¡Buen provecho! Ingredientes de una literatura muy poco dietética

Banquetes apoteósicos, casas de dulce y mazapán, enormes pavos rellenos y muchas, muchas perdices. Desde España, en un tono lúdico e irreverente, Teresa Durán repasa las calóricas costumbres alimenticias de los protagonistas de la literatura infantil y juvenil.

Por Teresa Durán (España)
Escritora, ilustradora, traductora y académica

* Extracto de la conferencia de Teresa Durán para el curso Cocina y Literatura del Centro del Profesorado de Córdoba – España (2010).

Sandra Agudo-16

Ilustración de Sandra Agudo / http://sandra-agudo.tumblr.com

Voy a contar un cuento, quizás el más antiguo del mundo: Había una vez, hace mucho, mucho, mucho, mucho tiempo, una manzana. Estaba tan tranquila en su árbol, rodeada de otros árboles, frutas y animales en un lugar tan encantador, que le llamaron “Urbanización El Paraíso”.

Como nadie de los que allí vivían pagaba hipoteca alguna, no había ninguna necesidad de perseguirse los unos a los otros, con lo que la santa paz predominaba y ni los gatos se comían a los ratones, ni los tigres se comían a los canarios, ni nada de eso que denota tan mal gusto y tan pocos modales.

Solo que, como aún no se había llegado a la Edad del Hierro y no había cuchillos con los que sacrificar conejos, los usufructuarios de la parcela, un tal Adán y una tal Eva, a base de comer fruta un día tras otro, agarraron una diarrea monumental que dejó el césped del paraíso como una alfombra de excrementos.

Los bichos que por allí había se quejaron, porque en la urbanización ya no había quien pastara, y además hedía de un modo nauseabundo. A la serpiente, la más perjudicada por la situación ya que solo puede moverse arrastrándose, no le quedó otra que recomendarles, muy farmacéutica ella, que comieran de la mejor fruta astringente que existe, alias la manzana, cosa que ellos hicieron, con muy buen sentido común, aunque, por razones de higiene, fueron desalojados de la parcela con una espada de fuego, para desinfectar…

Sea lo que fuere, el caso es que, literariamente, la manzana centra muchos cuentos de la tradición oral, como la conocida historia de Blancanieves y los siete enanitos, donde quien ofrece el fruto es siempre perverso como una serpiente, y quien lo come es una doncella que queda hechizada hasta que el beso de un príncipe la despierta, se casan, son felices y comen perdices (que no manzanas) hasta que tienen muchos niños a los que contarles cuentos…

Fin del aperitivo: Otros ingredientes de la literatura oral

Aunque en la literatura de transmisión oral los cuentos no nacieron para uso exclusivo de la infancia, es notorio que su difusión actual se defienda más entre el colectivo infantil que en el colectivo adulto. Y es por ello que dedicaré parte de este artículo a los ingredientes que más abundan en los cuentos tradicionales.

Estos ingredientes sorprenden por lo sencillos. Harina para blanquear patas de lobo en el cuento de Los siete cabritillos, pero también para simular nieve o engañar al demonio en los cuentos de Grimm y, en muchos cuentos mediterráneos, para que las chicas listas amasen tortas “parlantes” –a modo de contestador automático– cuando ellas se alejan del hogar paterno para flirtear con otro que no sea un ogro como su padre.

Nabos enormes que son fruto de la competencia desleal entre hermanos ricos y avaros o pobres y generosos, coles donde guarecerse hasta nacer, habichuelas que hay que emparrar hasta el cielo, lentejas que impiden a Cenicienta asistir al baile, alguna que otra calabaza, frutas dulces, como las ya estudiadas manzanas, pero también peras, naranjas y melocotones, y sobre todo frutos secos: nueces, avellanas, almendras. Miel donde atrapar siete moscas de un golpe y alguna princesa, y quesos engañabobos, por los que pugnan zorros, cuervos y lobos, pensando que es la luna.

Muy poco pescado, ya sea por lo difícil de la pesca o por lo pesadas que se ponen a veces las mujeres del pescador. O porque, de hecho, son muy pocas las recopilaciones folclóricas provenientes de la costa. Y mucho menos, carne. Huevos sí, alguno que otro, que gallinas y gallos protagonizan muchas fábulas, y gallina hubo, desde Esopo, que los hacía de oro.

Todo ello aderezado con su miaja de sal, un ingrediente que no debe faltar en ninguna mesa, como bien sabía la menor de las tres hijas del Rey Lear, o la hija menor del comerciante a quien su padre repudió por este motivo, y que es un ingrediente que el mar no deja de ofrecer gratis desde que en él se hundió un barco con un molinillo de sal dentro.

Es por lo sencillo y cotidiano de estos alimentos que podemos rastrear su origen popular, pues son muy explícitos en lo concerniente a qué tipo de dieta seguía el pueblo llano y humilde, y resulta fácil fechar el origen de estos relatos como anterior al descubrimiento de América, pues no hay en ellos ni tomates, ni patatas, ni pimientos.

Estas historias acontecían en una época en la que el peor pecado no era la lujuria, que estaba al alcance de cualquiera, sino la gula. Cuando el infierno (o la casa del ogro) se imaginaba como un apetecible lugar donde había panes, jamones y chorizos al por mayor. Y era por el hecho de no tener nada que llevarse a la boca, por lo que tantos niños como Pulgarcito tenían que socorrer a sus padres, y tantos quinceañeros se iban a recorrer el mundo y a desencantar princesas, a ver si de una puñetera vez comían perdices y confites como ocurre con los cuentos maravillosos.

De la mano de los protagonistas de los cuentos maravillosos presenciamos, no obstante, otras costumbres alimenticias que dan testimonio de viejos mitos, como el de la antropofagia de aquellos ogros devoradores que adoran la carne tierna y jugosa. Menos olfato parecieran tener las brujas, cuyos ágapes cotidianos nos resultan repugnantes y ante los cuales uno se pregunta en qué supermercado hallan ingredientes tan caducos (y eso que las brujas saben leer). Claro que de vez en cuando sale alguna muy zalamera, propietaria de una casa de mazapán o de chocolate.

Y también están los dragones, personajes tan devoradores como increíbles que, si de algo sufren, debe ser de ardor de estómago, ya que tienen la precaución de asar la carne, sobre todo de princesa, escupiendo fuego antes de tragársela. Fabulosos son también algunos grandes monstruos marinos, como la mal denominada ballena quien, desde que cató a Jonás hasta que se tragó a Geppetto, no ha dejado de inspirar grandes relatos.

Hay algunas enseñanzas que se derivan de la lectura de los cuentos maravillosos: a) No esperen nada de las mesas lujosamente dispuestas que les aguardan en hostales del fin del mundo. En general una lucecita atisbada en medio de lo más oscuro del bosque no es, jamás, un hotel de cinco estrellas, y algo tremendo va a ocurrir. b) Desconfíen sistemáticamente de los mesoneros y mesoneras. En toda la literatura popular, no hay uno solo que sea honrado, ni aquí ni en la China. c) Maravíllense con la frase final de los cuentos populares, aquella que dice “y se casaron, y fueron felices y comieron perdices”. Tras ella se esconde un auténtico y superlativo delirio gastronómico.

Fin del menú popular: Cocina de autor

El primer plato de la literatura infantil de autor es, y debe ser, la sopa. En El Cascanueces y el rey de los ratones, quien la guisa es la reina. De esta primera sopa literaria, salieron otras muchas: algunas muy poco sustanciosas, como la sopa de pan de Oliver Twist, hasta llegar a la famosa sopa de guisantes que acabará con la temible Reina de las Brujas, según creación del más culinario y gastrónomo de los escritores juveniles, Roald Dahl.

Algunos protagonistas encontrarán estas sopas demasiado calientes, otros demasiado frías, y otros, como Rizos de Oro, justo en su punto. Entre las últimas sopas producidas por la LIJ, la que está deliciosamente a punto, es la que Max, el temerario héroe de Donde viven los monstruos, encuentra, aún caliente, en su habitación al regresar de sus aventuras. No sé qué opinaría de tanta sopa nuestra querida Mafalda…

Los segundos platos tienen poca importancia en la LIJ, pero acostumbran a ser de carne. El pescado se lo dejan a Robinson Crusoe. Naturalmente, entre los segundos platos, hay que citar los pollos y pavos de Navidad, tan magistralmente descritos por Dickens en 1843; todavía los ingleses siguen al dedillo las recetas dadas por este autor para celebrar actualmente el espíritu de la Navidad. En el mismo año 1843, Andersen, amigo de Dickens, y conocedor como pocos de lo que es una mala o una buena mesa navideña, proporciona a su pequeña Cerillera esta visión: “Vio la mesa puesta, con un mantel blanquísimo, y una espléndida vajilla de porcelana, y se sentía un olor riquísimo a pavo asado, relleno de ciruelas y otras frutas, pero lo que más apreció la pobrecilla es que el pavo, con el cuchillo y el tenedor de plata clavados en el pecho, brincó hasta el suelo, atravesó la sala y se le acercó volando…”.

Más frugal, y como plato único, es la carne preparada por Mark Twain: Huckleberry Finn vive de la caza y come conejo, mientras Tom Sawyer hace una barbacoa con los amigos en su isla pirata y asa tocino, como los auténticos bucaneros.

Y llegamos a los postres, siempre apoteósicos, y más en la LIJ. La gastronomía de El Cascanueces, tan cercana a la del cuento popular, empieza con una nuez y culmina no con una casita de mazapán, ni dos, ni tres, sino con una ciudad entera, donde todo es dulce y goloso. La evolución de la casita de mazapán, que a la larga se irá popularizando como la casita de chocolate, también se hará apoteósica con Roald Dahl, que convierte esta prodigiosa vivienda en una no menos prodigiosa fábrica. Y ya no digamos cuando esto pasa a manos de Tim Burton. Es curioso observar lo raros que son en la LIJ los simples y sanos postres de fruta. Solo Chris Van Allsburg hace caso de ellos con portentosos higos dulces como la miel. En la literatura infantil aquella miel que envalentonaba a los sastrecillos se deja para los osos. La prueba es que a Winnie the Pooh le encanta…

Las meriendas también son dulces en la LIJ. A las cinco en punto a los británicos les enloquece tomar el té. Muy literariamente lo introdujo Lewis Carroll dentro de la LIJ en 1865 y la señora Blyton acompaña siempre el té con galletas de jengibre, e incluso envía cajas de estas a los internados de Santa Clara o de Torres de Mallory.

Y con ello llegamos a la cena. Ninguna despertó tanto mi curiosidad lectora como el “queso asado” que leía yo en mis años mozos en una mala traducción de Heidi. Hoy sé que lo que Heidi comía se llama raclette…

Y ahora, ¡a dormir! Aunque hay algunas que no pueden, porque tienen la piel tan fina y son tan sibaritas que reconocen el grosor de un guisante por muchos colchones que le pongan encima (y eso que ni siquiera se trata de un guisante congelado).

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