¿Por qué estudiar literatura infantil?

Columna de Ana María Soto-Aguilar Bralić
Profesora Básica Pontificia Universidad Católica de Chile
Master (c) of Arts in Children’s Literature, Simmons College (EE.UU.)

En 1971, el autor y académico inglés John Rowe Townsend señalaba que “los libros para niños son escritos por adultos, publicados por adultos, recomendados por adultos y, en su mayor parte, comprados por adultos”. El poder y la responsabilidad de la mediación de los adultos en la lectura de un niño no solo es grande, sino imprescindible e inevitable. Es por eso que la literatura infantil merece ser considerada como una disciplina de estudio académico.

Creo que todos estamos de acuerdo en que queremos que nuestros niños lean, y que lean literatura de calidad. Pero, ¿sabemos qué significa eso? A la hora de escoger un libro para regalar, leer o recomendar a un niño, siempre surgen muchas dudas: ¿Cómo juzgar el uso del lenguaje de ese título? ¿Qué valor tienen sus ilustraciones? ¿Para qué edad es más adecuado? ¿Qué temas aborda y cuáles deja de lado? ¿Cómo interpretar lo que plantea?

La literatura infantil es literatura de verdad. No es un pasatiempo, ni un juguete, ni un negocio. Citando a Townsend en el mismo artículo, “los libros para niños pueden ser juzgados por los mismos estándares que la literatura adulta. Un buen libro infantil no solo debe ser placentero para los niños: debe ser un buen libro en sí mismo”. Así como hay expertos en otras ramas de la literatura, debe haber especialistas en literatura infantil que puedan pronunciarse y dialogar en torno a los parámetros que permiten su valoración.

Ahora bien, el estudio especializado de la literatura infantil no pertenece exclusivamente a los profesores y bibliotecarios. No puede faltar en la formación de los profesionales de la educación en general, pero tampoco puede terminarse ahí, ni quedarse solamente en cursos de perfeccionamiento para docentes. Existen muchas otras disciplinas del conocimiento con las que la literatura infantil colinda y se vincula: las artes visuales, la psicología, la sociología, la filosofía, la lingüística, la estadística; incluso la experiencia empírica de los padres de familia.
En mi opinión, la literatura infantil merece constituirse en un programa de posgrado, dentro de un departamento de literatura, en el que profesionales de todas las áreas estén invitados a formarse e investigar.

Tengo el privilegio de estar cursando un magíster de literatura infantil en la Universidad de Simmons, en Estados Unidos, en el que, de 30 compañeros, solo 3 somos profesores. El resto son licenciados de diversas áreas, desde biología marina hasta letras, y quieren trabajar como bibliotecarios, escritores, editores o investigadores de literatura infantil. La interdisciplinariedad de nuestros pasados académicos iniciales y la diversidad de nuestras proyecciones profesionales aportan una riqueza que difícilmente puede lograrse de otra forma.
Año a año se publican miles de libros para niños en el mundo. Si dedicamos tiempo y recursos a leer y estudiar literatura infantil, abrimos la puerta a un mundo de posibilidades maravillosas; damos a nuestros niños la oportunidad de viajar, de ampliar sus horizontes, de derribar prejuicios, entre otras experiencias.

En Estados Unidos existen al menos 4 revistas especializadas en literatura infantil que publican reseñas de gran parte de los más de mil libros que mensualmente se publican en inglés. ¿Cuántos niños latinoamericanos tendrán la oportunidad de leer alguno de esos libros? ¿Cuántos libros latinoamericanos tendrán la oportunidad de darse a conocer a los niños angloparlantes? Es imposible leer todo lo que se publica en el mundo. Sin embargo, teniendo un espacio para el estudio formal de la literatura infantil, estamos un paso más cerca.

Sigamos trabajando por transformar nuestro amor por la literatura y la lectura en un impulso generador de conocimiento, que ilumine a los adultos mediadores y que permita que muchos más niños sean felices leyendo.