La biblioteca infantil

La Feria del Libro Infantil y Juvenil del Parque Bustamante es un paseo anual ansiado por mis dos hijas, Lupita (7) y Lulú (9), y sobre todo por mí. Nos levantamos temprano, llegamos cuando todavía hay estacionamientos y poco público, y nos vamos directo a los stands con los libros más lindos.

Columna de Marcela Trujillo
Pintora y dibujante de cómics

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Ilustraciones de Marcela Trujillo / www.tallerdemaliki.cl

 

Cada una puede escoger un libro grande, un par chicos y alguno para pintar. Después ellas dibujan en el stand para niños, vemos algún show y almorzamos en la cafetería. Justo cuando comienzan a llegar las multitudes caminamos por el parque y nos vamos a la casa felices a revisar nuestras adquisiciones. No puedo comprar todos los libros que quisiera para ellas, porque hay demasiados y no son muy baratos, pero al menos una vez al año hago el esfuerzo y desembolso en pos de enriquecer la biblioteca infantil del hogar, que me enorgullece porque es variada y sustanciosa, y porque amo las ilustraciones de los libros infantiles.

Pero mis hijas no miran sus libros tanto como yo quisiera. Muchas veces prefieren ver tele –un capítulo de Violetta (su teleserie argentina de niñas que las tiene locas) o alguna película de Selena Gómez que ya han visto 20 veces– o jugar en mi computador a vestir animales o decorar dormitorios.

No es fácil para la literatura competir con la tecnología. Cuando yo era chica jugaba solo a cuatro cosas: a ser grande (mamá, doctora, feriante, vendedora, conductora de micro, etc), andaba en patines o en bici en la plaza, dibujaba con mis hermanas o leía un libro de cuentos. El Atari llegó cuando era adolescente (soy vieja).

Mi biblioteca infantil era modesta, pero esencial. Recuerdo perfecto las tres lecturas que sembraron mi amor por la ilustración y por contar historias: la colección El país de los cuentos, los dos tomos ilustrados de Las mil y una noches y un libro de Fábulas de animales.

La primera era una colección de cuentos clásicos europeos con imágenes en 3D, actuados por títeres hechos a mano, en escenarios en miniatura, con accesorios preciosos. Eran libros negros con tapas y páginas duras (que además se podían usar como bandejas para dibujar o muro para las casas de muñecas) y con una lámina holográfica en la portada. La magia de estas escenografías me cautivó profundamente. Recuerdo haber mirado cada detalle con avidez y deseo. Aún tengo en la retina el zapato de cristal y el vestido del baile de Cenicienta lleno de encajes y perlas, o la casa de dulces y galletas de la bruja en el bosque (yo quería ser chica y comérmela entera). También recuerdo lo terrible y truculento de algunas historias. Lloré cuando la pequeña vendedora de fósforos muere congelada por dormir en la calle y cuando los papás de Hansel y Gretel los abandonan en el bosque… ¿Qué clase de padres eran esos? ¡Eran niños chicos!

Pero lo más alucinante de esos libros es que no solo me hipnotizaron a mí: la Red está llena de personas de mi generación que los recuerdan con nostalgia y quieren comprarlos al precio que sea.

Las mil y una noches no me causó tanta euforia, más bien me daba miedo. Eran dos tomos empastados con ilustraciones realistas y con mucho detalle que describían jeques árabes, ogros gigantes, mujeres con velos y pantalones bombachos, enanos que escapaban en desiertos, lámparas mágicas y barcos que se hundían en un mar tempestuoso. A diferencia de El país de los cuentos, este era un mundo al que yo no quería ir por ningún motivo. Seguramente mi papá (que fue quien los compró) esperaba que los leyéramos, pero quizás el realismo de sus dibujos hizo que nos costara zambullirnos en la historia. Pero fue toda una lección artística: terminé copiando los dibujos en las hojas en blanco que traían al principio y al final.

Y, por último, está el libro Fábulas de animales, un libro grande, blanco, de hojas lindas, con ilustraciones a media página en acuarela, de colores vibrantes y expresiones exageradas, que dejaban una moraleja al final de cada historia, moraleja que yo trataba de aprender para ser mejor persona.

Entre las historietas y estos pocos libros pude alimentar una relación férrea con la literatura y la ilustración, que derivó más tarde en los cómics y la pintura. De algo estoy segura: no es necesario tener una biblioteca infantil nutrida y rechoncha para que los hijos desarrollen el amor por la lectura y la pasión por el dibujo. Con un par de libros esenciales y poderosos, se puede hacer maravillas.

Ni idea qué saldrá de toda la influencia tecnológica a la que mis hijas están expuestas (yo solo espero que sean felices). Al menos ayer Lulú me dijo: “Mamá, para la Feria del Libro de este año quiero comprar TODOS los libros de Julito Cabello”.

“Ok, mi amor”, respondí.

 

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