Entre el juego y la experimentación: libros de artista para primeras edades

Libros que sorprenden, divierten, provocan curiosidad e interpelan al lector. Desde España, las especialistas Anna Juan y Cristina Correro analizan un conjunto de obras que estimulan los sentidos, apelan al imaginario y proponen nuevas formas para descubrir el mundo o reconocer el entorno más cercano.

Por Anna Juan Cantavella y Cristina Correro Iglesias
Profesoras del Departamento de Didáctica de la Literatura Infantil de la U. Autónoma de Barcelona

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Ilustración de Sole Poirot
www.solepoirot.jimdo.com

“El libro de artista no es un libro de arte.
El libro de artista no es un libro sobre arte.
El libro de artista es una obra de arte.” (1)
Guy Schraenen

A partir de finales del siglo XX, críticos y expertos en literatura infantil abrieron las puertas a nuevos géneros y tipologías de libros, incluyendo en sus recomendaciones y programas de formación y educación literaria, obras destinadas a niños y niñas en edades cada vez más tempranas. Los avances en otras disciplinas, que evidenciaban la capacidad interpretativa temprana de los más pequeños, llevaron al desarrollo de productos editoriales innovadores y de gran calidad estética, entre estos, los denominados “libros de artista”. Pero ¿qué son realmente los libros de artista? ¿Es que no todo libro que ofrezca una experiencia estética de calidad es un libro de artista? Los límites de la definición son líquidos.

Una posible respuesta nos la ofrece la asociación francesa Les Trois Ourses, creada en los ochenta con el objetivo de fomentar la educación artística de los más pequeños a través del objeto libro, siendo pionera en la divulgación de estos. A lo largo de estos treinta años, han difundido obras de artistas contemporáneos como Katsumi Komagata, Suzy Lee, Ianna Andréadis, Tana Hoban, Paul Cox, Iela y Enzo Mari, entre otros muchos, reconociendo la enorme influencia que el artista italiano Bruno Munari ejerció sobre todos ellos. También a Les Trois Ourses debemos la recuperación de obras de artistas soviéticos de las primeras décadas del siglo pasado, como Feodor Rojankovsky o Élisabeth Ivanovsky. (2)

Aunque su consolidación no ha sido fácil, y estos libros fueron calificados de ser poco literarios (Apseloff, 1987), el debate parece estar superado. De hecho, nos encontramos ante obras de gran belleza y calidad artística que enseñan a leer en este nuevo milenio, ampliando el sentido de lectura, más allá de la linealidad del texto escrito.

La influencia de Munari

Bruno Munari, nos recuerda que el escultor checo y autor de libros para niños Milos Cvach (2008, 41), “llamó a algunos de sus libros, ‘libros ilegibles’. Artista plástico, sabía muy bien que sus libros eran perfectamente legibles. Pero sabía también que para la inmensa mayoría de la gente, aquello que no tiene letras, no es legible. El lenguaje visual, el suyo, estaba (y sigue) ignorado en muchos sistemas educativos”.

En efecto, los libros de Munari (tanto los destinados a adultos como los dirigidos a niños), son de los primeros en explorar el valor narrativo y comunicativo del lenguaje visual. El juego de texturas, materiales, formas, tamaños o colores, que Munari empezó a elaborar a partir de los años cincuenta, se convierte en sus manos en una doble reflexión –artística y pedagógica– sobre posibles formas de narrar, más allá del paradigma letrado lineal. Un planteamiento que todavía hoy se constituye como base de las propuestas de los artistas que deciden crear libros para niños. Estos consideran al libro como un objeto para discurrir sobre aspectos tan abstractos y a la vez tan lúdicos como el espacio de la página, la direccionalidad de la lectura, la temporalidad, el color, las texturas o los elementos gráficos elementales, necesarios para componer cualquier dibujo (incluidas las letras).

Puede que I Prelibri (Corraini, 1980) –verdadera enciclopedia para bebés, compuesta de doce pequeños libros cuadrados de diversos materiales, diferentes encuadernaciones y sin más información textual que un título igual para todos: “Libro” –, sea su obra más emblemática en este sentido, aunque no la única. En sus casi 30 creaciones para niños, Munari se interesó en mostrar a los más pequeños el funcionamiento de los libros, aunando para ello elementos textuales, visuales y sensoriales, y enfatizando el valor que el juego, el descubrimiento y la experimentación tienen en todo proceso de aprendizaje.

Este tipo de libros ofrece, pues, a los más pequeños, una experiencia estética e interpretativa libre y bella que no podemos obviar. Este artículo sintetiza, en una deambulación peripatética desde los artistas más jóvenes a los ya consagrados y enterrados, algunas aportaciones que estas obras ofrecen a la educación literaria de los más pequeños.


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I Prelibri de Bruno Munari (Corraini Edizioni, 2011).

 

Autores y obras fundamentales

La artista coreana Suzy Lee, tanto en su Trilogía del límite, compuesta por las obras La ola, Espejo y Sombras (todas de Barbara Fiore Editora), como en una de sus obras más recientes, Open This Litlle Book (Chronicle Books, 2013), ha sabido recoger la huella de Munari. Especialmente en esta última, elaborada conjuntamente con Jesse Klausmeier, la composición, la paginación y otros de sus elementos nos recuerdan a La Favola delle favole del maestro italiano (Corraini, 1994). En la obra de Lee, el lector se verá involucrado en un juego de anticipaciones sobre lo que puede encontrar dentro de un libro. Una obra para que los más pequeños puedan explorar el arte del libro como objeto, las relaciones que tejemos con el pasado, la experimentación con los colores y otros elementos que ya proponía Munari en sus fábulas a completar por el lector.

 

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Apri questo piccolo libro de Jesse Klausmeier e ilustraciones de Suzy Lee (Corraini Edizione, 2013). En inglés Open This Little Book (Chronicle Books).

 

Antes de ella, el artista japonés Katsumi Komagata, uno de los primeros discípulos de Munari, crea la serie Little eyes (Kaisei-sha One Stroke, 1990). A raíz del nacimiento de su hija, compone diez libros que proponen un itinerario de progresión en la formación lectora visual y sensorial de los más pequeños. Una obra que tiene el juego como cómplice y punto de partida inicial, que incita a buscar y encontrar, reconocer y jugar con los colores, las formas y sus posibilidades, estimulando la imaginación, la creatividad y la curiosidad. Algo similar a lo que en la actualidad proponen Annette Tamarkin con su obra En el jardín (Océano, 2011), o Lucie Félix con ¿Dos Ojos? (Petra Ediciones, 2014).

 

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Serie Little Eyes de Katsumi Komagata (Kaisei-sha, 1990-1992).
Imágenes extraídas de www.lestroisourses.com

 

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En el jardín de Annette Tamarkin (Océano Travesía, 2011) y ¿2 ojos? de Lucie Félix (Petra Ediciones, 2014)

En esta misma línea trabaja la artista plástica Pascale Estellon. Sus Imagiers pour jouer para bebés (Éditions Les Grandes Personnes, 2008), en formato de acordeón para que los lactantes puedan manipularlos y observarlos de diferentes modos y perspectivas, proponen juegos con colores básicos y formas que componen objetos cotidianos, y piden una lectura táctil, no exenta de sorpresas. Una propuesta para que los más pequeños entren en contacto con el mundo de los libros de forma física. Algo con lo que ya experimentó ampliamente Květa Pacovská: “Mis libros –aseguraba la autora y artista checa– tienen que ser leídos con los cinco sentidos”.3 Solapas, troqueles, pestañas o piezas giratorias se articulan en un mundo de figuras geométricas simples y colores vivos y brillantes, para componer libros que se configuran como verdaderas experiencias de lectura sensorial, en los que la historia va apareciendo y transformándose como por arte de magia. Buen ejemplo de ello serían sus dos libros acordeón, de más de 11 metros de largo, concebidos como verdaderos museos en miniatura para bebés, Couleurs du jour (Éditions Les Grandes Personnes, 2006) y Un livre pour toi (Seuil, 2004).

 

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Coleurs du jour de Květa Pacovská (Éditions Les Grandes Personnes, 2006)

Ese divertimento formal con los colores, las formas y sus posibilidades, se torna más simbólico en las manos de la artista suiza Warja Lavater. En su Collection Imageries, compuesta por seis títulos en los que reescribe diferentes cuentos de hadas, el relato se elabora a través de un lenguaje visual abstracto, codificado en la primera página, para ayudar al lector a reconocer los elementos esenciales de la historia y poder así recomponerla. En forma de acordeón, los libros se transforman en una página de más de cuatro metros, en la que las diferentes acciones quedan completamente secuenciadas. Las palabras de Leo Lionni (2005, 155) sobre su obra Pequeño Azul y Pequeño Amarillo (Kalandraka, 2005), cobran aquí todo su sentido: “Las imágenes no tienen que ser dadas con detalle para ser leídas o identificadas, siempre y cuando la relación espacial, la posición y el contexto de sus figuras, complementen, expresen los significados de las palabras que las acompañan y de esta manera evoquen sentimientos reconocibles”. En este caso, no son necesarias las palabras, puesto que estas perduran en nuestras cabezas, como parte de un imaginario común, que incluso los más chicos son capaces de recordar.

Marion Bataille recorre casi el camino inverso al proponer en sus pop-ups una reflexión de cómo con tan solo la ayuda de figuras geométricas básicas (el círculo, el triángulo y el rectángulo), podemos jugar a componer las letras o los números. Las imágenes cobran sentido con el movimiento y la ingeniería del papel, instaurando la sorpresa como parte fundamental de la lectura.

Siguiendo esta línea, pero con un estilo más realista, encontramos una serie de libros que se hacen eco década tras década. El primero es el ganador del Premio Pitchou 2014 para los más pequeños, Le tout Petit de Anne Letuffe (Atelier du Poisson Soluble, 2013), un imaginario de fotografías y recortes que relaciona la naturaleza con el cuerpo de los niños y que nos recuerda a obras anteriores como Todo un mundo de Katy Couprie y Antonin Louchard (Anaya, 2003) o Bebés maravillosos de David Ellwand (Corimbo, 2013). Aunque probablemente los orígenes de todos ellos se los debamos a la fotógrafa estadounidense de la década de los sesenta Tana Hoban. Esta artista elaboró una serie de libros en blanco y negro y fotografías que revolucionaron la producción para los menores, aunque su traducción al español no haya sido aún realizada.

Nos gustaría terminar esta deambulación con el homenaje que Paul Cox (por petición de Marzia Corraini) hizo a Munari en la feria de Bolonia del año 2000 con Le livre le plus long (Les Trois Ourses, 2002). Un pequeño libro de 9×8,5 cms, de cuatro páginas que giran alrededor de una espiral. Sin cubiertas, la historia de cómo el sol nace y se pone puede alargarse hasta el infinito. Un homenaje con ecos a otro clásico de los libros de artista para niños: La manzana y la mariposa de Iela y Enzo Mari (Kalandraka, 2006), en el que los autores italianos reflexionaban, del mismo modo, sobre la historia sin fin del ciclo de la vida y sobre la temporalidad de las historias.

 

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Le livre le plus long de Paul Cox (Les Trois Ourses, 2002) y La manzana y la mariposa de Iela y Enzo Mari (Kalandraka, 2006)

 

Así pues, tratar de elaborar una definición de libro de artista para niños se antoja difícil. Puede que podamos aspirar a una definición parcial, a través de las características de los libros que hemos ido citando. Elisabeth Lortic (2003), una de las fundadoras de Les Trois Ourses y especialista del tema, asegura que “el libro de artista es una expresión estética que utiliza el libro como soporte de un trabajo artístico”. En este sentido podríamos decir que en este tipo de obras, cualquier detalle cuenta: desde el modo de fabricación hasta el formato o los materiales elegidos para elaborarlo. Con ellos, los artistas proponen reflexiones sobre el objeto libro, sobre cómo utilizarlo o sobre cómo este se vale de diferentes elementos para crear significado. Se trata de libros que normalmente sorprenden, divierten, provocan la curiosidad e interpelan al lector. Obras que más que contar historias lineales se centran en estimular los sentidos, apelar al imaginario y proponer formas para descubrir el mundo o reconocer el entorno más cercano.

 

(1) Traducción de las autoras.
(2) Obras editadas por Éditions MeMo en su Collection Pomme d’Api, bajo la coordinación de Les Trois Ourses.
(3)    Entrevista de Javier Sobrino a Květa Pacovská: http://sobrinojavier.blogspot.com.es/2013/05/kveta-pacovska-un-museo-al-alcance-de.html

 

Bibliografía:
Apseloff, M. (1987): “Books for babies: Learning toys or Pre-Literature?”, en Children’s Literature Association Quartely, Vol. 12, Nr. 2, p. 63-66.
Bonnafé, M. (2008): Los libros, eso es bueno para los bebés. Barcelona: Océano Travesía.
Cvach, M. (2008): “Le livre comme une oeuvre: anatomie d’un livre artistique”, en Quand les artistes créent pour les enfants des objets livres pour imaginer. París: Éditions Autrement.
Lionni, L (2005): “Antes de las imágenes”, en El libro-álbum, invención y evolución de un género para niños. Caracas: Banco del Libro.