor Manuel. El muchacho se ve envuelto en otro viaje, dentro del territorio nacional, en búsqueda del destinatario de la caja, don Celestino, un inmigrante radicado en Chile, pero que no abandona el recuerdo de su tierra natal, remembranza que su hermana refuerza al enviarle, desde el viejo continente, un regalo especial: “Por eso te la mando. Como un presente simbólico, un trozo de tu patria. Ya que no puedes venir tú a tu tierra, que la tierra vaya a ti” (143).

Finalmente, la novela de Gómez (que recibiera el Premio Barco de Vapor 2008) narra la historia de Anne, quien debe emigrar forzosamente de su natal Alemania, producto de la Segunda Guerra Mundial, al sur de Chile. El viaje mismo, lleno de peripecias y peligros, es narrado por un ratón, quien, como otro sobreviviente, simboliza la pérdida de la patria y el deseo de libertad en un pequeño canario: “Lo que representó esa ave para muchos, también para mí, se resume en una palabra que es siempre repetida, usada y abusada, pero hasta ahora insuperable: la esperanza” (108).

En las tres novelas reseñadas, el sur de Chile se convierte en el nuevo hogar para estos extranjeros. Es interesante constatar en ello la construcción de un imaginario de solidaridad con quienes, por distintas circunstancias, se ven en la necesidad de salir de su país natal y emprender un viaje que los lleve a una tierra mágica, llena de bosques y mares tormentosos. Pero, por sobre todo, llena de personas que reciben al inmigrante como a otro ciudadano más. Quizás en ello haya un dejo utópico, la idealización del encuentro entre culturas y del mestizaje que ha marcado a fuego no solo nuestro espacio vital sino también el latinoamericano.

Como se pudo apreciar en este, sin duda, escueto panorama de textos chilenos escritos para niños, niñas, adolescentes y jóvenes, el viaje es más que una anécdota en la vida de los protagonistas; es más que el elemento articulador que da vida a historias de búsqueda, encuentros y desencuentros; es una experiencia vital que trasciende la literatura para conformar imaginarios propios de nuestro territorio en cuanto espacio cuya complejidad y diversidad enriquecen nuestra forma de ver y estar en el mundo.

 
Textos Citados
–    Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito. Buenos Aires, Argentina: FCE, 2006.
–    Carvajal, Víctor. Como un salto de campana. Santiago, Chile: Alfaguara, 1992.
–    Coloane, Francisco. El último grumete de La Baquedano. Santiago, Chile: Orbe, 1965.
–    Gómez, Sergio. El canario polaco. Santiago, Chile: SM, 2008.
–    Paredes, Mauricio. La cama mágica de Bartolo. Santiago, Chile: Alfaguara, 2002.
–    Paz, Marcela & Morel, Alicia. Perico trepa por Chile. Santiago, Chile: Universitaria, 1984.
–    Peña Muñoz, Manuel. Mágico sur. Madrid, España: SM, 1998.
–    Rojas, Manuel. La ciudad de los Césares. Santiago, Chile: Zig-Zag, 2005.
–    Rojo, Grínor. “Sobre El último grumete de La Baquedano y algo más”. Anales de Literatura Chilena. 10.12 (dic 2009): 85-98.  http://analesliteraturachilena.cl/wp-content/uploads/2011/05/a12_5.pdf
–    Von Franz, Marie-Louise. “El proceso de individuación”. Jung, Carl. El hombre y sus símbolos. Barcelona, España: Luis de Caralt Editor, 1976, 157-228.