La historia sin fin

Desde Papelucho viviendo como hijo de un cacique a una novela gráfica en la que Arturo Prat es vencedor, pasando por las aventuras de Ogú y Mampato en Isla de Pascua, una versión en imágenes de la popular novela Adiós al Séptimo de Línea, un cómic sobre Manuel Rodríguez y una biografía de Lautaro ilustrada en pleno Bicentenario… la historia de Chile no ha dejado de estar presente en las estanterías de los niños y jóvenes.

Por Claudio Aguilera
Periodista y socio fundador de PLOP! Galería

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Ilustración de Manuela Montero  
http://manuelamontero.cl

“A mí me cuesta tanto estudiar, que para poder aprender he tenido que escribirme yo mismo la Historia de Chile. Y ahora sí que la sé de veras y no se me va a olvidar”, decía en 1955 el locuaz y siempre certero protagonista de Papelucho historiador, escrito por Marcela Paz.

Sus palabras son significativas y representan tal vez uno de los momentos de mayor presencia de la historia y la identidad nacional dentro de las estanterías escolares. Si bien, tal como nos recuerda el investigador Manuel Peña Muñoz, desde finales del siglo XIX se manifiesta un creciente interés por las narraciones orales y las leyendas de los pueblos originarios, es a partir de la década de los 30 que se despliega con fuerza un abanico de títulos orientados a acercar los grandes acontecimientos patrios y la singularidad de las leyendas locales a los pequeños lectores.

Son los años de publicaciones que invitan a disfrutar el aroma del campo chileno y las noches en torno al brasero, como Cuentos de mi tío Ventura (1930) de Ernesto Montenegro o Cuentos para Marisol (1938) de Marta Brunet; a vivir las épicas batallas de la Conquista en Lautaro, joven libertador de Arauco (1943) de Fernando Alegría; a experimentar una travesía por los mares de Chile en El último grumete de la Baquedano (1941) de Francisco Coloane, o a lanzarse tras los tesoros de la Ciudad de los Césares, lugar utópico hasta donde llegaron las plumas de Manuel Rojas (1936), Luis Enrique Délano (1939) y Hugo Silva (1948).

No es de extrañar que títulos como estos confluyan en una época marcada por una revalorización de lo chileno, que a nivel económico tiene un paralelo en un “desarrollo hacia adentro” y, en lo político, en el fortalecimiento de la clase media, para la que la educación de los más jóvenes se vuelve una prioridad del Estado.

Este discurso está particularmente arraigado en dos revistas de inicios de los 40. Por un lado, El colegial, dirigida por una figura importante y polémica dentro de la divulgación de la historia: el periodista, dibujante y funcionario del Museo Histórico Nacional Walterio Millar, autor de Historia de Chile Ilustrada. Y, por otra parte, su competencia directa, El cabrito, que inició su circulación en octubre de 1941 con todo el brío que le daba ser parte de Zig-Zag, uno de los conglomerados editoriales más importantes de Chile.

Bajo la conducción de Elvira Santa Cruz, Roxane, la misma que condujo hacia el éxito a El Peneca, la revista se orientó hacia los contenidos locales, diferenciándose del habitual gusto por los cuentos universales y las historietas extranjeras. “Era necesaria una revista netamente chilena que ensanchara los conocimientos artísticos, históricos y geográficos del niño”, señalaba en su primera editorial.

Desde entonces, cada miércoles, los lectores pudieron encontrar junto al trabajo de ilustradores como Fidelicio Atria, los hermanos Lautaro y Aníbal Alvial, y posteriormente Alfredo Adduard, biografías de personajes históricos, una colección de mapas de Chile a cargo de la artista Laura Rodig, fichas sobre flora y fauna, y un cómic de largo aliento que recorrió la historia del país desde su descubrimiento. También adaptaciones de novelas con fuerte componente nacional, como Pacha Pulai, El último grumete de la Baquedano y Cuatro remos –las aventuras de un perro en el Chile de antaño–, ilustradas por el propio Millar.

Tras el componente pedagógico de la revista subyace también un decidido compromiso con el desarrollo del país, discurso cercano al encarnado por el presidente Pedro Aguirre Cerda. “Tú, si quieres hacer grande a tu patria”, decía la revista en su segundo número, “debes hacerte grande a ti mismo, estudiando, perseverando y conduciendo bien tu ambición por un camino de progreso, estudio y trabajo”.

Pero la idea de patria y de historia promovida por Elvira Santa Cruz está lejos de todo chovinismo. Escritora y periodista, promotora de los derechos del niño, de la equidad social y de las reivindicaciones de la mujer, la directora de la publicación presentó a héroes ciudadanos como Inés de Bazán, María Cornelia Olivares, Javiera Carrera y Lorenzo Sazié, y puso de relieve el arrojo de los guerreros mapuches.

Un ejemplo es la serie Cómo Chile llegó a ser una gran nación, donde, a pesar de su perspectiva inequívocamente española, se realza la bravura y estrategia de los pueblos originarios y se critica la violencia de los conquistadores “en una época cuando aún la civilización no había desterrado del hombre la crueldad”, según comenta el narrador.

Papelucho y Mampato trepan por Chile

Quince años después esa impronta se vuelve a manifestar en la obra de Marcela Paz, una autora que compartía la sensibilidad social de Roxane. No obstante su portada de cargado simbolismo republicano, Papelucho historiador es en su mayor parte un alegato a favor de los primeros habitantes de Chile. A lo largo de sus páginas, el protagonista se presenta a sí mismo como el hijo de un cacique y se enoja al constatar que no existen avenidas ni micros con el nombre de Galvarino o Lautaro, mientras que sí las hay en honor a Pedro de Valdivia. Más aún, propone, con una convicción que escandalizaría a cierto historiador de nuestros días, que el 12 de octubre sea un día consagrado a la identidad indígena, porque “para los indios de América fue un día completamente fatal. Yo creo que es terrible ser descubierto. Si no hubiera llegado Colón, los indios serían completamente felices, con flechas, plumas y todo”.

Aunque su discurso no parece haber tenido gran eco entre sus contemporáneos, el pelitieso niño no estaba solo en su interés por la historia. El año 1955 es particularmente fecundo en la materia. Poco antes de la publicación de Papelucho historiador, en 1954, Leopoldo Castedo presentaba, con la colaboración del diseñador Mauricio Amster, Resumen de la historia de Chile de Encina. Si bien no se trató de una obra pensada para el lector juvenil, su abundante iconografía y esmerado diseño hablan de una intención de llegar a nuevos públicos.

Aprovechando el impulso generado por los volúmenes de Encina y Castedo, Zig-Zag publica una nueva edición la Historia de Chile Ilustrada de Walterio Millar, obra profusamente difundida desde entonces, pero igualmente criticada por su parcialidad y falta de rigor. Sin embargo, la gran estrella es Adiós al Séptimo de Línea de Jorge Inostrosa, que editó también en 1955. Nacida como un radioteatro, la novelesca saga sobre la Guerra del Pacífico cautivó a miles de lectores. Ante tal éxito, la versión ilustrada no se hizo esperar. En 1958, los trazos contundentes y épicos del dibujante Isidro Arteaga, quien ya tenía amplia experiencia en historietas policiales e históricas, atraparon semana a semana la imaginación de los lectores del diario La Unión de Valparaíso. La obra completa fue publicada en cinco tomos entre 1960 y 1962.

La historieta, que por entonces pasaba por uno de sus mejores momentos, fue durante la década de los 60 un espacio propicio para contar el pasado a las nuevas generaciones. Un ejemplo notable es la revista Forjadores de la Historia de Chile (1965), que congregó a ilustradores y escritores de primer nivel. Por otra parte, el nacimiento del suplemento escolar Icarito y el desarrollo de un activo mercado de álbumes y láminas coleccionables, muchas de ellas dedicadas a la historia y la flora y fauna nacional, mantenían viva la iconografía histórica.

Un momento fundamental lo marcó la publicación, en 1968, de la revista Mampato, que retomó el impulso de las antiguas publicaciones de la época de El Peneca, añadiendo una dosis de actualidad y cultura popular y conjugando contenidos educativos con juegos, novelas ilustradas, humor, historietas de aventuras y notas sobre estrellas de la música y el cine.

Si bien la historia patria no estaba en el centro de la publicación, ya desde el primer número se incluyen fichas coleccionables de personajes históricos, con dibujos probablemente realizados por el notable dibujante, y director de la revista, Eduardo Armstrong, y textos que bien se pueden deber a la pluma de la escritora Isabel Allende, por entonces redactora de la publicación. Cada una de ellas añade una mirada sobre el pasado. Mientras que en la vida de Pedro de Valdivia “se simboliza un solo fin: engendrar un pueblo nuevo”, García Hurtado de Mendoza será recordado por su “despotismo”, Lautaro por “su inteligencia” y Caupolicán por ser un “mocetón forzudo y valiente, aunque no tan inteligente como Lautaro”.

En su segundo número, Mampato incluía un reportaje gráfico comparando el presente y el pasado de distintos lugares de Santiago bajo un sugerente título: “Todo tiempo pasado… ¿fue mejor?”. Y en el sexto, se ofrece el inicio de una historieta sobre Manuel Rodríguez y un perfil de Gabriela Mistral. Con el tiempo se irán sumando las aventuras de Ogú y Mampato en Isla de Pascua y la bien lograda serie Páginas Brillantes de la Historia, con guiones y dibujos de Luis Ruiz Tagle, que duraría cuatro años. De esta forma, Mampato cumplía su objetivo de ser una revista “totalmente adaptada a nuestros tiempos: que nos entretuviera, nos enseñara y nos ayudara en los problemas del colegio con la participación de todos”.

A contar de los años 70, el signo de la historia estará fuertemente engarzado con el devenir político del país. Así, durante el gobierno de Salvador Allende la revista infantil Cabrochico pondrá el acento en narraciones donde los protagonistas son niños que se organizan y enfrentan colectivamente los peligros. Las leyendas tendrán un trasfondo social: entre los héroes de historieta destacarán El Manque, un obrero agrícola que recorre el país ayudando a los indefensos, dibujado por el gran Mario Igor, y Manuel Rodríguez, protagonista de la revista Guerrillero.

Bajo la dictadura, todo será completamente distinto. El culto a las Fuerzas Armadas, a las batallas y a los héroes militares, el gusto por los desfiles, los actos conmemorativos, las efemérides y los símbolos patrios, marcarán el imaginario histórico de la época.

Redibujar el pasado

Habrá que esperar hasta el nuevo siglo para que nuevas miradas sobre la historia de Chile surjan en la literatura infantil y juvenil. Como respuesta a la globalización y a la necesidad de generar contenidos con identidad local, e impulsadas por la demanda de las crecientes bibliotecas escolares y la cada vez más activa red de bibliotecas públicas, editoriales como Amanuta, Sol y Luna, y posteriormente Letra Capital, comenzaron a publicar libros centrados en las tradiciones y leyendas de los pueblos originarios, biografías de personajes destacados y temáticas ligadas al patrimonio cultural chileno.

Esta tendencia, que además se beneficia del surgimiento de una nueva generación de ilustradores nacionales, seguirá ganando fuerza a medida que se aproxima el Bicentenario y que la revisión del pasado se vuelve parte central de la conmemoración. De esta manera, mientras Amanuta publica títulos como Las hazañas de Almagro, La niña Violeta y El insólito viaje de Jemmy Button, por nombrar algunos, Isidro Arteaga vuelve a las librerías con la Colección Martín en la historia. La ilustradora Cristina Arancibia pone en colores las vidas de Lautaro, Bernardo O´Higgins, Pedro de Valdivia y Manuel Rodríguez para editorial Santillana, y el diario Las últimas noticias lanza Historia de Chile en Cómic, con guiones de Francisco Ortega, quien más tarde hará una original relectura de la Guerra del Pacífico en la novela gráfica 1899.

Es el fin de un ciclo que, como suele suceder en la historia, tarde o temprano volverá a iniciarse.

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