Eso que guardamos dentro

Columna de Catalina Infante Beovic
Editora infantil y juvenil de Editorial Catalonia

Hace poco menos de un año, en la Feria del Libro de Guadalajara, me encontré con un hermoso ejemplar ilustrado por Paloma Valdivia, basado en la canción popular Duerme, duerme negrito. He escuchado esa canción varias veces en mi vida, entonada en la voz de Atahualpa Yupanqui o de Víctor Jara, y siempre provoca en mí esa nostalgia del recuerdo de mi madre cantándomela para que durmiera, el recuerdo de mí misma no queriendo conciliar el sueño por saber todas las cosas que “va traer” la mama del campo. Pero no fue hasta ver esa canción como un texto, escrita en un libro, hasta que abrí ese ejemplar y no pude evitar leerlo en voz alta, que entré en conciencia de lo importante que es encontrar a un otro que atesore las mismas palabras que tú, más allá de una canción, sino como una narración guardada en un vínculo de afecto.

Cuando se habla de tradición oral o narración oral, se habla de esa voz que guardamos dentro, la voz de nuestra madre, de nuestro abuelo, de la comunidad de la que somos parte, voces que no son más que fragmentos de otros seres humanos que se conservan vivos dentro de nosotros. Ya sea a través de una canción popular, un mito del campo o en una rima tradicional, esas voces, esos textos, se arraigan tan profundo que a veces apenas podemos recordar bien de dónde vienen, porque parecen haber nacido con nosotros mismos.

Por ello la importancia de seguir contándonos unos a otros las historias que escuchábamos de niños, o hacer libros con esos textos, o cantarle a los más pequeños las canciones que nos cantaron en la infancia. Ahí la importancia de sacar nuestros textos internos y hacerlos dialogar con otros, ver la diferencia en los detalles, en los finales, o en las versiones desencontradas de una misma letra. Porque ponerle voz a esas palabras y regalárselas a otro es volver a conectarse con todos aquellos que a lo largo del tiempo nos ha tocado existir en una misma cultura y en una misma zona geográfica. Son voces que se remontan muchas veces a nuestros antepasados, a los pueblos originarios, al mundo mestizo campesino, o directamente a la tradición europea; voces que resguardan nuestra mezcla de culturas y que al compartirlas borran cualquier distancia étnica, social o cultural que creemos tener con el otro.

La narración oral, eso que guardamos dentro, al igual que cualquiera de nosotros, es un organismo vivo, que se conserva al mismo tiempo en que se transforma, que necesita de la palabra hablada, pero que por sobre todo necesita de un otro, de un vínculo de afecto, de una boca que habla y una memoria que recibe.