Literatura infantil chilena y dictadura: ¿un silencio elocuente?

En el contexto de unas Jornadas de Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile dedicadas a las narrativas de infancia en el Cono Sur, María José González revisa y analiza publicaciones infantiles que abordan desde distintas perspectivas la historia reciente de Chile.

Por María José González C.*
Directora Revista HUV

* Extracto de la ponencia presentada por María José González C. en las Jornadas de Estética de la PUC. En el país de Nunca Jamás: Narrativas de infancia en el Cono Sur. Santiago de Chile, 2 y 3 de octubre de 2013.

Gonzalez-1

Ilustración de Gabriela Valdés     
http://gabicoco.blogspot.com

“El objetivo de estas líneas no es acusar a nadie, no es acusar ni juzgar a quienes día a día se esfuerzan por dar a los niños de Chile mejores libros, mejores bibliotecas, mejores formas de acceso a la cultura. El objetivo de estas líneas es llamarnos la atención sobre el silencio que estamos teniendo en este momento, sobre el absurdo lugar en el que nos estamos refugiando para no hablar del golpe”, reza un fragmento de la carta abierta a la comunidad LIJ chilena publicada el 7 de septiembre de 2013 en Facebook por Gata Gorda Ediciones y otras personas vinculadas a la literatura infantil y juvenil.

La carta, dirigida a profesores, bibliotecarios, editores, autores, ilustradores, libreros y mediadores, fue escrita y difundida desde una pequeña editorial independiente y emergente con la convicción de que reina en el reducido mundillo de los libros y la literatura infantil y juvenil chilena un silencio profundo y premeditado sobre el 11 de septiembre de 1973 y sus consecuencias en nuestra sociedad.

¿Acaso sus autores, al momento de escribirla, no sabían que otras voces se están escuchando en la misma dirección? Grande fue su sorpresa cuando obtuvieron no solo respuesta y adhesión, sino también información actualizada y voluntad de colaboración entre sus miembros. Porque hasta esta conmemoración número 40, el golpe militar de 1973 y la dictadura eran asuntos absolutamente eludidos en los libros para niños (excepto por la versión ilustrada del cuento La composición de Skármeta).

Es decidor de esta ausencia que el corpus de publicaciones para niños hasta 12 años aproximadamente se limite a 6 ejemplos**, todos publicados por editoriales independientes a 10 años del retorno a la democracia y al menos a 30 años del golpe de Estado. Me refiero a La composición de Antonio Skármeta con ilustraciones de Alfonso Ruano (Ekaré, 2000), Presidentes de Chile. ¿Cómo se llamaba? de Paola Irazábal con la colaboración de Claudio Rolle (Confín Ediciones, 2010), y la Colección Hablemos de… de Ocho Libros Editores con 4 experimentos académicos titulados El Tío Octavio (2011), Clandestinos (2011), Chocolate (2013) y Canto para mañana (2013).

Transmitir la historia contemporánea de Chile

La intensidad y expresividad de la conmemoración de los 40 años del golpe ha dejado en evidencia la ausencia de unidad y de consenso en relación con la verdad, la justicia, la reparación o el perdón.
En ese contexto de ebullición, resulta difícil enseñar la historia reciente de Chile y es necesario encontrar fórmulas didácticas que permitan entregar contenidos curriculares sin entrar en polémicas.

El libro informativo Presidentes de Chile. ¿Cómo se llamaba? es un intento por dar a conocer la historia republicana de nuestro país “siguiendo la implacable ley de la cronología” de una manera “entretenida”, de acuerdo a la contraportada del libro.

De esta manera, revisa cada uno de los presidentes desde 1810 hasta 2010 como un largo e inquebrantable continuo institucional de la democracia chilena. Al momento de llegar a las décadas de 1970 a 1990 confronta dos páginas: una destinada a Salvador Allende donde se ilustran sus lentes como rasgo característico principal. La página opuesta, dedicada a Augusto Pinochet, muestra la Carretera Austral como una síntesis de sus 17 años de gobierno.

¿Oponer la imagen de un accesorio personal a la construcción de un megaproyecto de integración nacional no es acaso distorsionar la apreciación histórica de los niños, entregándoles representaciones condicionadas de la realidad?

No atribuimos a esa decisión editorial una intención ideológica denigrante hacia la Unidad Popular, pero sin duda este ejemplo es significativo de la falta de distancia temporal y experiencial para ver la historia desde varias perspectivas y con sus distintos matices. Son muchos los vacíos de los adultos de primera, segunda y tercera generación que esperan desde hace 40 años para ser llenados por testimonios, pruebas y cuerpos ausentes como para enfrentarse a ellos, exponerlos y transferirlos a las nuevas generaciones para que construyan su propio imaginario histórico nacional.

¿Sobreproteger o subestimar a nuestros niños?

Frente a la incertidumbre que experimentan los propios adultos, hay personas e instituciones que intentan dar a conocer las cruentas vivencias del miedo, la inclusión, la desinformación, la delación premeditada o involuntaria, la desaparición de personas o el asesinato de seres queridos desde la perspectiva de los niños. Ese es uno de los propósitos de la Colección Hablemos de… escrita e ilustrada a partir de relatos testimoniales del entorno de alumnos de un taller de diseño de una universidad privada.

Los 4 libros fueron seleccionados de un total de 20 trabajos universitarios por la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, quien determinó los criterios curatoriales y editoriales y exigió la creación de fichas de trabajo. Estas se deben realizar desde los 8 años y “se recomienda el acompañamiento de un adulto responsable”.

Sin embargo, al revisar los libros, es posible constatar que las obras no se bastan a sí mismas y requieren mediación de los adultos para acceder a la lectura textual y visual. Los paratextos direccionan la lectura con interpretaciones del texto interior.

Los textos escritos evitan expresar concretamente los conceptos de muerte (reemplazado por “se durmió profundamente sobre un colchón de flores”), suicidio (expresado como “fueron a dormirse antes de tiempo” con la imagen de Salvador Allende dormido), toque de queda (se explica porque “las llaves se escondían de las cerraduras todas las noches” con un collage en que aparecen llaves voladoras y soldados armados en la calle) o la delación (como “una misión que permitía hacer travesuras”).

La relación entre el texto y las ilustraciones es de extrema tensión: las imágenes tienden a ser elocuentes y explícitas, mientras que los textos suelen ser evasivos. En este punto, cabe preguntarse si estos libros están destinados a los niños o sirven más bien para ayudar a las víctimas adultas a sanar sus heridas.

¿Se enfrentan los horrores de la dictadura desde la ficción para generar distancia y resguardar a los niños de una realidad histórica ineludible pero dolorosa? ¿O los adultos estiman que los niños, al no haber tenido la experiencia vívida del autoritarismo, no son capaces de empatizar con el miedo, el dolor, la impotencia, la rabia o el odio?

Varias son las preguntas que podríamos hacer en esta línea y que nos permitirían reflexionar sobre el diálogo que se establece o debiera establecerse entre los protagonistas y los herederos de un patrimonio histórico que no está claramente delimitado y que a menudo no se quiere recibir.

El ingenio de la niñez

En 1981, circuló por primera vez entre los exiliados chilenos en Venezuela el cuento La composición escrito a su vez por un exiliado chileno en Berlín (Antonio Skármeta) y publicado por un diario venezolano. Su inspiración, provocada por el escándalo que lo embargaba, eran los decretos firmados por Augusto Pinochet que instaban a los profesores, a los directores de escuelas y liceos y a los padres a averiguar las tendencias políticas de alumnos y familias y a denunciarlos.

Desde ese momento, las editoras de Ekaré, una editorial independiente fundada en Venezuela en 1978 por una exiliada chilena y una exiliada guatemalteca, se propusieron hacer un libro ilustrado en la Colección Así vivimos que, según las editoras, “intenta contar historias de niños enfrentados a asuntos que habitualmente se encuentran en el coto cerrado de los adultos”.

Fue un trabajo editorial que duró 20 años y cuyo principal obstáculo para concretarse fue lograr una relación sinérgica entre texto e ilustración. Dos ilustradores chilenos exiliados (Peli y Carlos Cotte) dejaron el trabajo a medio camino: no se sintieron capaces de ilustrar un cuento que los afectaba como actores. Finalmente, el libro pudo publicarse en el año 2000 con las ilustraciones realistas de Alfonso Ruano, prestigioso ilustrador español que contaba con la suficiente distancia de la realidad chilena pero la necesaria cercanía a la experiencia personal de la dictadura de Franco, para hacerse cargo de establecer un diálogo con el texto de Skármeta.

Tanto el autor como las editoras conciben a Pedro Malbrán, el protagonista, como un niño inteligente, lúcido y creativo. A pesar de la desinformación en que los adultos tratan de mantenerlo, Pedro logra establecer relaciones de consecuencia a partir de las escenas cotidianas que ve (los militares llevándose al almacenero, sus padres escuchando radio a escondidas, un militar en la escuela pidiéndoles una composición sobre “lo que hace la familia en las noches”) y salva a sus propios padres, gracias a una mentira piadosa en torno al ajedrez.
Para las editoras, “se trataba de la historia de un niño lúcido que logra ver bajo el velo de lo aparente. Pedro Malbrán percibe que la muralla divisoria entre el mundo de los adultos y el de los niños no existe; es una barrera que los grandes intentan mantener en pie a todo riesgo, una ficción de los adultos para su propia tranquilidad.”

Nos preguntamos si la alta valoración de las capacidades del niño y la voluntad de mostrar el horror de la dictadura inserto en una cotidianeidad desprovista de efectismo y espectacularidad no son elementos esenciales para que este libro sea el único realmente literario de este corpus presentado.

Para terminar esta breve reflexión, y por obvio que pueda parecer en una jornada de estética, quizá es necesario recordarnos y recordar al medio donde se escriben, se ilustran, se producen y se mueven los libros para niños y jóvenes en Chile, que la literatura necesita gratuidad y clama autonomía para ser una verdadera obra de arte. La Literatura con L mayúscula tiene poderes sanadores siempre y cuando no le sean impuestos por una sociedad herida que teme tocar su llaga, y que sin tocarla, no podrá limpiarla ni menos curarla.

** Después de octubre de 2013, editoriales como SM (La bicicleta mágica de Sergio Krumm de Marcelo Guajardo) o Grafito (Niños de María José Ferrada con ilustraciones de Jorge Quien) han publicado libros que abordan directa o indirectamente la dictadura en Chile. Otras como Ocho Libros y Pehuén están en proceso de edición de obras que enfrentan temáticas similares.