Jairo Buitrago. Crecer sin romper el vínculo con la infancia

Soy lector porque me gustan muchas cosas además de los libros.

Por Jairo Buitrago (Colombia)
Escritor e ilustrador

Jairo

Me formé leyendo para encontrar, sin saberlo, mi lugar en el mundo, para emanciparme (me gusta esa palabra), para estimular mi imaginación. Pero los libros no eran lo único. Los recuerdo, eso sí, como sabios compañeros a los que me acerqué  por curiosidad, por atractivo, igual como lo hice con mis amigos de la infancia. Mi odio y temor a la escuela, la mala salud, una casa grande con patio y fuente de agua en Bogotá, mis angustias, son recuerdos infantiles que van de la mano con los de una de mis hermanas leyendo a Jane Austen y Mark Twain, mi mamá leyendo novelas románticas, mi papá el diario hasta quedarse dormido, mi hermano mayor libros de terror y ciencia ficción. Los demás hermanos no leían, vivían su vida, no sé si eran felices, pero lo parecían.

Mi anhelo de aventura desde la casa, porque no tenía edad para salir, me acercó a Jules Verne, a Jack London, a Joseph Conrad, a los libros de imágenes, a los de animales, a los cómics. Luego comencé a ir al cine y eso abrió nuevas perspectivas en mi cabeza. Pero no olvidé la letra impresa, las imágenes, que seguían presentes en medio de otros deseos.

Intenté adaptar con mis propios dibujos Moby Dick de Herman Melville, acaso la novela que más leí y releí en mi niñez, y claro, fracasé; no tenía sentido del ritmo, de la edición. Vi la película de John Huston El tesoro de Sierra Madre, y luego supe de la novela de Bruno Traven. Y hoy, como adulto, desde la ventana del autobús veo la Sierra Madre alzarse contra el cielo, y sonrío. Para eso me han servido los libros: para cerrar los ojos con satisfacción.

Recuerdo una escena maravillosa de la película Au revoir les enfants de Louis Malle –la historia de dos chicos, Julien y Jean, en un colegio interno de religiosos durante la ocupación alemana en Francia–, donde ambos protagonistas, que han fortalecido su amistad alrededor de los libros, hablan muy casualmente sobre quién es su mosquetero favorito: “Aramis”, responde uno de ellos. Así eran a veces mis conversaciones con amigos que leían. Pero creo que ya ningún chico lee Los tres mosqueteros.

Yo, en el álbum, casi como si fuera el cine, encuentro lo que me hace falta para narrar, para contar mis historias. Y ellas, de cierta manera, son resultado de los libros que amé y que sigo amando. Pero no solo de los libros, de eso no hay duda. No me gustan los lectores obsesivos; yo amo otras cosas, vivo otras cosas fuera de la lectura y tengo amigos que no leen y son buenos y simpáticos. Dice Ezra Pound: “Lo que amas permanece, el resto no es nada. Lo que amas no te será arrebatado. Lo que amas es tu herencia verdadera”. ¿Hay algo más?

En retrospectiva, ser lector temprano me ayudó a entender las complejidades de mi infancia; me acercó la fuente de mis arquetipos, pero a la vez me hizo disfrutar mejor la relación con la vida diaria, hermanar la soledad de la lectura con los viajes lejanos y las caminatas cortas, la simbología de la vida, la fogosidad del pensamiento que me obliga a escribir unas veces, a ilustrar otras.

Mi identificación con la pérdida de la infancia me ayudó a crecer sin romper el vínculo con mis primeros años. Pienso en libros que no estaban escritos para niños como Los ríos profundos de José María Arguedas, que relatan el paso doloroso y violento de un niño para transformarse en adolescente, o mejor, en un adulto, y que llegó a mis manos de manera prematura. Entendí y asimilé la sencillez y beatitud de la prosa de Arguedas, violenta como los ríos que he visto en mis viajes.