María José Ferrada. La palabra como abrigo

Tengo tres recuerdos relacionados con los libros que creo que de alguna manera determinaron mi relación con ellos.

Por María José Ferrada
Poeta y escritora

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El primero, es el de mi madre leyendo cada noche y durante dos o tres años un libro de tapas amarillas que se llamaba Un cuento para cada día. Me gustaban especialmente dos cuentos: Juan sin miedo y La fiesta de las flores. No recuerdo nítidamente el argumento de ninguno de los dos, pero sí  la voz de mi madre cuando los leía. De ese libro con ilustraciones de mala calidad y cuya versión probablemente estaba muy lejos del relato original, aprendí algo: leer un cuento a otro es ante todo un acto de cariño.

Probablemente el primer cuento que se contó a la tribu frente a una fogata fue lo que nos hizo definitivamente humanos. La madre, el padre o la abuela, al replicar ese acto, no hacen otra cosa que recordarnos que ser humano es ser parte de una memoria colectiva y ser dignos de disfrutar de su belleza.

El segundo recuerdo es el de mi padre leyéndome a Neruda en nuestra casa de Temuco. Recuerdo que me gustaban especialmente El Libro de Las Preguntas y las Odas Elementales pero que mi padre, sin  hacer caso a eso de que hay una lectura para cada edad, me leía también poemas de Estravagario o de Canto General. De esas lecturas aprendí que la cebolla era la estrella de los pobres y que el pájaro amarillo llenaba su nido de limones, pero también que la poesía no es algo que deba entenderse. Cuando en los colegios me preguntan si un niño de alguna edad específica entenderá la poesía que hago, les respondo que tal vez sí o tal vez no, que dependerá del niño, pero sobre todo que al leer poesía, el entender o no entender es lo menos importante. A veces creo que conceptos como la comprensión de lectura, mal entendidos, nos han hecho mucho daño. Cuando todo busca un fin, la belleza escapa irremediablemente. En resumen, esa lectura temprana de Neruda me enseñó que se lee poesía porque se lee poesía. No hay otra razón, por lo menos para mí.

Mi tercer recuerdo tiene que ver con una recopilación de los cuentos de los hermanos Grimm que un amigo de mis padres me llevó un día de regalo. Era una versión que había sido de sus hijas que ya eran mayores, una traducción del alemán que probablemente era bastante mejor que las que habían caído en mis manos hasta ese momento. Recuerdo que me quedé fascinada y que lo atesoré durante lo que quedaba de mi infancia. Pensaba que me habían dado algo muy valioso; de alguna manera ese libro me mostró por primera vez la rara belleza de los libros usados, que ya han sido leídos y hojeados por alguien más. Ese gusto del secreto compartido con otro lector. Asocio ese ejemplar de los hermanos Grimm con mi gusto por las bibliotecas y por los libros usados.

Seguramente hay otros títulos que influyeron en mi relación con los libros, pero son esas tres lecturas, que relaciono con la palabra vista como abrigo y forma de pertenencia, las que siguen alumbrando, hasta
el día de hoy, mi vida como lectora.