Lecturas siniestras (o de cómo asustarse con la luz prendida)

En este artículo, Pablo Álvarez y Lucas Costa postulan el terror en la literatura para jóvenes desde su esencia perturbadora, y no desde los múltiples géneros que lo representan o desde las fórmulas convencionales con que suele abordarse.

Por Pablo Álvarez F.
Encargado Área Juvenil Centro Lector de Lo Barnechea
Lucas Costa A.
Licenciado en Letras. Poeta, autor de Encomienda (Editorial Cuneta, 2013)

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Ilustración de Tomás Moya / http://trabajosretorcidos.blogspot.com

Vivimos rodeados de imágenes cruentas; diariamente nos enfrentamos a escenas y situaciones dignas de un filme de los años ‘80. Viernes 13 (o Jason, como la conocemos popularmente) parece haber encarnado en los noticiarios, en las páginas web sensacionalistas o en los videos de Youtube, donde el morbo genera una alta cantidad de visitas diarias.

Recordamos entonces los años ‘90, cuando Internet comenzaba recién a masificarse en nuestra generación, entre amigos y compañeros de curso. Era habitual revisar páginas web que exhibieran escenas reales –al menos eso nos hacían o queríamos creer– de violencia extrema: hombres mutilados, rostros reventados, cuerpos ensangrentados o accidentes que terminaban con familias completas repartidas por el suelo, como pequeñas piezas orgánicas de Lego.

Pero esos filmes que en nuestra infancia nos aterrorizaban, ya sea por la masacre, por lo sangrientos o por esa ilusión que hacía temer ser la próxima víctima de la sierra redentora de Jason, ya no asustan a nadie.

No consideramos que esto sea producto de un refinamiento en el espectador o que este sea ahora más exigente en cuanto a las imágenes o los textos que lo aterran. Lo que pasa es que el miedo que triunfa hoy es el que se enmarca en el género del terror psicológico, como suelen llamarlo los críticos periodísticos, los espectadores o los lectores de sagas.

Pero, ¿qué entienden los periodistas, los espectadores o los lectores por terror psicológico? En la pantalla grande, el hecho de desconocer la forma de aquello que nos acecha. En la literatura para jóvenes, la amenaza de que el héroe no logre su objetivo o que sea eliminado por su antagonista. Ejemplos hay muchos: El aro, Saw o El conjuro en el cine, y Maze Runner, Los juegos del hambre o Cazadores de sombras en los libros juveniles.

Pero tal como Jason dejó de ser terrorífico para algunos de nosotros, Frankenstein o Drácula, sobre todo en sus versiones cinematográficas, también dejaron de serlo para otros en décadas anteriores. No sería raro pensar que ese pretendido terror psicológico de los filmes y libros que los jóvenes devoran hoy dejen, en las próximas generaciones, de provocar el espanto que actualmente producen en sus consumidores. Es por eso que proponemos abordar un corpus literario que no se enmarque en el género del terror, sino en lecturas que nos perturban en su sentido más siniestro. Por tanto, vamos a intentar fijar la vista en ciertos mecanismos de la LIJ contemporánea que nos provocan o nos hacen experimentar horror. Entenderemos esa perturbación desde lo que Freud denomina como unheimlich, también llamado ominoso, y define de la siguiente manera: “Aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo”.

Consideramos que los textos, imágenes y lecturas más cercanas al horror son aquellas que perturban al lector, que lo desorientan en su forma de concebir el mundo y las cosas que lo rodean; imágenes de lo familiar extrañado, aquello que nos desfamiliariza con nuestro entorno.

Ominosas lecturas para jóvenes

Dejemos a Jason (léase Lleison) y entremos a Jason (léase Jasón), autor noruego de novelas gráficas publicadas en español por la Editorial Astiberri. Su trabajo es perturbador por donde se lo mire. Todo es aparente en Jason: la inexpresividad de los ojos vacíos y blancos de los personajes, las situaciones inverosímiles pero cargadas de profundos cuestionamientos existenciales, el coqueteo con los géneros. Perturbadores son los movimientos mecánicos de los personajes, sus silencios prolongados, la paleta de colores simples y planos que no saturan los espacios sino al contrario, le otorgan una profundidad abismal. Los relatos Émilie le envía un saludo y Proto film noir, pertenecientes al libro Low Moon (Astiberri, 2009), son breves narraciones donde el humor negro da paso, paulatinamente, a imágenes donde lo ominoso, lo rarificado, la angustia de la imagen, comienza a asomarse. Encubiertos en el género detectivesco, la ciencia ficción o el relato amoroso, las narraciones gráficas de Jason son, en su esencia, profundamente perturbadoras. Los personajes, animales antropomorfos, se desplazan y actúan de manera poco habitual por contextos enrarecidos.

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Low Moon, Jason (Astiberri).

En el primer relato de Low Moon, una chica encarga a un sicario exterminar a una serie de hombres, quienes deben, antes de ser ejecutados, escuchar un mensaje críptico, indescifrable para nosotros: “Émilie le envía un saludo”. Con este leitmotiv se traza una trama oscura donde el silencio y los escenarios juegan un rol preponderante, sobre todo los fondos teñidos de negro, el decorado minimalista y la situación enturbiada por la presencia constante de la muerte. Nunca explícita, nunca vulgarizada, asistimos a la muerte de manera sutil e indirecta: a través del asesino a sueldo, quien reporta por medio de una grabadora, el deceso de los hombres en la lista. La presencia ausente de los asesinados, que logramos identificar por medio de fotografías tachadas con una cruz y adheridas a una pared, registros macabros de una revancha que no logramos entender, que nos es extraña, produce una abismal angustia.

 

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Low Moon, Jason (Astiberri).

El coqueteo con los géneros no se agota en lo anterior. En el relato gráfico Proto film noir o en la novela gráfica ¿Por qué haces esto? (Astiberri, 2007), Jason dialoga con el relato policial, la serie negra y la ciencia ficción nuevamente. Citas a La ventana indiscreta de Hitchcock o al realismo sucio de Carver, son solo una forma de narrar que va más allá de las fórmulas propias de los géneros. La obra de Jason no produce terror sino que altera, conmociona en su relato a partir de los desajustes, los quiebres con lo familiar, con lo reconocible. Insistimos en los ambientes enrarecidos, en la expresión a través del color y la infinidad de sentidos que el silencio aporta. En un ejercicio similar, abordaremos el siguiente texto.

Podríamos estar en el Berlín amurallado, en un gueto de la Polonia del Este o en un campo de concentración bordeando el estilo Matrix. Pero lo cierto es que el relato pasa y no pasa en esos lugares. Podría transcurrir en cualquier parte del mundo. Porque En el país de la memoria blanca (Barbara Fiore, 2013) no se hace referencia a un lugar exacto. Es ahí donde también podemos detectar su valor, su manera oblicua de hacernos ver diversas realidades en una sola. Así, lo que pareciera enunciar este libro es de qué manera esos lugares tienen algo en común: cómo el horror de la violencia, en cierta forma política, se vive de igual forma aquí o en la quebrada del ají.

Como en un filme donde la sobreexposición de luz inunda la pantalla, este relato se inicia desde la blancura incandescente de la imagen. Rousseau, sobreviviente de un atentado, narra en primera persona su desmemoriado despertar. La mirada subjetiva de las primeras cuatro viñetas registran una blanca habitación, repleta de pliegues, como la memoria, que constituyen el cuerpo amortajado del protagonista. La pérdida de la memoria es el renacer de Rousseau, quien debe reconocer los espacios, callejones y edificios de una ciudad hostil, represiva y violenta, dominada por los perros y donde los gatos son el principal enemigo.

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En el país de la memoria blanca, Carl Norac y Stéphane Poulin (BFE).

La memoria en este caso (aquello que nos constituye como personas) es blanqueada y, por tanto, no puede aferrarse a la posibilidad de un pasado. Los lazos constitutivos con los recuerdos fueron quebrados a la fuerza por el hecho traumático del atentado inicial y la realidad se vuelve “un agujero sin estrellas” (4). Es esa extrañeza la que nos produce un vértigo inmenso desde el comienzo del relato.

Desde esa perspectiva, la memoria borrada se rearma desde un presente bizarro; un ambiente que genera un profundo extrañamiento en el lector. Como lo afirma el mismo protagonista: “Además de ser una prisión, el mundo en el que renazco está embrujado.” (5) Ya no quedan espacios para estrechar lazos, menos para pensar en un vínculo afectivo con el otro.

La tensión en la trama se da por la superposición de detalles, donde no sabemos con qué versión de la historia quedarnos: ¿con aquello que el texto sugiere o con eso que las imágenes explicitan? Ambos registros suelen correr por senderos paralelos. En ese vacío es donde se genera una luminosidad siniestra; textos e imágenes parecieran comulgar en busca de un fin específico: desorientar al lector, dejarlo marcando ocupado, a la espera de un detonante que no se gatilla.

Una trama arrolladora en cuanto a los sucesos que van pasando, donde no hay un regreso sino un constante devenir. Sin pasado ni sueños, este relato se hace parte de una realidad que constantemente se desvanece, a través de saltos y cortes que dan cuenta de la violencia del vacío. ¿Cómo se representa el horror (la guerra, la represión, el encarcelamiento o el terrorismo)? Desde la imposibilidad del entendimiento, donde no cabe más que hacerle forados a la realidad como método de escape, asumiendo el horror. Así, lo que pareciera plantear este libro es cómo construir una memoria en medio del espanto: empezando desde cero. Pero ese vacío nos enfrenta como lectores a lo siniestro, haciendo hincapié en lo que no se quiere mirar. Un espacio en blanco que debemos rellenar sin poder hacerlo.

A modo de declaración póstuma

No entendemos entonces el horror –lo siniestro, lo ominoso o cualquiera de sus variantes– desde los géneros o desde las fórmulas convencionales para abordarlo, sino desde su esencia perturbadora.

El fenómeno comercial del terror, entendido como género, es algo que no podemos desconocer. Las salas de cine se llenan con las nuevas versiones de El juego del miedo o con cualquier adaptación norteamericana del nuevo cine de terror japonés. Las sagas juveniles son devoradas por lectores que, como sus vampíricos héroes, tienen sed de nuevas y sangrientas aventuras. Pero el Drácula de Bram Stoker no produce horror por el hecho de morder un cuello, ni el Frankenstein de Mary Shelley aterra a sus lectores por la monstruosidad de la más grande creación del doctor. Pensamos en el horror que produce la lectura de Kafka, en los infortunios de Josef K., el extrañamiento de Gregorio que produce horror a sus familiares o la imposibilidad de K. de reconocerse en un espacio abismal, en una estructura en espiral para llegar al castillo, cumbre de sus deseos y proyecciones.

Más allá del género, entonces, consideramos lecturas dinámicas, textos e imágenes que, si bien se apropian de algunas fórmulas, son capaces al mismo tiempo de desprenderse de estas y conformar un universo y estilo propios, siniestros por lo que callan, por lo que dejan de significar o resignifican a través de la imagen, por lo que entraman en la utilización del color o en la expresión del lenguaje justo, a ratos ambiguo y a ratos preciso en extremo. Lecturas que horrorizan aunque se intente dormir con la luz prendida.

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12 OMINOSAS RECOMENDACIONES DE LUCAS Y PABLO:

 

En el país de la memoria blanca de Carl Norac / Stéphane Poulin (il.), Barbara Fiore, 2012.
Low Moon de Jason, Astiberri, 2009.
El salvaje de David Almond / Dave McKean (il.), Astiberri, 2008.
La trágica comedia o la cómica tragedia de Mr. Punch de Neil Gaiman / Dave McKean (il.), Norma Editorial, 2001.
Sandman de Neil Gaiman, Planeta DeAgostini, 2010.
La montaña de Einar Turkowski, Libros del Zorro Rojo, 2012.
El corazón coronado de Alejandro Jodorowsky / Moebius (il.), Norma Editorial, 2012.
Auschwitz de Pascal Croci, Norma Editorial, 2009.
Los conejos de John Marsden / Shaun Tan (il.), Barbara Fiore, 2009.
La fábrica de vinagre de Edward Gorey, Libros del Zorro Rojo, 2010.
En la colonia penitenciaria de Franz Kafka, Valdemar, 2010.
Kafka de D. Z. Mairowitz / Robert Crumb (il.), La Cúpula, 2010.