Natalia Porta: “Persistir es la clave”

El Programa Abuelas Cuentacuentos de la Fundación Mempo Giardinelli (www.abuelascuentacuento.org.ar) tiene actualmente unas dos mil voluntarias en más de 70 ciudades argentinas y en varias de Latinoamérica. Su coordinadora, Natalia Porta, conversó con RHUV sobre este proyecto que ha recibido significativos reconocimientos internacionales.

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Ilustración de Sebastian Miranda / http://sebastuff.tumblr.com

 

¿De dónde nació la idea de formar las Abuelas Cuentacuentos?

A mediados de los ‘90, durante una visita a Alemania, Mempo Giardinelli tomó contacto de manera casual con personas de la llamada “tercera edad” que visitaban hospitales para leer cuentos y poemas a enfermos terminales, aliviándoles así el dolor de cerrar sus vidas. Del impacto producido al ver aquella noble manera de ayudar a bien morir, nació la idea de que la lectura de cuentos debía ayudar, también, a bien vivir. Así comenzó a gestarse, en 1999, la idea de crear un Programa de Abuelas Cuentacuentos, con la premisa de llevar lecturas a quienes comienzan la vida, otorgándoles una oportunidad de acceder al libro y de ejercer su derecho a la lectura.

¿Todas las abuelas son narradoras?

En realidad son lectoras: no narran, lo que hacen es leer en voz alta. Son más de dos mil voluntarias. Ese crecimiento exponencial no se hubiera podido dar si hubiésemos pretendido formar narradores, ya que para ser narrador se requieren dones personales cuasi artísticos (cierta prestancia escénica, una oratoria desenvuelta, formación para la adaptación de textos, etc.) que se pueden desarrollar con una capacitación muy intensa, pero que nuestra pequeña institución no podría garantizar. En cambio todos podemos leer con otros y para otros. Pero además, porque nuestra propuesta se enfoca en fomentar la lectura y para eso, pensamos, no hay mejor estrategia que el compartir la lectura, mostrar que las historias que encantan, emocionan y hacen reflexionar están en los libros, salen de allí y se puede regresar a ellas con la práctica de la relectura.

Según tu experiencia, ¿de qué manera la narración motiva a los niños a leer?

Yo no creo que todas las narraciones lleven a la lectura. Las que resultan buenas herramientas de fomento lector, a mi criterio, tienen algunas características específicas. Cuando los narradores no sustituyen palabras difíciles por fáciles, no recortan temas dizque complicados y son fieles a las formas que eligieron los escritores para decir lo que querían, hacen saber la autoría de lo que se está contando (las historias no se las trajo “el viento” o “una nube”, sino que hacen saber, explícitamente, que las leyeron en un libro). Lo ideal sería mostrar el ejemplar de donde se seleccionaron los cuentos para facilitar la búsqueda del niño en la biblioteca. Si uno quiere despertar el deseo de leer, tendría que fijarse qué cuentos sí podrán encontrar los chicos de manera relativamente sencilla, a fin de enviarlos a releer esa y otras historias sobre el mismo tema, del mismo autor, para no generar una expectativa imposible de satisfacerse.

¿Cuál es la clave para llegar a los niños? ¿Y a los jóvenes?

La honestidad es la clave. Elegir cuentos que nos divierten o nos emocionan a nosotros mismos es fundamental. Aunque les llevemos el texto más excelso de Shakespeare, de Skármeta o de un autor que creamos “importante”, si las palabras no conmueven al narrador o al lector, se haga el esfuerzo que se haga, a los chicos tampoco los movilizarán. La selección también es clave: si la audiencia es de edad variada, necesitaremos cuentos con distintos niveles de lectura. Por ejemplo, con los jóvenes funcionan muy bien los cuentos que plantean cuestiones de justicia. No me refiero a casos judiciales, sino que tratan sobre lo que es justo o no lo es.

¿Cuál ha sido la mejor experiencia que te ha tocado conocer?

Leo miles de experiencias de lectura porque las Abuelas Cuentacuentos de casi todas las ciudades registran con un sistema muy simple su actividad y nos la remiten a la Fundación. También las compartimos en las reuniones. Y aunque es injusto elegir una sola, voy a rescatar la de una voluntaria muy valiente en un barrio de esos complicados, donde los taxistas suelen no querer entrar. En esos espacios marginales trabajan muchas de ellas que (toco madera) nunca han sido agredidas por nadie; al contrario, son sumamente respetadas.

Esta Abuela estaba por comenzar la primera lectura del año con un grupo de adolescentes a quienes leía desde hacía mucho tiempo. Desde el fondo del aula, un grupo nuevo de varones que tenía amedrentado a todo el resto de los compañeros la amenazó: a ellos no les interesaba que les leyeran, podía irse “la vieja” nomás. Ella nos contó que estuvo a punto de ceder. Pero las caritas de los otros, los de todos esos años de lecturas, le pedían que hiciera algo. Entonces les propuso votar, y si una mayoría quería que se quedara, ella les daría a los “rebeldes” el  privilegio de elegir los textos. Funcionó. Los tímidos se atrevieron a levantar la mano y los nuevos tuvieron que aceptar que se quedaría. La tuvieron casi un año leyendo casi exclusivamente cuentos de terror, pero pudo seguir, y fue seleccionando esas lecturas de tal manera que se produjo un cambio notable en la sensibilidad de los chicos “malos”: al final ya pedían historias de enamorados y todo.

Persistir, es la clave en este caso y casi siempre cuando se trata de fomento lector. La lectura no es una maratón, no es un evento; es una carrera de fondo y solo se ven resultados a largo plazo.

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Foto gentileza Daniel Mordzinsky

Natalia comparte su lista de 6 libros infalibles para educar la sensibilidad de niños de 0 a 100 años:

El oso que no lo era de Frank Tashlin. Parece una broma, parece una retahíla, parece una fábula ecológica. Es todo eso y una crítica feroz a las condiciones de vida y a la organización del trabajo en las ciudades.

El caballo de Chuang Tzu de María Teresa Andruetto e ilustraciones de Istvansch. Casi un poema. Y la sorpresa del final, que es a la vez lección sobre la naturaleza del arte.

Mil grullas de Elsa Bornemann e ilustraciones de María Jesús Álvarez. La intensidad del amor de los niños, la irracionalidad de los adultos y sus guerras, el poder limitado de las buenas intenciones.

El ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde. Porque la vida y algunas personas son así de arbitrarias a veces. Y hay que saberlo desde chiquitos.

El secreto del zorro de Beatriz Ferro. Un cuento sobre los hilos secretos que unen a los seres y las cosas en la tierra, donde las únicas que saben las respuestas son las abuelas.

Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka de María Elena Walsh. Para reírse, dejar para siempre de querer ser princesa y aprender a hablar un extraño idioma “japonés”. De un feminismo un poquito demodé pero finalmente conversable.