Lukas y el alma porteña

En un relato atravesado por sus propios recuerdos, el autor e ilustrador chileno Marcelo Escobar escribe sobre un hombre cuya obra cambió su manera de ver el mundo: Renzo Pecchenino, el inolvidable Lukas.

Por Marcelo Escobar
Escritor e ilustrador

Lukas-completa

Ilustración de Marcelo Escobar
www.marceloescobarm.blogspot.com

Mi primer acercamiento al trabajo de Lukas ocurrió, como suele acontecer en los encuentros memorables, por azar. Yo era un niño y frecuentaba la biblioteca pública que quedaba cerca de mi colegio. Ahí transcurrían las horas al amparo de la luminosa sala de lectura y de la eterna chimenea que hacía más acogedoras las tardes de invierno.

Una de esas frías tardes, sumergido en esos anacrónicos anaqueles repletos de pequeñas fichas escritas a mano, donde se catalogaban los volúmenes que abarrotaban las estanterías de esa remota biblioteca que hoy recuerdo entre la bruma del tiempo, di con el extraño y sugerente título de un libro: Bestiario del Reyno de Chile (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972). Cuando lo tuve entre mis manos, contemplé maravillado esas extrañas imágenes en la portada color paquete de vela. Un perro antropomorfo con la cara de un hombre de rasgos típicamente chilenos, con una amplia sonrisa de fuertes dientes y, coronando la cabeza de mechas tiesas, una enorme cresta de gallo. En el interior, una escueta dedicatoria: A Condorito.

Lo que venía a continuación era realmente asombroso: casi 90 páginas de una fauna inconcebible, delirante, profusamente dibujada con finos trazos y colmada de detalles y texturas. Cada dibujo venía acompañado de una descripción en un latín muy libre, con nombres imaginados, como “Melancolicus vulgaris chilensis”.

El libro parecía el cuaderno de notas de un naturalista empeñado en descifrar el alma de Chile, dedicado a observar y tomar nota, a clasificar una fauna única.

Mis ojos de niño se dilataban ante cada dibujo, y en ese momento supe que lo único que quería hacer era dibujar.

Con los años también supe que el naturalista imposible tenía también un nombre que evocaba a esos sabios que clasificaron cada piedra y árbol en nuestro país: Renzo Pecchenino Raggi, conocido en el Reyno como Lukas, natural del pueblo de Ottone, cercano a Milán, donde nació el 28 de mayo de 1934.

Un año más tarde, la familia Pecchenino arribó a Valparaíso, sumada al caudal de inmigrantes que han conferido a nuestro puerto esa identidad cosmopolita, y que han enriquecido con su bagaje cultural el patrimonio de una ciudad apasionada y única.

El pequeño Renzo estudió en la Scuola Italiana del puerto y luego ingresó a Arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso, carrera que quedó truncada por la muerte del padre. Es en esa época cuando recibió algunos encargos como letrista y decorador de vitrinas, para luego publicar su primer dibujo el año 1958 en el diario La Unión. Nació Lukas, el dibujante que desarrollaría una labor íntimamente ligada al encantamiento de su Valparaíso querido, y que inscribiría su nombre junto a otros grandes amantes del puerto, tales como Joaquín Edwards Bello, Manuel Rojas y Pablo Neruda.

Ese amor por el puerto loco quedó registrado en el que se ha convertido quizás en el mejor testimonio de cariño a Valparaíso –al menos en términos gráficos–: Apuntes porteños. El libro apareció en 1971, nuevamente bajo el sello de Ediciones Universitarias de Valparaíso. Las detalladas ilustraciones y los informados textos dan cuenta de un puerto desconocido y oculto, que propaga su luz a un público maravillado.

La historia de una ciudad jamás fundada atravesó sus páginas de formato apaisado, contando su epopeya a través de dibujos en que su formación de arquitecto quedó plasmada en cada construcción imposible. “Aquí deberían dar examen todos los arquitectos de Chile”, decía Lukas, mientras dibujaba cada rincón de ese laberinto de escaleras que ascienden al cielo perdiéndose en los cerros. Manual de usos y costumbres, memoria de personajes que pululan en la estrecha franja del barrio Almendral, unas escasas cuadras que se comprimen entre el mar y los cerros. Ahí está nuevamente el investigador penetrante, mostrando sutiles detalles arquitectónicos, naufragios de goletas varadas en avenida Pedro Montt, ascensores que aparecen escondidos tras pequeñas puertas en algún recoveco de su loca topografía, y que se encumbran a los cerros atiborrados de casas que parecen querer alzar el vuelo en el cálido viento de septiembre, en la también llamada Ciudad de los Vientos.

A mediados de los ochenta, retomando el hilo de mis recuerdos, vi a Lukas en UCV Televisión, el primer canal en Chile, como otras de las tantas “primeras” instituciones que nacieron precisamente en el puerto. Era un espacio sencillo de conversación, sin pretensiones, donde el artista hizo gala de su prodigiosa memoria porteña, narrando particulares episodios de la historia de “Pancho”, amistoso mote que recibe Valparaíso por la iglesia de San Francisco, cuya torre rojiza era como un faro y lo primero que distinguían los marinos al acercarse a la bahía. Lukas hablaba con soltura sobre el origen del hospital Van Büren o del bombardeo de la flota española en 1865, mientras dibujaba las volutas de humo que se alzaban de los cerros, en el detallado dibujo del puerto que realizó mientras conversaba amenamente.

Durante la década del sesenta, el prestigio de Lukas creció a punta de dibujos y su fino humor volcado en El Mercurio y La Estrella de Valparaíso. Pronto se sumarían El Mercurio y La Segunda de Santiago, además de las revistas Topaze, el Pingüino y el entrañable Mampato; luego vendrían medios en Estados Unidos y Brasil.
Los premios se acumularon. Su talento y extraordinaria cultura le valieron numerosos galardones a su labor de difusión y su trabajo como cronista gráfico de nuestra particular idiosincrasia, hasta recibir el Premio Nacional de Periodismo en 1981.

La recompensa postrera le llegó en 1987: se le otorgó la ciudadanía chilena por gracia a un artista que trabajó incansablemente por desentrañar ese ligero hálito que llamamos el “alma chilena”. Apenas unos meses más tarde, el 7 de febrero de 1988, luego de una larga enfermedad, falleció uno de los habitantes más ilustres de Valparaíso y de Chile.

Mi propia historia, como un sencillo dibujante que se siente heredero de ese encantamiento por lo nuestro, comenzó hace treinta años, una fría tarde de invierno junto a la dedicatoria de un libro: A Condorito.

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Ilustraciones gentileza Fundación Lukas