De la función social del narrador oral

El presente texto es un extracto de un artículo incluido en mis Apuntes de oralidad, un bloque completo de mi web (www.pepbruno.com) dedicado a la reflexión sobre la narración oral. Este artículo en particular analiza la función social del narrador oral.

De los siete ítems que aquí propongo, los cuentistas pueden habilitar algunos o todos en función de su propuesta narrativa, el contexto, repertorio, etc.

Por Pep Bruno
Cuentista

Estefani Bravo-14

Ilustración de Estefani Bravo / http://cargocollective.com/estefanibravo

Para analizar la función social del narrador oral he decidido diferenciar dos situaciones: la primera, el momento previo a la sesión de cuentos, donde el narrador se concentra en la búsqueda, selección y oralización de relatos; y la segunda, el momento mismo de la narración, en la que el narrador está frente a un público contando cuentos. Un tercer momento, el del narrador después de contar, que implica un tiempo para la reflexión crítica sobre el trabajo hecho y pendiente, estaría implícito en la primera situación.

Del narrador antes de contar

Normalmente el narrador popular –sobre los tipos de narrador me remito a los citados Apuntes de oralidad – suele contar siempre en un mismo lugar (en su pueblo, su calle, su casa), mientras que el narrador profesional deambula de un lado a otro ofreciendo su repertorio (antes romances, cuentos y noticias; ahora un registro más diversificado).

Habitualmente el narrador popular asume, de una manera más o menos consciente, la función de preservar y mantener viva la tradición local, la memoria de la comunidad, los cuentos que viajan de abuelas a nietos durante generaciones. En muchas ocasiones también son los encargados de renovar este repertorio local.

Por otro lado, el narrador profesional suele llevar a los lugares que visita textos nuevos, ya sea de creación propia o historias tradicionales recogidas en otras zonas. Así, también renueva y amplía repertorios locales y, además, comunica, trenza lazos y tiende puentes entre repertorios y comunidades diferentes. Puede suceder también que el narrador profesional, gracias a su habilidad para memorizar, traiga en boca grandes textos de esa comunidad que de otra manera no podrían conservarse en forma oral.

De cualquier manera, ya sea popular o profesional, ese narrador se siente parte de una comunidad y este sentimiento de pertenencia implica ciertas responsabilidades, incluso antes de contar, que tienen que ver con preservar y renovar el repertorio común.

Por un lado, la selección de textos tradicionales que realiza para su propio repertorio es una decisión que le afecta a él como narrador pero también a la comunidad, pues estos textos permanecerán vivos en su garganta y en el imaginario colectivo.

Por otra parte, la elaboración de nuevos materiales, que en mayor o menor medida pasarán al repertorio común, deben ser alimento para la comunidad, ya sea en forma temporal o de manera  prolongada en el tiempo.

Y, por último, el trabajo previo que se realiza con cada texto determina también la pervivencia del repertorio común y su adaptación al devenir de los tiempos (el ejemplo está claro con los textos tradicionales, pero podría aplicarse igualmente a textos de nueva creación que pasan al imaginario colectivo). Me explico con más detalle con el ejemplo de los cuentos tradicionales:

Se puede observar que el cuento tradicional se mueve entre dos fuerzas: la conservación y la innovación. La conservación de los textos tradicionales, su pervivencia, es lo vinculado a la memoria común, a la propia historia, a lo que somos. La innovación, en tanto, es lo vinculado a lo que está sucediendo ahora, a lo que nos cambia, a lo que nos puede permitir ser otra cosa mañana.

Estas dos líneas de fuerza confluyen en la garganta del narrador que se convierte en quien, de manera más o menos consciente, selecciona los textos que cuenta y decide el modo en que habrá de contarlos, convirtiendo así estos textos que son memoria en textos que son ahora, y en posibilidad de ser textos también mañana.

Del narrador cuando cuenta

El momento en el que el narrador cuenta un cuento a un grupo de oyentes es un acto de comunicación. Y para que ese acto suceda debe haber un espacio de libertad suficiente para que el cuentista, el público y el contexto puedan edificar de manera conjunta la narración.

Esta peculiaridad determina gran parte de las funciones que asume el narrador en el momento en que está frente a un grupo de personas.

Por un lado, creo que el narrador genera un espacio de libertad suficiente para que el cuento pueda suceder; fomenta y cuida que así sea durante toda la sesión de cuentos, por eso ocurre que el tiempo del cuento es un tiempo de libertad. También pienso que el narrador acoge al grupo de oyentes y lo invita a que sea parte activa de ese evento que va a suceder en ese momento concreto: el cuento contado aquí y ahora, contado por el narrador pero también contado en función de la implicación del público en un contexto determinado.

Creo que todo esto determina la cualidad del momento único e irrepetible en el que el cuento va a ser contado, un contexto concreto con un público concreto que se encuentra en el ahora. Este carácter fugaz, inaprehensible y único del acto de contar cuentos determina incluso el discurrir narrativo: es por eso que cada vez que se cuenta un cuento hay diferencias y nunca se cuenta el mismo cuento de la misma manera.

Pienso, como narrador, que muchos de nosotros somos conscientes de la importancia de habilitar  un espacio de libertad cuando contamos cuentos, espacio que permite al público asumir como propio lo que está sucediendo en ese momento. El narrador debe velar porque esto ocurra para que, en ese momento compartido, el público se sienta responsable del cuento que está siendo contado. El grupo debe vivir como propio eso que sucede para que se sienta parte implicada, activa y responsable.

Así ocurre que el cuento contado crea comunidad, alimenta al grupo, estrecha los lazos entre las personas. Acaso el cuento contado sea una de las pocas experiencias en las que hoy en día un grupo puede emocionarse juntos, reír juntos, sentir juntos, al mismo tiempo que se siente responsable de eso que se está viviendo. Y que esto siga siendo así forma parte de las funciones del narrador.

Otra de sus funciones es tener la palabra. Esto implica una gran responsabilidad: el narrador tiene la palabra en la que subsiste una voz ancestral y en la que hay ecos de la voz que será, pero también tiene la palabra ahora. Es por tanto una palabra que trasciende al momento, una palabra hilada por muchas voces y que, además, se sostiene en ese momento, en ese contexto, con ese público.

Tener la palabra implica también conocer la palabra, ser parte activa de la memoria común, de su preservación, ampliación y difusión.

Creo que esto articula una nueva función: ser memoria viva, lo que también implica asumir la responsabilidad que conlleva articular la palabra (que da vida a la memoria), contarla y transmitirla. En cuanto a la adaptación de los textos, es importante acercar y renovar los relatos tradicionales para que sean capaces de acomodarse a los nuevos tiempos y los nuevos públicos. Si se crean nuevos textos, deben llegar a ser textos con los que la comunidad se identifique, se piense, se vea, y a la hora de contar esos textos debe haber una continua reflexión sobre el trabajo de los narradores (propio y de otros) y una formación continua.

Caben, por tanto aquí, también todas las nuevas historias (de propia autoría o de otros autores) que puedan alimentar la memoria personal y comunitaria y puedan incluso llegar a formar parte del imaginario colectivo (en este sentido recuerdo la emoción que sentí cuando unos amigos me contaron como cuento tradicional un cuento que había inventado yo, un cuento que había escrito y contado durante años y que había dejado de contar hacía tiempo. Este cuento llevaba años viajando de boca en oreja hasta que decidió acercarse a hacerme una visita).

El narrador oral forma parte de la cadena de autores. Contar un cuento de un autor implica asumir ese texto, hacerlo también propio. Este proceso de oralización debe sustentarse, sobre todo, en el respeto al resto de autores de la cadena (ya sean “autores” de la cadena de tradición como autores de un texto), así como en los rudimentos y estrategias que cada cuentista utilice en su taller de trabajo.

La autoría toca también a una importante cuestión: la creación artística. Debemos cuidar nuestra expresión artística, nuestra voz, porque la forma como contamos también cuenta. Y como expresión artística, la narración oral y los narradores somos parte de los sumandos que conforman la cultura, la del pequeño grupo y la gran comunidad. Ser conscientes de esta cuestión es también relevante: cuidar que nuestro aporte sea más, y no menos, en el cómputo global del arte y la cultura también forma parte de nuestras tareas.

Y por último, desde este punto de vista creo que contar implica, sobre todo, respetar: a la historia, al público, al autor del texto seleccionado, a la memoria colectiva…

Disponer de la palabra siendo parte de la comunidad conlleva también una responsabilidad añadida: ser palabra crítica. Al menos, desde mi punto de vista, lo que se cuenta y cómo se cuenta ha de alimentar la conciencia de la comunidad.

Ya sea mediante la selección de textos del repertorio propio (o común), ya sea mediante el modo de contar, creo que el narrador ha de ser consciente de esta función que tanto valor da a nuestro oficio. Durante siglos, narradores de culturas diversas y en muy distintos momentos de la Historia han sido voz crítica y su palabra estopa en la que ha prendido la lumbre de la conciencia común.

En suma, pienso que el narrador ha de estar ahí, al lado del grupo, de la comunidad, pues esta le da la palabra, le hace su portavoz. Una gran responsabilidad. Un gran privilegio.

 

Algunas funciones del narrador oral

1.     Preservar y renovar el repertorio común
2.     Generar un espacio de libertad
3.     Crear comunidad
4.     Tener la palabra
5.     Ser memoria viva
6.     Formar parte de la cadena de autores
7.     Ser conciencia crítica