Claudio Romo, ilustrador y grabador: el arte como herramienta de democratización

Explorador de mundos imaginarios, fabricante de criaturas imposibles: el destacado autor chileno reivindica el rol del libro ilustrado como espacio para comunicar ideas, reflexionar y sacar a la luz los temas silenciados.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería

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Arco, flecha, blanco y arquero, los cuatro elementos del Kyudo. Pero a diferencia de la arquería occidental, quienes practican esta milenaria disciplina japonesa no miran el blanco; ni siquiera intentan apuntar. Lo que buscan está más allá de la diana. Su objetivo es alcanzar la perfecta armonía de los movimientos, abandonar el ego, hacerse parte del todo y encontrar el equilibrio. Un proceso que puede durar la vida entera.

El ilustrador Claudio Romo practica el tiro con arco desde niño. Mientras otros jugaban con camiones o corrían en bicicleta, pintaban casas y montañas, él pasó gran parte de su infancia emplumando flechas, fabricando y dibujando arcos. Para sorpresa y preocupación de sus padres, también los utilizaba. “Son objetos bellos, estilizados y elegantes, pero que contienen una gran tensión y fuerza”, dice.

Para él, al igual que para los seguidores del Kyudo, el tiro al arco es una forma de meditación. “Uno entra en un trance donde por un momento te vacías de la conciencia. Es una práctica muy sana”, comenta.

Al ver sus ilustraciones es fácil sentir que algo de la filosofía Zen se ha traspasado al papel. A pesar de la precisión de su trazo, del absoluto dominio de la forma y la claridad con que compone personajes y ambientes, la fuerza del autor de libros como Bestiario o El álbum de la flora imprudente está más allá de lo que vemos. Posiblemente se encuentra en la creación de un mundo que nos envuelve, fantástico y creíble a partes iguales, pero sobre todo en un discurso que transforma la ilustración en una certera flecha capaz de traspasar edades, lenguajes y fronteras.

Considerado uno de los ilustradores más importantes del país, Romo ha conseguido que cada uno de sus libros sea una proyección de su imaginario, capaz de llevar consigo –no importando si se trata de un libro sobre monstruos mexicanos, seres imaginarios o una historieta de terror– su marca personal, compuesta de belleza y escalofríos.

Todo comenzó en Talcahuano, donde dejó estampados sus primeros trazos. Su abuelo Francisco lo ponía a dibujar y le pedía una y otra vez que le hiciera retratos. A la imagen se sumó luego la palabra. El cuento El inmortal de Jorge Luis Borges y su largo periplo por “esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos”, fue un recuerdo imborrable de aquellas primeras y fértiles lecturas a las que se sumarían más tarde H.P. Lovecraft, Italo Calvino y Adolfo Bioy Casares.

A la hora de seguir sus estudios no lo dudó. Tampoco podía hacerlo. “Nunca pensé en estudiar nada que no fuera arte. Dibujar era lo único que me interesaba y la pedagogía en arte era a lo único que podía optar en Concepción”, recuerda. Se especializó en grabado, una técnica que apuesta por la reproductibilidad de la obra y que no solo le permitió expandir su trabajo como dibujante, sino también canalizar una de las ideas que ha guiado toda su carrera: el arte como una herramienta de democratización.

 

Primera expedición

Gracias al grabado cruzó también las fronteras. Su admiración por grabadores como José Luis Cuevas y José Guadalupe Posada lo llevó a México para estudiar una maestría en Artes Gráficas. Ahí fue donde, entre el culto a la muerte, la iconografía prehispánica, las luchas libres y los relatos de exploradores del Nuevo Mundo, se terminó de forjar su visualidad.

También fue el lugar que vio nacer su primer libro. Deseoso de ir un paso más allá en su apertura hacia nuevos públicos y salir de la elitización que impone el arte, Romo descubrió el potencial narrativo de las publicaciones ilustradas y encontró en ellas una gigantesca caja de resonancia para sus inquietudes plásticas y vitales. “Siento que esa duplicidad de arte y comunicación que habita en el libro (desde su esencia), lo convierte en un lugar donde el arte no puede desplegarse sin el fenómeno de la reflexión y la transferencia de ideas, algo que de hecho percibo cada día menos en muchas experiencias del arte contemporáneo que me ha tocado conocer”, explica.

El resultado vio la luz en el 2004, cuando ilustró para Fondo de Cultura Económica de México El cuento de los contadores de cuentos, del escritor tunecino Nacer Khemir, un relato que se mueve entre dimensiones de tiempo y espacio paralelos. Una historia perfecta para Claudio Romo, quien pobló las páginas de retratos, personajes y animales dignos de Las mil y una noches.

 

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El cuento de los contadores de cuentos
Autor: Nacer Khemir
Ilustrador: Claudio Romo
FCE, 2004
ISBN: 9789681671792

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Segunda expedición

De vuelta en Chile, el ilustrador siguió adentrándose cada día más profundamente en esa frondosa región de donde provienen sus creaciones. Siguiendo los pasos de un sacerdote científico del Barroco como Athanasius Kircher, de un naturalista y explorador decimonónico como Humboldt o un investigador novelesco como el Morel de Adolfo Bioy Casares, reunió una exuberante vegetación para su libro El álbum de la flora imprudente (LOM, 2007), animales “reales fantásticos” para que deambularan por su Bestiario (LOM, 2008), una colección de narraciones extraordinarias para unos Fragmentos de una biblioteca transparente (LOM, 2008) y los inexplicables sucesos que sacuden al atónito lector en Informe Tunguska (LOM, 2009).

 

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El álbum de la flora imprudente
Autor e ilustrador: Claudio Romo
LOM, 2007
ISBN: 9789562829373

 

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Bestiario
Autor: Juan Nicolás Padrón
Ilustrador: Claudio Romo
LOM, 2008
ISBN: 9789562829359

 

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Fragmentos de una biblioteca transparente
Autores: Claudio Romo y Alexis Figueroa
LOM, 2008
ISBN: 9789560000323

 

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Informe Tunguska
Autores: Claudio Romo y Alexis Figueroa
LOM, 2009
ISBN: 9789560000637

 

Este gabinete de maravillas, atestado de piezas extrañas y únicas, le valió en dos ocasiones consecutivas el Premio Coré entregado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, el más importante de la ilustración chilena, fruto de un trabajo arduo y laborioso. “Para dibujar aprovecho cualquier espacio del día”, comenta mientras divide su tiempo como docente en la Universidad de Concepción y editor visual del sello Libros de Nébula. “Por eso tengo muchos cuadernos de apuntes y carpetas de bocetos sueltos. Siempre les digo a mis alumnos lo fundamental que es guardar una memoria de los procesos. Estos son tan importantes como la obra final en la formación disciplinaria de un dibujante”, agrega Romo, ilustrador y arquero.

 

Tercera expedición

Romo tiene otro mérito. La riqueza de su lenguaje plástico, su capacidad para generar intertextualidad y reivindicar el rol de la narración gráfica en la construcción de lectores participativos y críticos, han aportado en la creación de un nuevo campo de acción para el libro ilustrado en Chile, tradicionalmente asociado a las estanterías infantiles. Todo esto desde una zona que se distancia del centro, tanto a nivel simbólico como geográfico. “Vivo en una ciudad que carece de una infraestructura cultural suficiente. Para mí el libro representa ese lugar de exhibición inexistente en mi realidad urbana, y aparte de eso el libro como objeto en sí mismo es un objeto de diseño, arte y un dispositivo de comunicación de imaginarios. ¿Qué más se puede pedir?”, interroga desde Concepción.

Para el autor, el libro ilustrado es precisamente un lugar para problematizar y poner sobre la mesa temas hasta hace poco considerados tabúes, como la muerte, la sexualidad, la enfermedad o la guerra. “En un libro ilustrado la imagen está permanentemente vinculada a un texto que la dirige y la hace ‘necesaria’, que transforma las imágenes de violencia o muerte pura en imágenes que obedecen a claras necesidades narrativas y de sentido”, señala.

Sin embargo, es consciente de la fuerza a veces estremecedora de sus imágenes. Por eso cada una de sus figuras obedece a un propósito minuciosamente establecido, poniendo una insalvable distancia entre su obra y los juegos de terror y morbosidad propios de la sociedad del espectáculo a los cuales, está de más decir, niños, jóvenes y adultos son diariamente expuestos. “Un artista no debe olvidar la importancia del propio trabajo en la formación ética y de la cultura visual de las personas, en especial de los niños”, aclara.

Pensando en ese compromiso, y en que hace poco tiempo fuiste padre, ¿qué historia te gustaría ilustrar para tu hija?

Qué bonita pregunta. ¡Existen tantos cuentos! Creo que iniciaría la lista con El sueño de Akinosuké de Lafcadio Hearn. Una historia japonesa que comienza así: “En el distrito Toichi de la provincia de Yamato vivía un goshi llamado Miyata Akinosuké…”.

Claudio Romo ha lanzado una nueva flecha. Poco importa si llega o no al blanco. Simplemente hay que sentarse y verla rasgar el aire, diáfana, silenciosa y certera, como toda su obra.

 

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Alebrijido es un alebrije, ser imaginario de la cultura popular mexicana.

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Ilustraciones sin publicar de la serie Crónica fiel del mundo que vi.

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Ilustraciones de Monstruos mexicanos.