Cristóbal Joannon. Mirar, leer, viajar, vivir

Por Cristóbal Joannon
Poeta, autor de Tabula rasa (2005) y Sumario (2011)
Profesor de Retórica U. de Chile y U. Adolfo Ibáñez

Joannon

En primero básico aprendí a leer y escribir cuando la profesora Isabelle de Trenqualye me enseñó. Recuerdo que no me costó nada. Su metodología era muy eficaz: a punta de sonrisas daba la impresión de que era muy fácil alfabetizarse, para decirlo de algún modo. Mi facilidad tal vez se debió además a lo siguiente: desde hacía al menos dos años yo quería escribir, imitando a una prima mayor que redactaba mensajes en esquelas de Sarah Kay (algunas eran para mí; tenía que pedirles a mis padres que las descifraran). Comencé garrapateando trazos sinuosos que desde lejos parecían letras; solo me salían bien las “A”, “V” y “W”. Hice progresos. En el diploma de egreso de kínder en lugar de hacer un dibujo anoté “RICO”. No sabía que era una palabra: era solo su emulación.

Aprender a leer para mí solo significó aprender a decodificar. Era un niño hiperquinético que llevaban semanalmente al neurólogo. Empezaba algo –daba lo mismo qué– y me aburría de ello en cosa de minutos. Con tal nivel de inquietud me era imposible leer más de veinte líneas seguidas. El primer libro que me regalaron, cuando cumplí 6 años, fue El pequeño Su de África de Lisa Tetzner. Nunca supe qué compañero de curso me lo regaló. Tenía unas ilustraciones que me cargaban; me parecían tristes e impersonales. Traté muchas veces, sin éxito, de sobrepasar la primera página.

Dadas así las cosas, opté por los libros con imágenes (en particular los de la Colección Altea Benjamín, que sacaba del colegio) y las revistas de Walt Disney. Las coleccionaba. Me gustaban especialmente dos personajes: Rico MacPato y Giro Sintornillos (le llamé durante años Sintorrillos). Del millonario me interesaban sus piqueros en piscinas con monedas de oro; del científico loco, su aspecto físico, en particular sus anteojos.

Un domingo cualquiera mi abuelo materno me regaló un atlas del National Geographic (pesado, tapa dura entelada, enorme a mis ojos). Mirando sus mapas era capaz de estar tranquilo. Me imaginaba, por ejemplo, cómo sería vivir en un pequeño poblado al norte del golfo de Finlandia, en una isla remota del río Amarillo, en el borde del estrecho de Bering.

Afortunadamente, la hiperquinesia amainó. Debo haber estado en tercero básico. El primer libro que leí entero fue La isla misteriosa, en una edición escolar resumida. Recuerdo que viví todo lo que ahí se contaba. Lloré cuando terminé de leerlo: ya no volvería a ver a mis nuevos amigos, con quienes compartí cuevas y trabajos. Supuse, quizás con razón, que ese mundo era irrecuperable para mí; de ahí que nunca haya intentado una relectura.

Para mí la lectura tenía que ver con hallazgos personales; en tal sentido, los libros que debía leer por instrucción de mis profesoras me parecían básicamente una tarea. Así, en la biblioteca de mi colegio buscaba en los anaqueles libros que nadie sacaba (se sabía por sus tarjetas de préstamo), y me ponía a leerlos. De repente me encontraba en Londres tomando té con una dama encopetada, o en Rusia partiendo leña para calentar la cabaña donde mis cuatro hijos me esperaban porque la nieve había detenido el tiempo al caer durante semanas.

Los libros los elegía por sus títulos, el nombre de sus autores (por cómo me sonaban) y las imágenes de sus portadas. Evitaba a toda costa leer sus solapas y contratapas, pues podían condicionar mi lectura al darme señas de qué se trataban. El método era leer desde cero, irse internando a un territorio desconocido como quien avanza con una linterna por un pasadizo secreto. Siempre los terminaba. Una vez le dije a un amigo, siendo todavía niño, que nunca había leído un libro malo. Claro, no había querido ahorrarme ninguna de esas vidas paralelas.