Libros difíciles

Columna de María José Ferrada
Escritora y editora de Chile para Niños

En la mitología japonesa existe un extraño ser llamado Kappa. Se trata de una especie de rana del tamaño de un niño que habita en los estanques, lagunas y ríos de Japón. El Kappa tiene caparazón y una extraña cavidad en la base de su cabeza que siempre está llena de agua. Este último dato es muy importante porque de esta característica viene todo su poder. Sí, los Kappa son muy peligrosos y si algún niño tiene la mala suerte de toparse con uno debe ver la forma de obligarlo a hacer una reverencia que lo obligue a derramar el agua que lleva en la cabeza, ya que ella le da la energía.

Todos los niños deben conocer esta historia para saber qué hacer si se encuentran con uno.

Olvidaba un dato importante: los Kappa se alimentan de los niños que pasean distraídos por las cercanías de estanques, lagunas y ríos. Y se los zampan de una forma nada agradable de narrar.

Cuando me hablaron de esta historia, lo primero que imaginé fue a las madres y abuelas japonesas contándosela a los niños de la familia, con ese expresivo tono de voz tan característico de su pueblo.

También imaginé a esos niños escuchándolo antes de dormir, posiblemente asustados. “Mientras más asustados, mejor”, pensarían las mujeres que lo que querían era que sus pequeños no se acercaran a los ríos porque corrían el peligro, como todo niño que pasea curioso y distraído, de caer y ahogarse.

Sí, los niños, al igual e incluso más frecuentemente que los adultos, se ahogan. Y es que la muerte –y la vida en general– no hace diferencias entre niños y adultos.

Pensé en que muchos de los padres y madres que conozco no contarían esa historia a sus niños antes de irse a la cama (porque podrían tener pesadillas). O la contarían omitiendo los hábitos alimenticios del protagonista. El feroz Kappa quedaría convertido en una simpática ranita. Y el cuento, por su parte, se transformaría en un tierno relato que incluso podría entregar una enseñanza sobre el cuidado del medio ambiente, el respeto a los animales o alguno de esos temas que sí pueden escuchar los niños.

Bien por los adultos cuidadosos. El problema es que el cuento habrá perdido todo su sentido, que era decir “mira niño, allá afuera hay muchas cosas hermosas, pero también hay peligros, así que cuando salgas, mantente atento”.

Las primeras versiones de Caperucita –que igualmente fue el relato que una abuela contó a su nieta, esta a la suya y así hasta llegar a nuestros días– también nos explicaban cómo era el mundo. Sí, hay un bosque allá afuera, con árboles, flores y pájaros. Pero en ese bosque, y aunque no nos guste, hay también lobos hambrientos. Los niños deben tener cuidado con ellos. Esa Caperucita de los primeros relatos no lo tuvo y terminó para siempre, junto a su abuela, en la barriga del lobo. El cazador y el final feliz se agregaron en versiones posteriores, probablemente influenciadas por la curiosa relación que en algún momento comenzamos a establecer los adultos entre infancia y fragilidad.

Pero como decíamos al inicio, la vida en general, ese bosque, no hace diferencias entre niños y adultos. Quisiéramos que fuera más dulce con los niños, pero no lo es. Y los cuentos son, siempre han sido, una manera de recordarlo.