El cometa vagabundo, Mark Twain

Uno de los escritores más importantes de la historia literaria moderna nació y murió en sincronía con la ida y vuelta de un famoso astro por la Tierra, pero hasta hoy brillan sus emblemáticos personajes: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Este 2014, las aventuras de Huck, consideradas la obra maestra del escritor, cumplen 130 años desde su publicación.

Por Adolfo Córdova (México)
Periodista, narrador y promotor de la lectura
www.linternasybosques.com

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Ilustraciones de Guillermo Bonilla     
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–¡Sam!
Silencio.
–¡Sam!
Silencio.
–¡Dónde andará metido ese chico…! ¡Sam!

Sam podría estar con su amigo Tom, buscando huevos de tortuga en islas arenosas, tras la pista de algún tesoro dentro de una cueva o intercambiando dos trozos de vidrios de colores por una rana muerta.

Si imaginamos la infancia de Mark Twain, hay que pensar en otros nombres: Sam, Tom y Huck. Sam, por Samuel Langhorne Clemens, el nombre de nacimiento de Twain, el nombre con el que lo llamaba su madre cuando debía alistarse para ir a la iglesia o regresar a casa luego de un día pescando en el Misisipi; Tom, por su amigo Tom Blankenship, el vagabundo y marginado del pueblo que el escritor inmortalizaría de dos formas en sus obras: dando su nombre al célebre Tom Sawyer y su personalidad a Huckleberry Finn.

Sam, Tom y Huck, los verdaderos y los que habitan las páginas de los libros de Twain, son todos parte de él.

Retomando las palabras con que Huckleberry Finn inicia sus aventuras, podríamos decir: “Tú no sabes nada de Mark Twain si no has leído un libro llamado Las aventuras de Tom Sawyer…”. El propio escritor, en el prefacio de esa obra, señala: “La mayor parte de las aventuras relatadas en este libro son cosas que han sucedido: algunas me ocurrieron a mí; el resto a muchachos que fueron mis compañeros de escuela. Huck Finn está tomado del natural; Tom Sawyer, también, pero no de una sola persona: es una combinación de los rasgos de tres muchachos conocidos míos…”.

Valga entonces iniciar esta semblanza con una recomendación: si se quiere conocer la infancia de Twain, el paisaje de juncales, bancos arenosos, bosquecillos y cementerios, y sus travesuras en la escuela y en las calles polvorientas de Hannibal, basta abrir las páginas de sus dos obras más leídas, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, ambas modelo del relato de aventuras y paradigmas de la literatura infantil y juvenil.

La llegada del cometa

Los padres de Twain, John Marshall Clemens, abogado y tendero, y su mujer, Jane Lapton, venían de familias terratenientes que poseían un buen número de esclavos e incluso cierta ascendencia aristócrata en Inglaterra.

De poco les sirvió. Fueron de la esperanza de un futuro próspero a la bancarrota. Cuando el escritor tenía 11 años, ya no eran muchos los muebles que podían darle al sheriff para que los embargara. Se habían ido deshaciendo del piano, la cubertería, el servicio de té…

Después de varios negocios fallidos, y con un sueldo de abogado rural que no les alcanzaba, el padre de Twain decidió que debían mudarse a Missouri, a un caserío y cruce de caminos llamado Florida. Ahí, el 30 de noviembre de 1835, nació Mark Twain, el sexto de siete hijos. Sus padres lo llamaron Samuel, como su abuelo paterno. Esa noche brillaba en el cielo el cometa Halley.

Twain tenía voz de profeta. En 1909 había bromeado: “Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: ‘Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir’. ¡Ah! Lo espero con impaciencia”.

Y así fue: murió de un paro cardiaco el 21 de abril de 1910, listo para subirse al cometa que orbitó la Tierra al día siguiente.
Pero otra premonición lo persiguió antes y lo hizo sentir culpa siempre. En la época en que era piloto de barco de vapor, Samuel convenció a su hermano Henry de que trabajaran juntos. En junio de 1858, cuando tenía 20 años, Henry murió en la explosión del vapor Pennsylvania. Twain había soñado esa muerte un mes antes.

Algunos años después del nacimiento de Sam, en 1839, la familia se trasladó a la ciudad de Hannibal para seguir probando suerte. El padre ahí trató de criar mulas, comprar y vender propiedades e incluso iniciar una industria de gusanos de seda. Nada funcionó.

La mala suerte para los negocios también marcaría a su hijo. El escritor fracasó como minero, buscador de oro, especulador, editor e inversionista en nuevas tecnologías (de hecho, patentó tres inventos: una mejora de correas ajustables y desmontables para la ropa, para sustituir a los tirantes; un juego sobre anécdotas históricas; y un libro de fotos autoadhesivas que tenía un pegamento seco en las páginas y solo se tenía que humedecer un poco antes de usarlo).

Ninguno funcionó como imaginaba y cayó en la ruina. Pero gracias a su amigo Henry H. Rogers, importante empresario, pudo recuperarse económicamente. Rogers organizó sus finanzas y lo hizo publicar más libros y dar muchas conferencias. El humor, las ocurrencias y la presencia de Twain eran más que conocidas y llegó a convertirse en una verdadera celebridad. Convocaba multitudes.

El llamado del río

Desde muy pequeño Sam mostró una fascinación especial por el agua. Apenas aprendió a caminar empezó a escabullirse de su casa para correr hasta la orilla del río. Más de una vez algún vecino lo sacó medio ahogado cuando ya pataleaba y daba brazadas desesperadas. Pero estas experiencias no lo alejaron de las aguas. Al contrario, tanto amó al Misisipi que durante un viaje río abajo a Nueva Orleans en un barco de vapor decidió volverse piloto. En 1859, cuando tenía 24 años y luego de dos años de estudiar meticulosamente el cambiante río, obtuvo la licencia. No navegó mucho tiempo porque en 1861 estalló la Guerra de Secesión y se restringió el tránsito por el Misisipi. Más tarde recordaría esa época como la más feliz de su vida. Su seudónimo es una expresión que utilizaban los esclavos negros en los barcos cuando decían “Marca dos”, al referirse al calado mínimo para una navegación segura, que es de dos brazas.

El río y Hannibal, además, son los principales escenarios de muchos de sus textos y de los más trascendentes, pero verdaderamente fue un milagro que Sam sobreviviera a sus primeros años. No solo por sus excursiones al agua, sino porque tres de sus hermanos murieron antes de cumplir los 10 años por las condiciones precarias en las que vivían. El propio Twain había sido un niño sietemesino y enfermizo que luego diría que vivió gracias al aceite de hígado de bacalao que le daba su madre.

Cuando Sam tenía 11 años, su padre murió de neumonía. Él dejó los estudios, solo llegó hasta quinto grado, y empezó a trabajar como aprendiz de impresor en un periódico local. Llegó a ser tipógrafo y empezó a escribir algunos relatos breves de viajes en un diario del que se había hecho propietario su hermano mayor y amigo, Orion. Y así despegó: escribiendo, viajando y reporteando para distintos diarios.

El 3 de febrero de 1863 firma por primera vez como Mark Twain en un pequeño periódico de la ciudad de Virginia, en Nevada. Se trataba de una nota humorística sobre un viaje. Pero fue La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (una simpática historia sobre un apostador) la que el 18 de noviembre de 1865 fue saltando de periódico en periódico y atrajo las miradas a nivel nacional.

Se enamoró de Olivia cuando la vio en una foto. La conoció en diciembre de 1867 e iniciaron un noviazgo, sobre todo por carta. Olivia rechazó su primera propuesta de matrimonio, pero Samuel insistió y en febrero de 1870 contrajeron matrimonio.

Desde entonces y hasta 1880, Twain pasó los veranos con su familia en la granja de una hermana de Olivia, Susan, quien mandó a construir un estudio en forma octagonal para que su cuñado tuviera dónde escribir. En esa época escribió muchos de sus clásicos, incluido el más elogiado de todos, Las aventuras de Huckleberry Finn, que este año cumple 130 años desde su publicación.

Para muchos, es una obra fundacional de la literatura occidental. T. S. Eliot, William Faulkner, Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Norman Mailer y Roberto Bolaño han sido algunos de sus principales seguidores.

“Toda la literatura moderna de Estados Unidos proviene de un solo libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn (…). Antes de él no había nada. Después no ha habido nada tan bueno”, escribió Hemingway en 1934.

Era la historia de un vagabundo que brillaba con los destellos del río, como un tal Tom Blankenship, como Tom Sawyer, como Samuel Clemens, como el fenomenal cometa en el que llegó y se fue Mark Twain.

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