¿Y dónde aprendiste eso?

Columna de Gonzalo Martínez
Dibujante de cómics

Hace poco, en el marco de un seminario de incentivo lector, le preguntaron a Rodrigo Salinas, dibujante y comediante de cine y televisión, cómo había aprendido ciertos datos relativos a la historia de Chile. “En Mampato”, contestó, “toda mi generación sabe lo que sabe porque lo leyó en Mampato.

El escritor Francisco Ortega dice que de niño encontraba que la historia de Chile era muy pobre y sin gracia, pero que al leer Mampato en La Reconquista cayó en cuenta que el cruce de los Andes podía tener la misma épica, o más, que el cruce de los Alpes por Aníbal, el conquistador cartaginés, y que el amor que tiene por la historia de Chile lo descubrió y se lo debe a la revista.

Ambos se refieren no solo a las aventuras de Mampato, Ogú y Rena que todos conocemos a través de las historietas de Themo Lobos, que se siguen publicando en forma regular en nuestro país a más de 40 años de su creación, sino también a la revista Mampato. El magazine semanal infantil y juvenil dirigido por Eduardo Armstrong albergaba, aparte de las aventuras del colorín y su amigo cavernícola, una multitud de historietas de una calidad extraordinaria para la época y una gran cantidad de sesudos artículos muy bien escritos relativos a la ciencia, el arte, la tecnología, la historia y un sinfín de temas culturales. Alta cultura y cultura popular cohabitando.

¿Qué hace que una revista y una historieta hayan quedado ancladas tan fuertemente en toda una generación (o un par de generaciones, quizás)? No estoy seguro, pero puedo aventurar algunas conjeturas.

El editor, los redactores y el mismo Themo Lobos trataban a los niños como iguales, intelectualmente hablando, y nunca, nunca trataron de usar un lenguaje “juvenil”. Eran exigentes con el material que publicaban; nada de licuarles los contenidos a los niños porque son niños y no entienden. Todo lo contrario. Al día de hoy, a mis 50 años, leo esos artículos y esas historietas y aprendo, me impresiono, me emociono y me entretengo. No porque sean “entretenidas”, sino porque son interesantes. Profundamente interesantes.

No intentaban “enseñar”; lo que hacían era transmitir, comunicar. No sé si queda clara esa diferencia. Themo Lobos y el resto de la gente que publicaba en la revista hablaban de lo que sabían (resulta que eran notablemente cultos, y no necesariamente de una manera enciclopédica) y hablaban de lo que les apasionaba. Eso se nota.

Finalmente, debo mencionar ese ingrediente tan difícil de definir, tan difícil de capturar y de embotellar: la calidad. Calidad en los textos, calidad en la selección de las novelas por capítulos e historietas a publicar, calidad en los temas a tratar. Calidad en la diagramación y en las traducciones. Nunca sacrificar la excelencia por el afán de ser más popular. Si Mampato de Themo Lobos se publica sin alterar hasta el día de hoy, es debido a esa calidad.

Muchas veces los adultos que crean contenidos “para niños” caen en la condescendencia: esperan que ellos “aprendan” y trabajan en base a esa expectativa. Como niño me siento ofendido y menospreciado. Como niño, quiero que compartan conmigo, no que me “enseñen”.

Themo Lobos compartía su mundo interior con nosotros, sin importar la edad que tuviéramos. Sus personajes eran facetas de él, no constructos diseñados para transmitir conocimientos y valores. La revista Mampato y Eduardo Armstrong, su creador, pertenecen a esa misma categoría de héroes culturales. Sus creaciones eran una manera de hablar de ellos, de compartir.

De compartir, no de enseñar.

La infancia no es un período acotado de nuestra vida, es parte de nuestro proceso vital. Me pregunto si no será un error hacer literatura para niños en vez de hacer, simplemente, literatura para personas. Mampato es un buen ejemplo.