No es una caja

 
no-es-una-caja-post


recomendado-por-mediadores3
Por Constanza Ried, Licenciada en Literatura y Estética UC

No es una caja
Autora: Antoinette Portis
Primeros lectores Faktoría K de Libros | 2008

En esta obra llena de encanto, donde ningún elemento sobra, la cubierta y la contracubierta nos introducen de inmediato en una tensión irónica y creativa entre palabra e imagen. “No es una caja”, dice el título, mientras los colores, los materiales y los textos nos señalan precisamente lo contrario. Una ironía que establece desde el inicio las reglas del juego entre el sistema visual y el textual.
El protagonista, un tierno conejito de líneas simples –nada más que una silueta en pijama–, es caracterizado como un niño inquieto que se encuentra arrobado jugando con una caja de cartón. Una voz desconocida para nosotros como lectores, pero que sin duda pertenece a un adulto, le interrumpe, rompiendo el espacio de juego del pequeño e interpelándolo incesantemente con preguntas. “¿Por qué estás sentado en una caja? ¿Para qué echas agua a la caja? ¿Qué haces sentado en esa caja?”. “¡No es una caja!”, repetirá el conejo, frustrado ante la nula capacidad del interlocutor para entrar en su juego.
El chico se rebela ante la visión que el adulto le pretende imponer: este es su juego, su mundo, con sus reglas; en él, eso no es una caja. Y claro, a medida que avancemos veremos desfilar autos de carreras, elefantes, barcos, edificios en llamas, robots, naves espaciales.
Presenciamos entonces dos visiones, dos maneras de leer y habitar el mundo: la desencantada del que interroga y la maravillada del conejito que responde. Consistente con ello, texto e imágenes de las secuencias que corresponden al adulto son de colores pálidos (negro, blanco, beige), versus las del pequeño, donde se introducen el color rojo intenso y el amarillo, un contrapunto a través del cual el autor también nos sugiere cuál es la versión más rica de la realidad.
Una de las grandes virtudes de este álbum es que el tipo de línea, junto a la diagramación limpia, el uso sobrio de los colores, la utilización de tipografías sencillas y de tamaño discreto, configuran una verdadera “estética de la precariedad”, es decir, un estilo minimalista y simple, pero tremendamente efectivo. El uso creativo de las posibilidades expresivas de la imagen –y de la ausencia de ellas– hace que menos sea más: lo que es debilidad, se revierte y es transformado en fortaleza. Esta síntesis de recursos se pliega efectivamente en función del contenido, pues cada característica alude a la simpleza del juego del niño con su caja de cartón.
Destaca el ritmo de la historia, que logra crear con cada pregunta una tensión que genera expectativas y que se resuelve en la secuencia de páginas siguientes. Un relato fragmentario y acumulativo, en el que el receptor jugará forzosamente a identificarse o diferenciarse del protagonista mientras progresa en el texto.
Ganadora de la distinción del New York Times al mejor libro ilustrado, Portis nos regala una magnífica obra que es tanto una afirmación del mundo infantil como una crítica velada al mundo plano de los adultos.

Publicado en RHUV Nº18