Dibujar la travesía

Dispuesto como diario, cuaderno o bitácora, el diario de viaje ilustrado invita a un recorrido que es más que un desplazamiento por un lejano o exótico paraje: es, paralelamente, una invitación a descubrir las múltiples facetas del viaje y sus posibilidades visuales y textuales.

Por María Isabel Molina
Socia fundadora de PLOP! Galería
Directora editorial en Grafito Ediciones
Investigadora en edición e ilustración

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Ilustración de Pati Aguilera
www.patiaguilera.com

Alrededor del año 1298, Marco Polo, el viajero incansable que convirtió la travesía en una forma de vida, comenzó a dictar las memorias de sus veinticuatro años de viajes a Rustichello de Pisa, las que se publicaron como El libro de las maravillas. Tierras desconocidas, ciudades exóticas y costumbres impensadas son algunas de las visiones que se suceden en este volumen. ¿Fue Polo el primer viajero que efectivamente vivió tales experiencias? Si bien no se sabe a ciencia cierta, lo que resalta es que el lugar privilegiado que tiene hasta hoy como explorador y narrador quedó sellado gracias a este libro.

Polo, Heródoto o hasta el mismo Homero, con La Odisea, son autores que han resignificado el viaje como una instancia de descubrimiento. Más que una mera crónica descriptiva, el libro de viaje da cuenta de un discurrir emocional, en especial en su versión más íntima y sin editar: los cuadernos de viaje, que mezclan apuntes, notas sueltas y espontáneas, bocetos y material adjunto o tesoros que se van acumulando (una entrada a un espectáculo, quizá una estampilla o el pedazo de un mapa).

Testimonios de una travesía, los libros y cuadernos de viaje se desprenden del género autobiográfico, ya que son una experiencia personal escrita en primera persona. Estas memorias individuales constituyen las pequeñas historias dentro de los grandes relatos históricos. Diarios, cartas, memorias y autobiografías se inscriben en este marco, pero es en el diario en el que convergen las reflexiones y vivencias durante el devenir de un desplazamiento. Dice María Graham en su Diario de mi residencia en Chile: “Hay días en que nos vemos felices y llenos de actividad, que apenas sí permiten también a la inteligencia preocupada unas cuantas anotaciones breves y concisas; otros hay en que la vanidad y el amor propio que todos sentimos más o menos cuando escribimos un Diario, llenan las páginas de necedades artificiosas, y otros hay todavía en que unas cuantas frases breves dejan transparentar un estado de ánimo que se necesita valor para exhibirlo a los ojos de un extraño” (1). El narrador es, además, al mismo tiempo testigo y protagonista: va encontrándose tanto con su propia conciencia ante el viaje como ante sí mismo en un nuevo escenario.

Científicos, literarios o ilustrados, los libros y cuadernos de viaje tienen diversas características y convergen con diversas tradiciones. En algunos casos acercan al lector a la autobiografía, en otros a la crónica periodística; unos se apoyan en elementos pictóricos y otros solo van dando cuenta de lugares y personajes. Pero todos son la expresión de una misma necesidad: concentrar en sus páginas experiencias e impresiones que de otra forma no resistirían el paso del tiempo. Es también, en tanto objeto, el testimonio de “haber estado ahí”, pues el desgaste de su soporte es un indicio físico de la travesía y de que ningún viaje es igual a otro aunque el destino sea el mismo.

Cuadernos y diarios de viaje ilustrados en Chile

Reuniendo la crónica textual con los dibujos de una libreta de croquis, en el cuaderno de viaje los paisajes, personajes y situaciones escogidas se van registrando en forma rápida y espontánea.

Si se realiza una revisión a los diarios de viaje realizados en el contexto chileno, aparecen en un primer momento las figuras del naturalista y del artista. Es el caso de Claudio Gay, naturalista francés que viajó por Chile a partir de 1830 recolectando material para la extensa investigación que dio como resultado la Historia física y política de Chile. Las imágenes de sus diarios incluyen paisajes de los territorios por los que transitó y, en una veta de corte más antropológico, dan cuenta también de sus habitantes y sus costumbres en diversos ámbitos: desde el machitún al juego de chueca, así como la vida en la ciudad y los oficios que existían en la capital de Chile. También incluyó eventos que impactaron a la sociedad, como el incendio de Valparaíso o el baile en la Casa de Gobierno que se dio en el aniversario de la Independencia. Su trazo fino y prolijo permitió que aquellas imágenes lleguen hasta nuestros días como valiosos documentos de una época.

Una línea similar siguió el inglés Charles Darwin, para quien la bitácora era la herramienta principal de trabajo. En su caso, debido a las pocas condiciones que tenía para el dibujo, contó con la ayuda de los pintores Conrad Martens y Augustus Earle –que viajaban en el Beagle– e incluso del capitán FitzRoy y de la tripulación. Ello le dio a Viaje de un naturalista alrededor del mundo, publicado en 1839, una diversidad gráfica.

Desde la perspectiva del arte, Mauricio Rugendas fue uno de los primeros en plasmar en imágenes a diversos personajes y paisajes de Chile, dando cuenta de sus costumbres y prácticas sociales. La mayoría de su obra pervive en soporte de obras visuales.

Ya situados en el siglo XX y con el oficio del ilustrador instaurado en los medios de comunicación y en las editoriales, el cuaderno de viaje es abordado desde una perspectiva más cercana al sketchbook. En este siglo se consolida la práctica de las vacaciones (o los espacios de tiempo libre ligados a los viajes recreacionales), lo que entrega a los paseantes otras perspectivas sobre las posibilidades de las travesías: ya no se trata solo de desplazarse, de afanes científicos o colonizadores, sino de descubrir y relacionarse con el territorio y la experiencia desde la subjetividad.

Es el caso de la ilustradora Elena Poirier, quien en 1949, durante un viaje a Europa, registró en un diario rincones, personajes y oficios de diversos pueblos de España, Marruecos y Grecia. Los apuntes de este viaje están constituidos por bosquejos y pequeñas crónicas que después fueron publicadas en La Nación. Así, la artista que se hizo conocida en Chile por sus ilustraciones en revistas infantiles como El Peneca y Simbad, desarrolló una faceta mucho más relacionada con la crónica periodística.

La segunda mitad del siglo XX no registra una mayor producción de diarios de viaje publicados, lo que puede deberse a los nuevos medios de registro, como la fotografía y otros dispositivos electrónicos que temporalmente desplazaron a los cuadernos y bitácoras. Junto con eso, los ilustradores y artistas en Chile también se enfocaron en otros tipos de producción gráfica y artística, en los que el territorio y los desplazamientos no fueron temáticas centrales.

Un formato actual

Hoy, el diario de viaje ilustrado ha ganado una renovada vida gracias a una nueva generación de autores que ha redescubierto en el género un formato narrativo y plástico cómodo, y que a la vez representa un gran desafío.

La chilena Frannerd publicó en el 2014 el fanzine Árboles bien podados y ahora se apresta a lanzar un libro que da cuenta de un recorrido por algunas ciudades de Europa, como Berlín y París, realizado en el 2013. Para ello tomó una Moleskine y registró a diario las conversaciones con su marido y con los distintos personajes que fueron apareciendo conforme avanzaba el recorrido.
El destacado ilustrador argentino Liniers es otro de los autores latinoamericanos que han incursionado en el género. Utilizando el formato de las viñetas presentó, con su particular humor, un viaje por Europa y América editado como Conejo de viaje, que legitima la cotidianidad que se construye en los recorridos. La historietista Power Paola –autora de varios libros autobiográficos, como la serie Virus tropical y QP – publicó en el 2014 en su web (powerpaola.blogspot.com) un diario de viaje ilustrado de diferentes ciudades de Perú, Colombia y Argentina. Paralelamente iba registrando el avance de su diario en redes sociales, en las que aparecen ciudades como Ciudad de México y Oaxaca.

Una innovación en la producción del diario es que el proceso de trabajo es tan importante como su posterior publicación, lo que queda de manifiesto con las constantes imágenes que los autores van compartiendo a medida que van desplegando la creación del registro.

Actualmente la posibilidad de mostrar las experiencias del viaje por vías distintas a la publicación tradicional abre nuevas opciones. No es necesario tampoco realizar grandes viajes; en muchas ciudades los clubes de sketchbook salen a recorrer la propia ciudad, en un ejercicio colectivo de observación para después compartir en grupo lo realizado. Es un contexto en el que el destino ha pasado a segundo lugar (¿existe hoy un lugar no catalogado en Google?) y en el que la sobreabundancia de imágenes ha traído de regreso la mirada autobiográfica.

El ilustrador Miguel Gallardo, autor de la portada de este número de RHUV (ver entrevista en página 70), es integrante de Cuadernistas (www.cuadernistas.com), sitio que reúne parte del trabajo de varios autores en torno al formato, sin más pretensión que mostrar los cuadernos, ya que estos, en sus propias palabras, “nos sirven para saber quiénes hemos sido”.

En el caso del colectivo español Urban Sketchers (spain.urbansketchers.org), su manifiesto establece, además de una metodología, una visión del dibujante, profesional o amateur, que ejerce un trabajo de documentación de su entorno. Se trata entonces no solo de un ejercicio artístico privado sino de un rol público de cronista, un oficio que seguirá explorando y mostrando parte de nuestras formas de vida en diversos contextos a través de la imagen y la palabra.

 

 

(1) Graham, María. Diario de mi residencia en Chile. P. 188-189. http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0000018.pdf