Cuéntame una historia de terror y te diré a qué le temes

En este artículo, la Doctora en Literatura Macarena Areco presenta una breve historia del terror como género literario. Además, analiza cómo la literatura de horror representa, de manera directa o desplazada, los temores y preocupaciones de su autor y de la época en la cual se inserta.

Por Macarena Areco
Doctora en Literatura
Académica Facultad de Letras Pontificia Universidad Católica de Chile

Alfredo Cáceres-15
Ilustración de Alfredo Cáceres / www.flickr.com/alfredocaceres

Fantasmas, maquinarias de tortura, monstruos, mansiones encantadas, castillos sangrientos, brujas seductoras, locos perversos; las figuras que la literatura de terror pone ante nuestros ojos suelen aparecérsenos como el resultado de la imaginación desbocada de un poeta fuera de sus cabales, quien nos cuenta situaciones fantásticas, completamente alejadas de la vida cotidiana. Pero, si vamos más allá y les prestamos oído a los ecos que surgen de estos relatos, percibimos que de lo que nos hablan es de esperanzas no realizadas, de violencias extremas, de poderes conocidos o desconocidos; en suma, de hechos de la historia o del presente que han truncado las vidas y las trayectorias de personajes quienes, más allá de la tumba y de toda esperanza, se obstinan en hacerse presentes, en materializarse en el aquí y el ahora, dando cuenta de una experiencia individual que de alguna manera nos involucra a todos.

Historia del terror: de cultos satánicos a fuerzas desconocidas

“Tan viejo como el pensamiento y el lenguaje humanos” (13), dice el escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft (1), el relato de terror tiene su origen en ritos de fertilidad europeos en los que se practicaban la brujería y el culto a Satanás, que formaron una tradición que se transmitió durante miles de años entre los campesinos, a pesar de la dominación de las religiones druida, grecolatina y cristiana. Según este autor, de ella formaron parte los astrónomos, cabalistas y alquimistas, y también los constructores de catedrales que incluyeron imágenes fantásticas en estos monumentos. En esta corriente subterránea se prefiguran una serie de personajes característicos de la literatura de terror, como son el fantasma, el hechicero, el hombre-lobo y el amante diablo, entre otros. Integran esta tradición obras clásicas y medievales, como el incidente del hombre-lobo que relata Petronio, el Libro de las maravillas de Flegón, los Eddas y sagas escandinavas, el Beowulf, los relatos de los Nibelungos, los escritos de Dante y, en el teatro isabelino, dramas como Macbeth y Hamlet, por nombrar algunas de las más importantes.

Durante el siglo XVII y comienzos del XVIII, este tipo de literatura aumenta, hasta que, a mediados del siglo XVIII, surge la novela gótica, en la cual el relato de terror toma por primera vez una forma literaria fija, con argumentos que se sitúan en un castillo o en un monasterio misterioso, de preferencia ubicado en España o en Italia, por donde se pasean fantasmas en busca de reconocimiento o monjes malignos en un ambiente medieval. Es lo que ocurre normalmente en los episodios de Scooby-Doo y, como en la serie de dibujos animados, al final suele suceder que se trata de un montaje, pues el procedimiento utilizado es el de lo fantástico explicado, en palabras del teórico Tzvetan Todorov (2).

Para el estudioso español Rafael Llopis, la literatura de horror surge cuando se ha dejado de creer en lo sobrenatural. A partir de esto, distingue cuatro etapas en el desarrollo de lo que llama el cuento de miedo (3). La etapa preterrorífica, que incluye el prerromanticismo inglés y alemán y la novela gótica inglesa con autores como Horace Walpole, Clara Reeve, Ann Radcliffe y M. G. Lewis. La fase terrorífica, que comprende los últimos años de la época victoriana hasta comienzos del siglo XX, cuando los recursos románticos se agotan y surge la ghost story, cuyas características principales son la brevedad, el realismo y el humorismo. Su precursor es Edgar Allan Poe, su iniciador es Sheridan Le Fanu y su mayor exponente, Montague Rhodes James. La neoterrorífica, que incluye el primer tercio del siglo XX, en que se buscan formas cada vez más racionalizadas y se profundiza en lo numinoso, entendiendo por esto la emoción inexplicable que surge de la manifestación de poderes mágicos o religiosos. Destacan aquí Algernon Blackwood y H. P. Lovecraft. Y, finalmente, la etapa metaterrorífica, que surge a mediados de la década de los sesenta, de la ciencia ficción, llamada “nueva cosa”, en que ya no se busca provocar terror en el lector sino adentrarse en lo desconocido.

Terror y experiencia histórica

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, escriben Marx y Engels en su Manifiesto de 1848, utilizando una metáfora que expresa de qué modo, más allá de los confines de la razón ilustrada, que separa el conocimiento de lo verificable de las supersticiones irracionales, historia e imaginación se mezclan cuando se trata de miedos sociales compartidos. Esto es lo que ocurre a mediados del siglo XIX, cuando la Restauración triunfa en Europa y se imponen el poder del capitalismo y la sociedad de consumo, pero se sigue temiendo el retorno de las grandes masas populares que irrumpieron en la escena política durante la Revolución Francesa.

Más de medio siglo después, otro de los grandes pensadores de la modernidad, Sigmund Freud, plantea que el sentimiento de lo ominoso o lo siniestro (Unheimlich) es provocado por experiencias que provienen de la prehistoria de la humanidad o de la infancia de la persona, las cuales fueron entonces familiares, pero luego pasaron a ser reprimidas y terminan retornando como terroríficas. Siguiendo estas ideas, propone que en el cuento El hombre de arena, del escritor alemán E. T. A. Hoffmann –en el que se relata la admiración que un joven siente por una muchacha que ve detrás de una ventana y que resultará ser una autómata–, lo que causa miedo no es la muñeca Olimpia sino la amenaza de castración de parte del alquimista que le quiere quitar los ojos, y que representa la figura del padre.

Así, la literatura de horror aparece como un género especialmente propicio para representar, a veces de manera directa, aunque más generalmente de forma desplazada, temores y preocupaciones experimentados por el autor y por la época en la cual se inserta. Es esta tesis la que intentaré mostrar a través de dos ejemplos.

Una historia de monstruos y otra de fantasmas

Un joven ginebrino, muy talentoso e inteligente, estudia con gran éxito filosofía natural (lo que ahora denominaríamos ciencias naturales), tanto así que es capaz de crear, a partir de la tecnología del galvanismo y de partes de cadáveres, un ser vivo. A pesar de la importancia de su descubrimiento, la fealdad del ser al que ha dado vida le provoca tal horror que huye y cae enfermo. Por su parte, la criatura va lentamente conociendo el mundo, aprende a leer (Vidas paralelas de Plutarco, El paraíso perdido de Milton y Las desventuras del joven Werther de Goethe) y a escribir; admira de lejos a una familia ejemplar a la que aspira a integrarse, pero esta la rechaza violentamente debido a su aspecto. Poco después, salva a una niña que se estaba ahogando, pero el padre, en lugar de agradecerle, le dispara. Más adelante comete, sin quererlo, un primer asesinato –William, el pequeño hermano del científico– y luego continúa a conciencia su carrera de asesino, causando la muerte de toda la familia de su creador.

La historia es, por supuesto, la de Frankenstein o el moderno Prometeo, novela publicada por Mary Shelley en 1818, momento en que las críticas conservadoras a la Revolución Industrial y a la Revolución Francesa se hacen oír con fuerza. Se argumenta entonces que la razón desprovista de fe, que toma el lugar de Dios y se expresa en la ciencia y en la política, crea monstruos imposibles de controlar, los cuales guillotinan a los inocentes y destruyen la paz del hogar y de la familia.

La autora, hija de un influyente filósofo político anarquista inglés y de una conocida feminista, integró, junto a su marido Percy Shelley y a Lord Byron, la tercera generación romántica inglesa, muy comprometida con la política de izquierda de la época, y conocida como escuela satánica, por su idea del artista rebelde, individualista y titánico. La muerte de la madre de Mary como consecuencia del nacimiento de su hija, la falta de apoyo de su padre en su relación inicial con Shelley, la muerte de un hijo, el nacimiento de otro y la pérdida de otro durante el embarazo mientras escribe el libro, están en el origen de una obra que plantea los temores y las contradicciones de la feminidad, la maternidad, lo público y lo privado, la política, la ciencia y la tecnología en un periodo clave del desarrollo de la modernidad (4).

Una joven exiliada que ha vivido casi toda su vida en Europa, luego de sufrir un accidente automovilístico en el que su madre muere, viaja a su lugar de origen, Chile, para conocer la historia de su familia y del país. Mezclado con el relato de las mentiras y la violencia que se ocultan debajo de los distintos periodos de la historia nacional –la Conquista, la Colonia, el Chile republicano y la dictadura de Pinochet–, se presenta el descubrimiento que hace la joven de que su padre ha sido un colaborador del régimen militar y que ha escrito una historia oficial del país en la que se borran o edulcoran los episodios siniestros. Mientras recorre la ciudad, cada cierto tiempo pedazos de vidrio caen de su cabeza y la sangre corre por su cara. Nos damos cuenta, entonces, de que ella también murió en el accidente y que es un cadáver que, como los asesinados en 1973, baja por el río Mapocho, mientras su alma vaga por el Santiago de fin de siglo intentando comprender lo que ha ocurrido con su familia y con su país.

Esta historia corresponde a Mapocho, de la escritora chilena Nona Fernández (5), una novela híbrida que mezcla historia, mito y terror, y en la cual, al igual que otras obras publicadas en Latinoamérica durante el siglo XX –como La amortajada de María Luisa Bombal o Pedro Páramo de Juan Rulfo–, las almas en pena, o más bien los cuerpos muertos que recorren ya sea física o mentalmente el tiempo o el espacio, intentan explicarse cómo han llegado a la muerte y se han convertido en espectros que han quedado fuera de la vida y de la historia.

El enigma que estos personajes plantean sigue reverberando y sus preguntas continúan repitiéndose como en un eco porque, como dice el crítico argentino Daniel Link, “el fantasma no es un mito sino una potencia pura de gesticulación y no viene a resolver ninguna contradicción sino precisamente a sostenerla” (6).

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Referencias Bibliográficas:

(1) El horror en la literatura. Madrid: Alianza Editorial, 1973.
(2) Introducción a la literatura fantástica. Barcelona: Ediciones Buenos Aires, S.A., 1970.

(3) M.R. James o el apogeo del fantasma, en Trece historias de fantasmas. Madrid: Alianza Editorial, 1973.
(4) Ver la “Introducción” de Isabel Burdiel en Frankenstein o el moderno Prometeo. Madrid: Cátedra, 2007.
(5) Mapocho. Santiago: Planeta, 2002. 
(6) Fantasmas. Imaginación y sociedad. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2009.

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Macarena recomienda 12 LIBROS DE TERROR INDISPENSABLES:

Melmoth el errabundo de Charles Maturin.
Frankenstein de Mary Shelley.
Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe.
El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde de Robert Louis Stevenson.
Drácula de Bram Stoker.
El caso de Charles Dexter Ward de H. P.Lovecraft.
En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft.
Los mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft y otros autores.
Psicosis de Robert Bloch.
El resplandor de Stephen King.
Entrevista con el vampiro de Anne Rice.
Libros de sangre de Clive Barker.