María Osorio. Ahora que me han pedido que recuerde

Por María Osorio (Colombia)
Directora Editorial Babel Libros

Maria Osorio

 

Leo apasionada y desordenadamente, de todo, desde que tengo razón. Leo porque tenía un padre que trasmitía esa pasión. Era médico, pero no le interesaba la medicina sino la revolución, y la buscaba en los libros. Un día ahorró lo suficiente y se fue a Rusia para tocar el cielo con sus propias manos. Esa pasión marcó mis lecturas; pasé rápidamente de Andersen y Cuentos de Oriente, de Julio Verne y Stevenson, a la literatura rusa. Libros largos y de ritmo lento que me enseñaron a leer con paciencia, a ir poco a poco, y a persistir.

Recuerdo ir con mi padre a la feria del libro en el parque Santander, en el centro de Bogotá, de donde regresábamos con una pequeña montaña de libros, todos para mí, todos elegidos por él. Pero mis recuerdos como lectora son en soledad; no lo recuerdo a él leyéndome, o preguntándome por lo que había leído. Nunca conversamos sobre este tema; no sabíamos que él se iba a ir tan pronto, y a pesar de su insistencia tampoco imaginó que yo iba a terminar entre libros. Pero, ¿cómo no? Ahora que me han pedido que recuerde, imagino que lo que no me podía decir con palabras, me lo decía con esos libros que buscaba para mí. Y sé que lo hizo deliberadamente. A mi hermano le enseñó a pescar, a jugar ajedrez, a desarmar cualquier cosa. Y a mí a leer. Fue su decisión.

Pero había libertad. Éramos niños en otra Bogotá y podíamos salir solos a la calle. Nos cuidaba un policía, que no nos cuidaba de los demás, sino de nuestras propias travesuras. Un policía de barrio, y un muchacho algo mayor, que alquilaba cómics en el parque. A cambio de una moneda leíamos toda la tarde.

Libertad también de escoger lo que leíamos, dentro de lo poco que había para escoger: la Colección argentina Robin Hood, algunos números muy atrasados de la revista Billiken. También nos era permitido leer solo para entretenernos, como las historias de Los Cinco de Enid Blyton.

Más adelante, obviamente en la escuela, leíamos a los colombianos. Para leer la María de Jorge Isaacs, había que tener la misma paciencia que con El Don apacible de Sholojov, y esa experiencia previa me ayudó. Muy poco tiempo después estaba leyendo los hoy clásicos del boom latinoamericano, y ya no necesité preguntarle a nadie más sobre mis lecturas. García Márquez, Borges, Cortázar, llenaron los tiempos de mi juventud y me invitaron a leer todo lo demás.

Luego, llegué adulta a la LIJ y tuve que volver a iniciar el aprendizaje.

Hoy mi mayor compromiso es con los lectores jóvenes. Esa juventud que sucede cada vez más pronto. La diferencia entre la LIJ y la literatura no debería existir, pero el mercado exige que hagamos una diferencia entre la Literatura –con mayúscula– y todo lo demás. Ese es el mayor reto que puedo concebir en este momento, y en eso trabajamos en Babel Libros.