El reto de editar para niños

Columna de Xosé Ballesteros
Editor de Kalandraka
Escritor y especialista en literatura infantil

Durante la celebración de la última edición de Liber que tuvo lugar en Madrid, la Ministra de Cultura de Colombia, Mariana Garcés, presentó el proyecto Leer es mi cuento, un programa gubernamental que tiene como objetivo dotar de material bibliográfico a las bibliotecas escolares de su país. Colombia forma parte de ese grupo de países latinoamericanos entre los que figuran México, Argentina, Chile, Brasil y Perú, entre otros, que destinan año tras año importantes cantidades para que sus ciudadanos más jóvenes tengan acceso a la lectura en establecimientos públicos.

En un momento de su intervención, la ministra enfatizó: “Deseamos que la lectura ayude a que los lectores más jóvenes puedan llegar a ser ciudadanos críticos, libres y no meros ciudadanos consumistas”.

Han leído bien: ciudadanos críticos, es decir, con capacidad para razonar por sí mismos y establecer juicios de valor autónomos. Ese deseo en positivo de Mariana Garcés, que cualquier persona bienintencionada asume, me recordó los postulados de Gianni Rodari, explícitos en su imprescindible Gramática de la fantasía: “Todos los usos de la palabra para todos me parece una buena frase, con un buen tono democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

Y pensar en Rodari me recordó asimismo el reto que tenemos los que desarrollamos nuestra profesión en el ámbito de la LIJ, puesto que lo que las editoriales publicamos ahora es lo que estamos ofreciendo a los ciudadanos del mañana: ¡estamos construyendo la memoria del futuro! De ahí la gran responsabilidad de los editores a la hora de elegir qué publicar y la de los comités de lectura a la hora de elegir qué seleccionar. Pero es muy difícil hacer frente a la banalidad, al consumismo, a la literatura-basura.

André Schiffrin, en La edición sin editores, ya explicaba bajo qué parámetros se edita hoy mayoritariamente en el mundo (también para los más jóvenes): la literatura se ha convertido en un producto más de consumo, de usar y tirar. Ante esta realidad, está circulando por la red un Manifiesto en favor de la educación ética y estética para niños y jóvenes, que promueve Tantágora (www.tantagora.net) desde Catalunya (España).

Un documento que dice, entre otras cosas:

“…desde hace tiempo, constatamos una progresiva banalización de los productos culturales que se ofrecen a las nuevas generaciones y que empobrecen paulatinamente sus valores éticos y estéticos en nuestro país. Corremos el peligro de reproducir una sociedad con más educación formal pero más pobre culturalmente…“

He ahí el dilema: ciudadanos críticos o simples consumidores. Lecturas (además) educativas o propuestas banales. ¡Y pensar que hay quien cree que publicar para niños es un juego de niños! Que cualquier cosa ocurrente, ingeniosa o con mucho colorido ya puede ser un libro para niños.

Nada nuevo bajo el sol. Hace muchos años, en 1958, el pedagogo italiano Giovanni Calò escribió en el prólogo del Avviamento crítico alla letteratura giovanile de Enzo Petrini: “De acuerdo con la evolución de toda la experiencia y de toda la crítica moderna acerca de la literatura para la infancia, el libro para niños y adolescentes debe ser sustancialmente obra de arte…”.

Quizás publicar obras de arte no sea más que un ideal que pocas veces se consigue alcanzar. Me conformaría con que toda obra que se publique para nuestros infantes y jóvenes cumpla con uno de estos requisitos: que emocione, que divierta o que aporte una nueva visión a un tema que haya sido tratado anteriormente pero, en cualquier caso, como desea la ministra Mariana Garcés: “Que la lectura ayude a que los lectores más jóvenes puedan llegar a ser ciudadanos críticos, libres y no meros ciudadanos consumistas”.