María de la Luz Uribe. En poco más de 600 palabras

Acogiendo una petición de la Revista Había una Vez, Fernanda, hija de María de la Luz Uribe y Fernando Krahn, hace un emotivo recuerdo de su madre, un “pequeño mosaico” de piezas inolvidables.

Por Fernanda Krahn Uribe

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Fotos: gentileza familia Krahn Uribe

Cuando me comprometí a escribir en seiscientas palabras algo sobre mi madre, no sabía que me iba a resultar tan difícil poner en orden todas las pequeñas piezas de un mosaico que, para mí, cada vez se ha ido alejando más del lenguaje.

Hubo un tiempo, eso sí, en el que mi relato personal sobre ella se basaba más en definiciones. Cuando se realizó el documental Aunque no sea cierto, me sentía capaz de hablar del descubrimiento de los poemas inéditos de María de la Luz Uribe, me atrevía a especular sobre qué podía haberla llevado a guardar celosamente su actividad como poeta, más allá de su figura pública como autora de libros para niños, profesora de teatro, ensayista y madre. Porque tras esos roles se escondía una mujer profundamente letraherida, que escribió a diario unos sonetos muy íntimos y al mismo tiempo muy universales. Una especie de decisión blanca de piel para adentro, por darle el nombre del retiro de su admirada Emily Dickinson.

Así pues, durante el rodaje del documental sobre mi madre, me interné junto a mis dos hermanos en el mundo de sus escritos, tratando de hallar un hilo conductor entre la niña que se divertía disfrazándose, hurgando en los baúles de sus queridas tías solteras; la mujer joven de activa vida social que logró reconocimiento con sus ensayos sobre la Comedia del Arte, o sobre Cesare Pavese; la autora de libros infantiles en verso y en prosa junto a su marido Fernando Krahn (historias caracterizadas por su sutil sentido del humor); la mamá haciendo pancito amasado en la cocina, pasando por la adolescente atormentada y tendiente al aislamiento, que a los quince años escribía versos como este:

Dudo si es sensible o fría consistencia Esta que me forma (sin saber qué formará) Luciendo una niñez quizás ya muerta, Abriendo paso a la naciente adolescencia Que también, algún día, morirá. Usurpará al señor un alma eterna. Zozobrará en la noche inmortal.

La muerte de nuestro padre, Fernando Krahn, en 2010, nos llevó a mis hermanos y a mí a una inquietante sensación de orfandad total. Era una pareja simbiótica, tanto en lo profesional como en lo personal. Habían creado para nosotros una burbuja de paz y de armonía en la que se propiciaban siempre el juego y la creatividad. El hogar acogedor cuya primera columna, nuestra madre, se había hecho añicos en 1994, parecía terminar de derrumbarse con la abrupta partida de nuestro padre. Aunque ya fuéramos adultos.

En la búsqueda de una nueva forma de relacionarnos entre nosotros, y de entender a las personas que nos habían dado la vida, nos hallábamos los tres cuando se rodó el documental. Y buscábamos palabras para definirlos. Llamé pudor al impulso de mi madre por esconder su poesía más íntima. Lo atribuí al hecho de ser la hermana del poeta Armando Uribe, a haber estado muy vinculada a Pablo Neruda, con quien cooperó en la traducción de Romeo y Julieta, y quien luego admitió su desilusión al verla convertida en una feliz esposa y madre, cuando se esperaba otra cosa de ella.

Me acerqué a Lucita, la bebé que pasó muchas horas solita en su cuna bajo un árbol, cuidada por otras personas porque su madre, tras dar a luz, enfermó gravemente de tuberculosis. Pensé en ese personajillo insidioso, La Culpa, atascada en las mazmorras de su inconsciente; establecí paralelismos entre ese exilio de cuna en la primerísima infancia y su permanente estado de exilio vital. La añoranza de Chile que la mordía con tal furor, que nuestra mamá, tan acogedora, cercana, ingeniosa y entretenida, era abducida por una oscuridad desconcertante, estados que aunque fueran breves no nos pasaban desapercibidos a nosotros, sus tres hijos. Como por arte de magia, de pronto volvía a ser la de antes y podía aparecer a la hora de la cena con un papelito en el que había escrito un nuevo verso para el libro para niños que estuviera preparando en ese momento. Versos como estos:

(…)
Y tienen tres hijos,
un gato, un cobijo,
juntos hacen libros,
salen a pasear.
Ríen de lo cómico,
y de lo ridículo,
pero son armónicos,
rítmicos y líricos.

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Estos versos forman parte de una pequeña introducción biográfica en el libro infantil Las cosas del salón, ilustrado por mi padre. La autora de más de treinta libros infantiles junto a su esposo, hablaba así de su relación con él, deleitándose con las esdrújulas. Pero también escribía, en sus cuadernos privados, sonetos como este, en el que claramente habla de ella y de Fernando:

Es raro estar de pronto ante la puerta que no puedo cerrar, ni abrir consigo. Y no estar sola, sino estar contigo sin saber si detrás hay hueco o huerta.

Y si lográramos dejarla abierta y salir los dos juntos, amor mío, ¿Pasearíamos en busca de racimos o sería caída ya sin vuelta?

Pero eso no es posible. Y así estamos ante la puerta inmóviles, cogidos por un extraño imán que ignoramos.

Y que puede de pronto interrumpirnos y tras y ante la puerta separarnos sin ninguna razón, ningún sentido.

Sabíamos que sus encierros en su escritorio, tras la cortina de humo de sus innumerables cigarrillos, eran el umbral de entrada y de salida de esos estados de ánimo para nosotros incomprensibles. Lo que sucedía allí le pertenecía solo a ella.

En fin. En el año 2011 me interné en todos los mundos posibles de mi madre, a través de sus escritos, intentando explicarme a mí misma quién era realmente María de la Luz Uribe, más allá de la mamá. Ahora, en el año 2013, siento que para mí cualquier intento por definir, explicar, biografiar a alguno de mis padres se me hace complicadísimo. Así que aquí queda este pequeño mosaico, uno entre muchos posibles, con algunas de las piezas que he reunido hoy sobre María de la Luz.